Novelas y cuentos (Poe)/Al lector

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AL LECTOR

Conozco dos traducciones de trabajos de Poe, una, francesa, de Carlos Baudelaire, y otra, española de D. José Comas. La primera, es indudablemente un notable trabajo, pero no tan completo como creo que es posible hacerlo. La segunda, hecha del francés al español, según es fácil comprender comparándola con el original de aquel malogrado escritor, no merece ni aun la pena de ser leída. Basta decir, que siendo lo que se llama una tra­ducción libre, ha tomado esa libertad de Baude­laire, que la tomó á su vez, al hacer la suya. De manera que si el original francés se parece un poco al original de Poe, el español se le parece todavía menos.

He hablado incidentalmente de traducciones libres, y..... ¡vamos! no puedo hurtarme al imperioso deseo de decir dos palabras sobre ellas.

Traducir, es verter de un idioma en otro; reflejar en el espejo de una lengua, la imagen reflejada en el espejo de otra. De manera que cuanto más fiel sea esa copia de imágenes, tanto mejor será la traducción. Es, pues, preciso representar la obra extranjera con todos sus elementos, con todos sus detalles, con todos sus defectos, sus más delicados contornos, sus más íntimas sutilidades de forma. ó de pensamiento. Mejorar una obra, al tradu­cirla, es hacer una mala traducción. ¿Se concibe una obra sin los detalles? No, puesto que son los detalles los que hacen el todo.

Ahora bien; el artista da á su obra verdaderos tintes propios, detalles que sólo á él pertenecen, fisonomías que podrán ser defectos ó bellezas, pero que son de él, absolutamente de él solo. Esos rasgos inherentes á su personalidad, todo lo de íntimo y subjetivo que imprime al producto de su alma, es precisamente lo único que la obra tiene de original. El mármol, el bronce, las ideas, en fin, que han entrado en la composición de la obra de arte, pueden ser adquiridos por todo el mundo; pueden ser arrancados á la misma entraúa de la tierra, y al mismo trozo, ó vibrar con igual inten­sidad en otros cerebros; pero la manera con que los agrupa el artista, son su propiedad especial, el solo sello de originalidad.

En una obra literaria, además de lo subjetivo que encarnan los tipos en sí, está lo subjetivo del ropaje con que los viste el escritor, lo subjetivo de la forma á través de la cual permite que se les vea, lo subjetivo del ritmo especial en que se mueven las palabras, el calor propio de esas pa­labras, hasta sus condiciones de sonoridad, de extensión en el papel y en el tiempo, que arras­tran consigo simpatías ó antipatías para el oído ó la vista, es decir, armonías.

¡Qué profundos misterios de detalle, qué infi­nitos secretos de yunque, no encierran las bellas obras literarias! El que tiene que tallar figuras sólo con ideas, é ideas sólo con palabras, necesita tejer una malla tan unida, tan severa, tan regia­mente artística, que haga imposible la entrada del dardo más sutil. Es menester que la cadena se estabone de tal modo, que los conceptos nazcan tanto uno de otro, que aparezcan á los ojos del mundo, como la obra de una sola inspiración, como una sola pieza, ¡Minerva del talento!

Y esos detalles delicados, esos impalpables ani­llos que se unen en eterna sucesión, y uniéndose van llevando el pensamiento del lector por una pendiente suavísima, hasta depositarlo emocionado y tembloroso en la amable cúspide de una alegría, ó en el fondo de un abismo de dolor y duelo — esa mágica senda que es la unidad de la obra, es también el secreto de su éxito, su valor todo.

¡Senda susceptible de interrumpirse á la más mínima desarmonía, puente que se rompe con la más desesperante facilidad, collar de perlas, que se desata, como de una alma enamorada, una lágrima ó un beso!

¡Y bien! el solo misterio que estabona esos ani­llos, el solo y delicado hilo que sujeta tanta perla, dando á la obra la magistral unidad requerida por el Arte, es la especial elección de las palabras, la mezcla armónica de los tintes.

¿Por qué, entonces, hacer traducciones libres? ¿Qué quiere decir eso de traducciones libres, sino vestir según el capricho del que traduce, fi­guras que el autor original ha vestido ya á su ma­nera?

Sin embargo, es la creencia más común respecto á traduccione. Es el poder que tienen ciertas frases sonoras; las pronuncia alguien reputado como perito; las repiten cuatro ó cinco cabezas huecas, con aire de dogmatismo y doctoría, y la verdad de la proposición queda sentada.

¡Misterios de simple armonía para los oídos sensibles, en los que reside el éxito de muchos ora­dores populares!....

Hacer una buena traducción, es hacer una buena copia. Cuanto menos subjetiva es una traducción, tanto mejor.

Dice Richter, que los alemanes creen tanto más nacional, tanto más buena una obra, cuanto más difícil es traducirla á otros idiomas. ¡Qué no se podría decir á ese respecto de Edgar Poe, cuyas maravillosas producciones, versando á veces sobre lo que hay de más intangible en el pensamiento, y de mús impalpable en su vida, son desarrolladas por medio de un lenguaje único en el mundo lite­rario!

Ciertas ideas exageradas ó simplemente sólo con­cebibles en un estado anormal de la inteligencia, no pueden ser presentadas de improviso, de pronto, sin ir preparando la imaginación del lector, poco á poco, paulatina y sutilmente á no recibirlas con repugnancia.

El efecto estético total es, particularmente en las obras literarias, lo más delicado, lo más vi­drioso del mundo.

Basta á veces una sola frase, una sola palabra descolocada, ó demasiado viva, ó débil, ó gráfica, para llevar los recuerdos del que lee, hacia el ob­jeto representado por la palabra, ó unido á ella, por la ley de la asociación, y apartar por ahí su mirada de la obra; lo que importa derribar en un minuto todo el edificio que había elevado el escri­tor hasta entonces.

Á las operaciones cerebrales, presiden leyes siempre unas, que la fisiología moderna va cons­tatando día á día.

El último pensamiento que nace en la inteli­gencia, cuando se lee, es el que representa la úl­tima palabra leída. Una idea extravagante, puede ser presentada al cerebro, como la más común de las ideas, por medio de un trabajo sutil y refinado, que vaya preparando el alma de un modo conve­niente.

Es el secreto del éxito maravilloso de Edgar Poe. Sus conclusiones, es decir, el objeto que le guía, es siempre alcanzado; inevitablemente.

Si se lee con atención, se le cree; es fatal. La ilusión sólo es sensible cuando la diaria realidad ha recobrado su imperio sobre el espíritu.

Esas conclusiones extrañas, sólo son alcanzables, cuando el autor ha ido llevando al pensamiento, de pendiente en pendiente hasta el punto capital; y la no repugnancia con que son recibidas las ideas que conducen al objeto deseado, es un se­creto de puro arte; es que un concepto se ha apoyado, para nacer, en un concepto anterior, y así, sucesivamente, hasta llegar al fin. Y como la última idea es la que deja la última palabra leída, resulta que la idea siguiente, se encontrará sin base en que sostenerse, cuando se haya alterado la colocación requerida por el arte.

Decir eso, asegurar eso, respecto á cualquier au­tor, es exactamente lo mismo que decir: Toda tra­ducción que no imíte hasta el movimiento de las palabras del original — toda traducción que varíe según estéticas caprichosas ó privativas de cada uno, el color de esas palabras, y el orden de ellas, cuando es posible conservarlo, es una mala traducción.

Y si tal cosa se puede hablar de cualquier es­critor, ¡con cuánta más razón no se ha de decirlo de Edgar Poe, cuyo secreto de éxito, como lo he hecho ver antes, reposa casi exclusivamente sobre el estilo!

Es posible que plumas como la de D. Eugenio de Ochoa, hagan de un bello trabajo extranjero, una bella obra española. Concedido. Pero se olvida que la tarea del traductor alcanza más allá, que no sólo se trata de dar á conocer las ideas de otro autor, sino también, su estilo.

Es por eso que la Marianne de Jules Sandeau contiene, en español, las ideas de Sandeau, y el estilo de Ochoa.

Hay hasta quien dice que esa traducción hace al original más lindo de lo que es. Sin embargo, la mejor traducción sería la que encerrara las ideas de Sandeau, y el estilo de Sandeau.

Con arreglo á esas creencias, que son mi fe en teogonía literaria, han sido Hechas las traduc­ciones de Poe que van á leerse, así como se ha traducido la reseña sobre su vida y sus obras de Carlos Baudelaire, que va en seguida.

Buenos Aires, 1884.