Muro dobleancho

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​Muro dobleancho​ de César Vallejo


Uno de mis compañeros de celda, en esta noche calurosa, me cuenta la leyenda de su causa. Termina la abstrusa narración, se tiende sobre su sórdida tarima y tararea un yaraví.

Yo poseo ya la verdad de su conducta.

Este hombre es delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase denunciado. Durante su jerigonza, mi alma le ha seguido, paso a paso, en la maniobra prohibida. Hemos entrambos festinados días y noches de holgazanería, enjaezada de arrogantes alcoholes, dentaduras carcajeantes, cordajes dolientes de guitarra, navajas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío. Hemos disputado con la inerme compañera, que llora para que ya no beba el marido y para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ellos Dios verá… Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada madrugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre los belfos mismos de la prole gemebunda.

Yo he sufrido con él también los fugaces llamados a la dignidad y a la regeneración; he confrontado las dos caras de la medalla, he dudado y hasta he sentido crujir el talón que insinuaba la media vuelta. Alguna mañana tuvo pena el tabernario, pensó en ser formal y honrado, salió a buscar trabajo, luego tropezó con el amigo y de nuevo la bilis fue cortada. Al fin la necesidad le hizo robar. Y ahora, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.

Este hombre es un ladrón.

Pero es también asesino.

Una de aquellas noches de más crepitante embriaguez, ambuló a solas por cruentas encrucijadas del arrabal, y he aquí que sálele al paso, de modo casual, un viejo camarada obrero que a la sazón toma honestamente de su labor, rumbo al descanso del hogar. Le toma por el brazo, le invita, le obliga a compartir de su aventura, a lo que el probo accede a su pesar.

Vadeando hasta diez codos de tierra, de madrugada vuelven a lo largo de negros callejones. El varón sin tacha le arresta al bebedor diptongos de alerta; le endereza por la cintura, le equilibra, le increpa sus heces vergonzante.

–¡Anda! Esto te gusta. Tú ya no tienes remedio.

Y de súbito estalla flamígera sentencia que emerge de la sombra:

–¡Aguántate!

Un asalto de anónimos cuchillos. Y errado el blanco del ataque, no va la hoja a rajar la carne del borracho, y al buen trabajador le toca por equívoco la puñalada mortal.

Este hombre es, pues, también un asesino. Pero los Tribunales, naturalmente, no sospechan, ni sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.

En tanto, él sigue ahora de pechos sobre su mosqueada tarima, tarareando su triste yaraví.


Tomado de: Escalas (Escalas melografiadas), Talleres Tipográficos de la Penitenciaría, Lima, 1923.