Nieve:01

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Nieve... versos


NIEVE...


 Cuando las gentes comienzan a leer con avidez a un escritor glorioso, y a buscar en sus obras la misteriosa razón de esa aureola que ven brillar sobre su frente, todo lo que se relaciona con su vida y con sus primeros escritos va cobrando, también, una significación inusitada. Con frecuencia, estos primeros escritos, hechos durante la lejana juventud desconocida, aparecen como una revelación y son origen de emociones inefables. Se diría contemplar a un autor nuevo; y hasta sucede, a veces, que los críticos atribuyen de pronto, a esas simples tentativas, un valor semejante al de las obras que atrajeron sobre el autor la admiración universal. Pero esto último es un error y proviene de algo parecido a ciertas ilusiones ópticas: ha ocurrido, en realidad, que las obras ya plenamente esclarecidas, las que se imprimieron en la sensibilidad de las gentes, proyectan algunos rayos de su luz sobre aquellos iniciales ensayos, les envían una parte de su virtud artística; y entonces surge suavemente la intención pura que no pudo explicarse, se descubre la poesía de la hermosa alma, que pugnaba dificultosamente por subir hasta las formas soñadas y tomar existencia visible en las imágenes radiantes.

 Yo he tenido la fortuna de advertir en los versos de Margarita Abella Caprile — esta singular criatura de diez y ocho años — el esplendor naciente de una obra poética que un dia impresionará sin duda extraordinariamente en todos los países del idioma español. Es verdad que no hago una profecía difícil, porque algunas de las composiciones de «Nieve...» alcanzan, íntegra, la realidad de una belleza en que ya sonríe el misterioso motivo.

 Ya son sus versos como el rostro de un alma o como el milagro de una flor que viene perfumando antes de tiempo.

 Diez y ocho años, y sin embargo saber enfrenar, con mano delicada, imágenes impetuosas y fuertes como esta de las grandes olas que ella describe en una inmensa vision del mar:

 Mil bridones bebiéndose los vientos
 Que asustados, piafantes, galoparan,
 Que acortando su marcha por momentos,
 Deteniéndose al fin se revolcaran.

 Y todavía la fecha de la composición en que este pasaje figura, nos revela que la escribió dos años hace. No la quería publicar, y tampoco otras consideradas por ella primeros ensayos indignos. Por la gracia infinita que tienen a pesar de la forma todavía desigual y vacilante, yo le he suplicado que no dejara de incluirlas en su libro. Más tarde la crítica no dejará de hacer reflexiones atónitas; las estudiará entonces con atención asidua y a través de ellas acaso verá cómo germinaba, cómo empezó a vivir con su audaz lozanía el maravilloso árbol.

 No, no es por cierto su edad la que podría asociarse, por una lógica ordinaria, al poderío artístico creador de imágenes, ni a la perfección que asumen tantos rasgos de este libro.

 Porque, cosa extraña, sus composiciones pueden analizarse ya como las de un vigoroso y experimentado escritor. La frialdad del análisis que no tiene ojos para levantarlos hacia la pura gracia poética, ha de sorprenderse al encontrar, en estos versos, consistencia idiomática notable, novedad verbal, sabiduría, — todo lo intuitiva que se quiera — pero sabiduría evidente en el empleo de las palabras y en la forma expresiva. Es una sabiduría al principio tímida, pero que aumenta a medida que las fechas de los versos se acercan. La sinceridad absoluta de su alma — esa sinceridad donde residía, en suma, la Musa de los griegos — es la que le enseña expresiones insustituibles como las que abundan en su poema tríptico del fuego. (El fuego y la nieve, inmemoriales símbolos de pureza, reaparecen con frecuencia en las páginas de su libro). Y analicemos:

 «Tibia caridad», llama ella al fuego del hogar. ¿Alguien lo ha elogiado nunca con un término de tanta exactitud?

 Es en la primera estrofa, cuyos cinco versos son cinco hermosuras:

 El fuego del hogar es armonía;
 Su tibia caridad torna el ambiente
 Familiar y apacible; se diría
 Que en su alegre y fugaz policromía
 Flota un alma serena y atrayente.

 Y se enlazan a otros versos iguales. La novedad expresiva, el extraño vigor, se juntan al brillo de las imágenes y a la verdad. El fuego del hogar, cuando se enciende suavemente en la fría obscuridad, es comparado a «la amable sonrisa que animara el semblante glacial de un hombre adusto»; y su llama está descrita con la maestría de estos versos:

 La llama al irisar la chimenea,
 Se retuerce, se agita y se separa,
 Y vuelve a unirse, agrándase, chispea
 Y se eleva; paréceme una idea
 Que cambia formas y aparece clara.

 Inútilmente se buscaría una falla en tal estrofa, bella por sus imágenes, por su rima, metálica y firme, y por esa gloriosa comparación de la llama con la idea cambiante y clara. Inútilmente, en estas que terminan la primera composición del tríptico, se buscaría también la debilidad ausente:


 Leños que ardiendo alimentáis la llama.
 Cesad vuestro dolor chisporroteante;
 Dios que todo lo ve, Dios que nos ama
 Ve la piedad que vuestra luz derrama
 Repartiendo el calor reconfortante:

 No penséis como el hombre, en la amargura
 De volveros cenizas... está escrito
 Que al morir esa llama que fulgura,
 El humo, remontando con premura
 Ha de hundirse en la luz del infinito.


 Y todo está henchido de ideas, de esas íntimas ideas que se hacen verso trayendo, adherido, el vestigio del invisible mundo interior.

 Por eso sus originalidades verbales nada tienen de la grosera artificialidad, ni de esa hipocresía técnica que hoy esté matando la flor de los poetas en España y en América. La fuerza de su alma, su fuego y su nieve, la han salvado de la común falsedad. Y la íntima idea se asoma ingenuamente a las palabras. De ahí la hermosura de esa «febril constelación» que ella mira en los cirios del altar, cuando nos habla

del Fuego luz, en la segunda composición del tríptico, o cuando del fuego de artificio dice graciosamente que parece un fuego-niño:

 Este fuego que brilla y que se exalta,
 Parece un fuego-nifio; su fulgor
 Canta, juega, retoza, ríe y salta
 Y un pedazo de cielo alegre esmalta
 Con sus mágicos cambios de color.

 Este poema sugiere una semejanza extraña con las composiciones de algunos grandes músicos del siglo pasado. Los elementos emotivos que asociados de una manera més que sutil han hecho el prestigio de las sonatas de Beethoven, parecen traducirse aquí en ideas y palabras de música también inefable. Ternura infinita, exaltación mística, momentos de gran esperanza, que sube alto, cada vez más alto, y luego cae, como un pájaro herido, en la tristeza o en la duda. La idea de un Dios radiante como el sol, alterna en el Fuego luz con la sospecha, dulcemente azorada, de una eterna tiniebla sin calor. Versos de júbilo ansioso se juntan, en la misma melodía, a una repentina inquietud y van muriendo con el ritmo de una serena y humilde resignación.

 Sí, todo el poema me produce la impresión de una delicada sonata. Pero no sería fácil definir la fina gracia que trae cada una de las ideas encerradas en las admirables quintillas del poema... Involuntariamente he salido ya del análisis frío, he levantado los ojos. Pero es necesario: porque en las composiciones a que ahora debo referirme, hay detalles anunciadores de esa imaginación que supera los límites de los sentidos y el mecanismo del razonamiento. Así en «Estoy sola» y en ese titulado «Momento», cuya brevedad alada corresponde a lo tenue de una sensación indefinible: la idea se desvanece, casi no existe, los raros y diminutos versos sólo están ahí para sustentar un poco de penumbra interior.

 Pero también ahora debemos añadir que la originalidad de Margarita Abella Caprile no es la originalidad buscada adrede. Como en el empleo de las palabras, ella es, en la revelación de su mundo interior, la verdad misma, ella es el artista que descubre una realidad espiritual.

 Porque el arte es un descubrimiento de la propia alma. De ahí la magnífica paradoja de Oscar Wilde cuando escribió que el arte es la mentira... Sin duda, sí, en cuanto el arte significa desdén de la realidad inmediata, de la apariencia superficial. Su gracioso ingenio hizo encontrar, a Wilde, una manera de afirmar lo contrario de lo que sus palabras dicen, tomadas al pie de la letra. Su elogio de la mentira es el elogio de la verdad, pero de la verdad subjetiva, de la que no se paga de la primera y vulgar ilusión de los sentidos. Su mentira es la verdad que adoptan las cosas para los ojos artistas del espíritu. En este sentido, el poeta no es un mentiroso, sino al contrario, un intérprete fiel de las verdades superiores y un sacerdote austero de la divina Belleza, cuando no una fina sacerdotisa como Margarita Abella Caprile.

 Yo pienso que en todas las antologías brillará un día este nombre bajo composiciones que derramarán dulzura y humildad. ¡La preciosa humildad! No se ha estudiado todavía su valor ingente en la literatura, ni los estragos que produce el énfasis y la soberbia indocta. Todos los altos espíritus, mediante ella, se hicieron creadores; y aquellos espléndidos príncipes del arte a quienes reviste una apariencia de orgullo, sólo pudieron llegar a la Belleza por un sometimiento tembloroso, humilde, a su poder eterno. La humildad tiene alas. Nos lo enseña esta serena criatura en el espíritu de sus versos. Son pocos todavía y ya sin embargo lo que en ellos sorprende es la abundancia de esos rasgos que de pronto clarean en la lectura de los escritores. Imaginando una mano que se hiere con las espinas de una rosa, le pide que se las arranque todas, con esta intención infinitamente delicada:


 Y así, el que venga luego, mas hermosa
 Sin una espina encontrará la rosa.


 A una amiga de la infancia, que ahora escribe versos, también, le recuerda los días en que ni una ni otra sospechaban la afición por la Musa. Es un soneto que termina con este gentil arranque:


 Aparta tus cenizas, yo apartaré las mías
 Y en la barca celeste de suaves armonias,
 Bogarán nuestras almas, en el «mar superior».


 De otro soneto a la misma, basta citar este verso para comprender todo su encanto y su motivo:  Tu «brin de jalousie» no tiene por qué ser.

 Su composición «Una mañana» es de un lirismo profundamente original. Al mar que le ha robado una crucecita le hace el reproche doliente que encierra esta animosa imagen:


 ¡Viejo avaro cargado de riquezas
 Con el blanco cabello enmarañado!


 Son inenarrables, en la misma composición, la ternura con que piensa en la crucecita perdida así, como si se hubiese ido con ella al mar un algo de su propio ser, y el recuerdo de las veces que despertando en la noche, aterrada, su contacto le volvía la calma y la tranquilidad dulce de no estar sola.

 De su composición «Tristeza» sería mejor no hablar; según todo adjetivo elogioso quedaría a trasmano de su lirismo incomparable. Su idea, su música, su melancolía, flotan en cierta bruma gris de presentimiento. Uno de los más burdos errores en que ha caído y cae continuamente la criticomanía literaria es el desdén, con frecuencia una ironía pedantesca, para aquellos poetas que en plena juventud y todavía al borde de la vida, componen versos de temprana decepción o de pena sin causa visible. Olvidan que no es la violencia del dolor inmediato, y ni siquiera la circunstancia que les hiere en sus propios afectos, el motivo de sus tristezas y de su piedad. Su sensibilidad recibe ciertamente influencias insospechadas por el común de las gentes y su inspiración trae consigo melancolías innatas. A ello suele añadirse una falta absoluta de egoísmo. En este último sentido, la autora de «Nieve...» es la piedad misma. Cuando más alto llega su lirismo, más honda y más serena es su caridad, el mal de su espíritu:


 Tristeza que transformas lo terreno
 Con tu fino aguijón,
 Yo alabo tu poder mágico y bueno,
 Yo canto tu canción.

 Y hoy estoy triste, triste, con aquella
 Pesadumbre interior,
 Que es el ansia de hallarnos en la estrella
 Mas cercana al Señor.

 Y hoy que sufro, mejor los sufrimientos
 Mi mano aliviará.
 Como mejor comprende a los sedientos
 El que sediento está.


 El ritmo es tan lento que se diría la misma paz interior.

 «Yo alabo tu poder mágico y bueno».


 Son versos que cantan afuera de toda miseria sentimental y llevan a la belleza suprema de estos otros:

Y hoy tengo el alma gris, hoy estoy triste,
 Pero pienso en verdad,
Que cuando va a nevar, también se viste
 De gris la inmensidad.

Y mi tristeza tórnase más leve,
 Pensando que quizá
No es más que el gris presagio de una nieve
 Que más tarde caerá...


 Y he aquí la nieve, la obsesión blanca de su alma. Se diría que el cielo hizo para ella, por darle un símbolo grato, el milagro de nevar sobre esta ciudad. Ella se apoderó en seguida del símbolo y en su sensibilidad de artista el espectáculo, durante la noche serena, dejé un gran rastro indeleble. Lo dice el poema en que precisamente canta a la nieve; la contempló como a una hermana y con el corazón avasallado por una ternura sin nombre:

Y en un rapto indecible de locura,
Con un abrazo inmenso, irreal, potente,
He deseado estrechar tanta blancura
E incrustarla en mi ser profundamente.

Hermana, sí, apenas te he encontrado
Ya recoges tu límpido atavío,
¡Que el suelo en que un instante has reposado,
Tu ambiente no es, como tampoco el mío!


 Y lleguemos al sentido más profundo de sus versos. Lo hallamos fácilmente en el dístico final de «Ascensión» y en la extraordinaria exaltación lírica de «Estoy sola».  No necesitaríamos referirnos a la originalidad idealista que alcanza el asunto poético de «Ascensión». En la imagen del vuelo mecánico que lleva al hombre hasta la serenidad de una atmósfera superior a las tempestades que rugen en las nubes, ella apoya la analogía de una ascensión puramente espiritual, el arribo del alma a una altura que la redime. Pero en ese punto, el alma no se goza con la ausencia de la corrupción y del dolor terrenos. Acogida por la divinidad, se hace divina, se llena de piedad, quiere redimir a su vez, redimir a los pobres seres que quedaron abajo. Y entonces, la idea del dístico fulgura:

 ¡Y semidioses del dolor humano
Al que quiera subir demos la mano!


 Ella ni sabe que es mística. Y es así tanto, que en su misticismo no hay señal alguna de la religiosidad común.

 Acaso la sencillez extrema, la falta de pompa verbal, la noble inocencia, por decir así, de ciertos recursos literarios, requieren el recogimiento del lector para sentir la íntegra belleza de esa composición. Sin embargo,

en «Estoy sola», el esplendor de las imágenes arrastra en seguida a las alturas. En los primeros versos se experimenta, con una gradación creciente, la sensación del mundo y de las cosas que se diluyen en una especie de aniquilamiento. Y entonces... Escuchémosla:

Ya no soy mas que espíritu; divago.
Y de la nada de las cosas, subo
En escala ascendente,
Y es mi vuelo tan alto,
Que hasta la «Causa Inconmovible» llego:
Y en esa altura, como
Una nube purísima de incienso,
Me ha llegado en efluvios
Todo lo blanco que en la Tierra existe:
Las almas puras, y los lirios suaves.
Las hostias sacrosantas y la nieve;
Todo lo blanco, todo,
Como una nívea túnica me envuelve.
Y me siento más buena,
Y también algo ángel; y en mi anhelo
Al mundo que solloza
Envolverlo quisiera, en el incienso
De mi túnica blanca,
Para darles consuelo a todos, todos.
Porque ahora comprendo
Las penas y miserias,
Porque lloro con todos los que lloran,
Porque con todos los que sufren sufro...


 Hay en el sentimiento de estos versos una mezcla de sublime y de exquisito. El cielo la atrae como a una hija y ella abandona el pensamiento de sí misma. Se reviste de incienso, de lirios, de nieve, de todo lo blanco, de la blancura de las almas mismas, y se hace con todo ello una túnica nívea. Al fin la invade la idea de sentirse, también, algo ángel. De pronto, en medio de esta innegable transfiguración, estalla en sollozos por todos los que sufren y por todos los que lloran. Se diría su actitud semejante a la de un rey magnánimo que al frente de su ejército valeroso conquistara vastos países no para imperar en ellos, sino para darlos íntegros a los humildes y a los desheredados de la tierra.

 Y he aquí el sentido más íntimo, la belleza mayor de este libro, y acaso aquella razón misteriosa que las gentes buscan en las obras de los escritores gloriosos.

 Muchos pensarán acaso prematuro lo categórico de este comentario, en cuanto declara la presencia temprana de una extraordinaria personalidad poética. Remitámoslos a la fina. conciencia de los menos, quienes por el contrario se preguntarán, luego de leer «Nieve...», porqué fué olvidado, en la cita de los versos, tal o cual pasaje cuya idea les llegó al alma. No fué olvidado, sino simplemente rehuido para el propósito de precisar, con más claridad, ese sentido fundamental, a mi juicio, que se contiene en la obra iniciada de Margarita Abella Caprile.





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