Noli me tangere (Sempere ed.)/Epílogo

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Noli me tángere
El pais de los frailes (1902) de José Rizal
Epílogo
Nota: Se respeta la ortografía original de la época




Viviendo aún muchos de nuestros personajes, y habiendo perdido de vista á los otros, es imposible un verdadero epílogo. Para bien de la gente y del país, los mataríamos con gusto á todos ellos, empezando por el padre Salví y acabando por doña Victorina. En algunos concejos organizan los vecinos partidas para matar lobos. Creemos que no tardará mucho tiempo en establecerse también esta costumbre en Filipinas. Sería una medida convenientísima para el bienester y la tranquilidad de los ciudadanos.

Desde que María Clara entró en el convento, el padre Dámaso dejó el pueblo para vivir en Manila, al igual del padre Salví, que, mientras espera una mitra vacante, predica algunas veces en la iglesia de Santa Clara, en cuyo convento desempeña un cargo importante. No pasaron muchos meses, y el padre Dámaso recibió orden del muy reverendo padre provincial para desmpeñar el curato de una provincia muy lejana. Cuentase que tomó tanto pesar por ello, que al día siguiente le hallaron muerto en su alcoba.

Ninguno de nuestros lectores reconocería ahora á Capitán Tiago si le viese. Ya semanas antes de profesar María Clara cayó en un estado de abatimiento tal, que empezó á enflaquecer y á ponerse triste como su examigo el infeliz Capitán Tinong.

Tan pronto como las puertas del convento se cerraron, ordenó á su desconsolada prima la tía Isabel recogiese cuanto á su hija y difunta esposa había pertenecido y se fuese á Malabón ó San Diego, pues quería vivir solo en adelante. Dedicóse al liam-pó y á la gallera y empezó á fumar opio. Si alguna vez al caer de la tarde os paseáis por la primera calle de Santo Cristo, veréis sentado en la tienda de un chino un hombre pequeño, amarillo, flaco, encorvado, con los ojos hundidos y soñolientos, labios y uñas de un color sucio, contemplando á la gente con mirada estúpida. Al llegar la tarde le veréis levantarse con trabajo y apoyado en un bastón dirigirse á una sucia casucha, encima de cuya puerta se lee en grandes letras rojas: Fumadero půblico de Anfión. Este es aquel Capitán Tiago tan célebre, hoy completamente olvidado.

El victorioso alférez se fué á España de teniente con grado de comandante, dejando abandonada á su mujer. La pobre Ariadna, al verse sola, se consagró también, como la hija de Minos, al culto de Baco, y fuma y bebe como un carretero.

Viviran probablemente aún nuestros conocidos del pueblo de San Diego, si es que no se han muerto en la explosión del vapor Lipa, que hacía el viaje á la provincia. Como nadie se cuidó de saber quiénes fueron los infelices que en aquella catástrofe murieron y á quién pertenecían las piernas y brazos desparramados en la isla de la Convalecencia y en las orillas del río, ignoramos por completo si entre ellos iba algún conocido de nuestros lectores. Estamos satisfechos, sin embargo, como el gobierno y la prensa de entonces, con saber que el único fraile que iba en el vapor se ha salvado. Lo principal para todos es la vida de los virtuosos sacerdotes, cuyo reinado en Filipinas conserve Dios para bien de nuestras almas.

De María Clara no se ha vuelto á saber. ¡Las paredes de los conventos son tan espesas! Hemos preguntado á varias personas de mucha influencia en el convento de Santa Clara, pero nadie nos ha querido decir una sola palabra, ni aun las charlatanas devotas, que reciben la famosa fritada de hígados de gallina y la salsa más famosa aún llamada de las monjas, preparadas por la inteligente cocinera de las vírgenes del Señor.

Hemos oído referir, sin embargo, vagamente un suceso extraño, en el cual la protagonista quizás fuese María Clara.

Una noche se oyeron gritos y lamentos en la santa morada y hubo quien aseguró haber visto un fantasma.

A la mañana siguiente se detenía un coche á la puerta del convento de Santa Clara y descendía de él un hombre, que se dió á conocer como representante de la autoridad y pidió hablar inmediatamente con la abadesa y ver á todas las monjas.

Cuéntase que apareció una con el hábito todo mojado y hecho jirones y pidió llorando el amparo de la justicia. La monja que, según parece, era muy hermosa delató horrores, y pronunció diferentes veces el nombre del padre Salví.

El representante de la autoridad parlamentó con la abadesa, y ambos convinieron en que aquella infeliz ¡estaba loca!...


FIN