Nuestra Señora de París/17

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CLAUDE FROLLO

Claude Frollo no era, en efecto, un personaje vulgar; pertenecía a una de esas familias que en el lenguaje impertinente del siglo pasado se llamaban indistintamente alta burguesía o pequeña nobleza. Su familia había heredado de los hermanos Paclet el feudo de Tirechappe, que dependía del obispo de París; veintiuna de las casas de esta heredad habían sido objeto en el siglo xui de muchos pleitos. Como poseedor del mismo, Claude Frollo era uno de los siete veintiún señores con pretensiones a ese feudo sobre París y sus arrabales y durante mucho tiempo ha podido verse su nombre, inscrito en calidad de tal, entre el hotel de Tancarville, perteneciente al señor François le Rez, y el Colegio de Tours, en el cartulario de Saint-Martin-des-Champs. Sus padres le habían ya destinado desde niño al estado eclesiástico y a tal fin se le había enseñado a leer en latín y a bajar los ojos y a hablar en voz baja siendo aún muy niño; su padre le había internado en el colegio de Torchi, en la Universidad y allí había crecido entre misales y lexicones. Era, por lo demás, un niño triste, grave y serio que estudiaba con gran entusiasmo y que aprendía muy rápido; no alborotaba excesivamente en los recreos y participaba rara vez en los jaleos de la calle Fouarre; no sabía, pues, lo que era dare alapar et capillor laniare y no había tenido la más mínima relación con las revueltas y manifestaciones de 1463 que se mencionan en los anales bajo el epígrafe de: «Sexto disturbio de la Universidad». No se burlaba casi nunca de los pobres estudiantes de Montagu, por sus cappetes, de donde les venía el nombre, ni de los becados del colegio de Dormans, por su tonsura rapada y su sobretodo de tres piezas de paño azul, verde y morado, azurini color¡ et bruni como reza el documento del cardenal de las Cuatro Coronas. Era asiduo visitante, en cambio, de las grandes y pequeñas escuelas de la calle Jean-de-Beauvais. El primer estudiante que el abad de SaintPierre de Val veía siempre al comenzar la lectura del derecho canónico era Claude Frollo; siempre estaba allí, frente a la cátedra, junto a un pilar de la escuela Saint-Vendregesile, con su tintero de cuerno, mordisqueando su pluma, escribiendo en sus rodilleras gastadas y soplándose los dedos en invierno. El primer alumno que el doctor en decretales, micer Miles d'Isliers, veía llegar cada lunes por la mañana, sofocado, al abrirse las puertas de la escuela del Chef-Saint-Denis, era Claude Frollo. Por todo ello, a sus dieciséis años, el joven estudiante habría podido enfrentarse en teología mística a un padre de la Iglesia, a un padre de los concilios en teología canónica y en teología escolástica a un doctor de la Sorbona. Superada la teología, se había dedicado con gran ímpetu al estudio de las decretales y así del Maitre de.r Sentences había pasado a Las capitularer de Carlomagno y sucesivamente, en su apetito de saber, había ido devorando decretales tras decretales, las de Teodoro, obispo de Hispalia; las de Bouchard, obispo de Worms; las de Yves, obispo de Chartres y, más tarde, el decreto de Graciano que siguió a las Capitulares de Carlomagno y la compilación de Gregorio IX y así hasta la epístola Super specula de Honorio III. Llegó a ver claro y se familiarizó con los estudios largos y profundos del derecho civil y del derecho canónico enfrentados en el caos de la Edad Media, período que abre el obispo Teodoro en el 618 y cierra, en 1227, el papa Gregorio. Digeridas las decretales, se lanzó a los estudios de medicina y de las artes liberales; estudió la ciencia de las hierbas y de los ungüentos y se hizo experto en fiebres y en contusiones, en heridas y en abscesos. El mismo Jacques d'Espars lo habría aceptado como médico físico y Richard Hellain como médico cirujano.

Superó igualmente todos los grados de licenciatura tesis y doctorado en artes. Estudió latín, griego, hebreo y triple santuario, muy raro en aquella época; le dominaba una auténtica fiebre de conocimientos y tenía un enorme empeño en atesorar ciencia. A los dieciocho años había ya pasado las cuatro facultades y estaba convencido de que el único objetivo de esta vida era el saber.

Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul, astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era allí precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hata entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida. Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros. Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida. Se entregó, pues, al amor de su pequeño Jehan con la pasión de un carácter maduro ya, ardiente y concentrado; aquella frágil criatura, bonita, rubia, sonrosada y de cabellos rizados, aquel huerfanito sin más apoyo que el de otro huérfano le conmovió hasta el fondo de sus entrañas y, acostumbrado como estaba a pensar, reflexionó mucho acerca de Jehan y con un cariño infinito. Se ocupó de él como de algo muy frágil y de gran valor; fue, en fin, para el niño mucho más que un hermano; se convirtió en una madre para él. Como Jehan era aún niño de pecho cuando perdió a su madre, Claude tuvo que buscarle una nodriza. Además de la heredad de Tirechappe, había recibido también de su padre la del Molino, que dependía de la torre cuadrada de Gentilly; se trataba de un molino sobre un altozano, próximo al castillo de Winchestre (Bicétre) del que se ocupaba una molinera que amamantaba a un hermoso niño; no estaba demasiado alejado de la Universidad y el mismo Claude le llevó al pequeño Jehan. Desde entonces, comprendiendo que se había echado una pesada carga, tomó la vida muy en serio; el pensamiento de su hermanito se convirtió para él no sólo en distracción sino en el objetivo de sus estudios y decidió consagrarse por entero a un futuro del que tendría que responder ante Dios y resolvió no tener más esposa ni más hijo que la felicidad y la fortuna de su hermano y se afirmó, pues, más que nunca en su vocación religiosa. Sus méritos, su ciencia, su cualidad de vasallo inmediato del obispo de París, le abrían de par en par las puertas de la Iglesia. A los veinte años, por dispensa especial de la Santa Sede, ya era cura y tenía a su cargo, como el más joven de los capellanes de Nuestra Señora el altar, llamado en razón de la misa tardía que en él se decía, altare pigrorum. Allí, sumido más que nunca en sus queridos libros que solamente dejaba para acercarse durante una hora a la heredad del Molino, aquella mezcla de sabiduría y de austeridad, tan rara a su edad, le había granjeado muy pronto el respeto y la admiración del claustro. Desde el claustro, su fama de sabio había trascendido al pueblo, que empezaba ya a considerarle un poco, cosa harto frecuente entonces, como brujo. Fue el día de Quasimodo, en el momento en que volvía de decir la misa de perezosos en su altar, situado al lado de la puerta del coro que daba a la nave, a la derecha, y muy próximo a la Virgen, cuando se fijó en el grupo de viejas, que murmuraban en torno a la tarima de los niños abandonados. Fue entonces cuando se aproximó a la desgraciada criatura tan odiada y tan amenazada. Su desamparo, su deformidad, su abandono, el recuerdo de su hermano, la idea que le vino repentinamente a su espíritu de que, si él moría, su querido Jehan podría también encontrarse miserablemente en aquella tarima de los ni- ños abandonados; todo ello, agolpado a la vez en el corazón, le provocó una gran compasión y fue entonces cuando cogió al niño y se lo llevó. Cuando sacó al niño de su envoltorio lo encontró muy deforme, en efecto; el pobre diablejo tenía una verruga en el ojo izquierdo, la cabeza casi unida directamente a los hombros, la columna vertebral combada, saliente el esternón y las piernas arqueadas. Así y todo traslucía vitalidad y, aunque resultara imposible el saber en qué lengua balbucía, sus gritos demostraban fuerza y salud. La compasión de Claude se acrecentó al comprobar aquellas deformidades y prometió en lo íntimo de su corazón educar a aquel niño por amor a su hermano a fin de que, cualesquiera que fueran las faltas que su hermano Jehan pudiera cometer, tuviera en su favor aquella obra de caridad hecha a su intención. Era como una inversión de buenas obras realizada a nombre de su joven hermano; era un pequeño caudal de buenos actos que deseaba reunirle por adelantado para el caso en que un día aquel muchachete careciera de esa moneda, que es la única admitida para el pago del viaje al paraíso. Bautizó a su hijo adoptivo y le llamó Quarimodo, bien por coincidir con el día en que lo encontró o bien para definir con ese nombre hasta qué punto la pobre criatura aparecía incompleta y apenas esbozada pues, en efecto, Quasimodo, tuerto, jorobado y patizambo apenas si era un más o menos.