Motivos de Proteo: 135

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CXXXIV - Vestigio inmortal que deja de su paso toda fe sincera.[editar]

Una fe que verdaderamente ha arraigado en la profundidad de tu conciencia, tomando allí los principios de su savia, enviada luego a distribuirse e infiltrarse por el alma toda; una fe que concuerda con tu vida, rara es la vez que no deja, después de secarse y morir, algún vestigio inmortal, algún recuerdo de sí que no desaparece, y que, en medio de la nueva fe o la nueva convicción que la sustituyen, o de la duda en que para siempre quedas, mantiene vivo un destello de aquel pasado amor de tu alma.

Vestigio inmortal: no huella transitoria, como esa que, en los primeros tiempos de una conversión, acusa, por tal cual ráfaga de inconsecuencia, por tal cual impulso regresivo del sentimiento o de la voluntad, el esfuerzo que la fe que has abandonado hace por rescatar el corazón que fue suyo y el esfuerzo que la fe nueva ha menester aun para reducir ciertos rincones del corazón a su imperio. Este otro vestigio, más íntimo, de que quiero hablarte, es como onda difusa que persiste en todo tu ser, y no se manifiesta irregular y desentonadamente, sino a la manera de la lontananza del paisaje o del fondo del cuadro. Es como una vaga armonía, sombra sonora de una música que, amortecida por la distancia, llega, en eco perenne, desde lo más hondo de ti.

Dejan este vestigio, sobre todo, la fe y la apasionada convicción que te poseyeron en la dulce primera edad del pensamiento; cuando las creencias que adquieres cruzan sus estambres en los husos que van urdiendo el tejido más fino y resistente de tu personalidad; cuando la idea traba con las potencias afectivas asociaciones de esas que ya no se disuelven sin entrar a desanudarlas en el mismo centro del alma. La fe, el entusiasmo, la «verdad querida» de entonces, aun después que son reemplazados por otros y parecen desvanecidos hasta en la copia del recuerdo, suelen transparentarse bajo aquellos que han ocupado su lugar, e influir de alguna suerte en su tonalidad y su carácter: que es como cuando el vencido en la guerra, llega, por su superioridad en artes pacíficas, a dominar suave y calladamente al vencedor.

Perdura en las paredes del vaso la esencia del primer contenido; de modo que el licor nuevo que viertes se impregna de esa esencia; y cuantas veces mudas el licor, tantas otras veces se mezcla con el aroma propio del nuevo, el dejo del que fue servido antes que todos.

Así es como la austeridad cristiana pone su sello al paganismo de Juliano el Apóstata. Así Renan (y éste es patentísimo ejemplo) logra la extraña armonía de su espíritu: la educación sacerdotal del maestro, la fe de su adolescencia religiosa, van con él, en lo íntimo del alma, cuando él pasa el meridiano de la razón, y aroman y coloran para siempre su vida, y le dan actitud y unción de sacerdote, aun cuando predica la duda y el análisis; porque, muerta la fe como creencia, queda indeleble, en él, como virtud de poesía, como fragancia del ambiente interior, como timbre del sentimiento, como hada oculta en el misterio del alma; como fuerza ideal, mantenedora de mil hondas asociaciones y costumbres.

La duda de Renan está impregnada de religiosidad hasta los tuétanos. La iglesia de Tréguier tiende hasta el último día de Renan su sombra amiga. ¿No cabe preguntar si algo, si no tan intenso, semejante, no ocurre en todo aquel que ha tenido una fe, una apasionada convicción, realmente suyas? La esencia que ellas dejan de su paso, se apoca, se enrarece, subordina a otras su intensidad: pero nunca, acaso, se disipa. Nada permanece en absoluto; pero, tampoco, nada que ha prendido una vez con eficacia, muere del todo, en lo latente de la vida moral.


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