Once poemas

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Once poemas (1916) de Rubén Darío
introducción por Pedro Henríquez Ureña, traducción de Wikisource
ONCE POEMAS DE
RUBÉN DARÍO

PUBLICACIONES DE LA

SOCIEDAD HISPÁNICA DE AMÉRICA

No. 105

ONCE POEMAS DE

RUBÉN DARÍO


TRADUCCIONES POR
THOMAS WALSH
Y
SALOMÓN DE LA SELVA


INTRODUCCIÓN POR
PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA


Eleven Poems pg 7.jpg


G. P. PUTNAM'S SONS
NUEVA YORK Y LONDRES
1916

Contenido
Página
Introducción
v
Primaveral
(Primaveral)
3
Autumnal
(Autumnal)
7
Portico
(Pórtico)
13
The Three Wise Kings
(Los Tres Reyes Magos)
23
Song of Hope
(Canto de Esperanza)
25
Poets! Towers of God
(¡Torres de Dios! Poetas!)
29
A Sonnet on Cervantes
(Soneto a Cervantes)
31
On the Death of a Poet
(En la Muerte de un Poeta)
33
Antonio Machado
(Oración por Antonio Machado)
35
Bagpipes of Spain
(Gaita Galaica)
37
Song of Autumn in the Springtime
(Canción de Otoño en Primavera)
39
Bibliografía
45
Críticas
47

Eleven Poems pg 18.jpg
FACSÍMIL DE POEMA MANUSCRITO "PAX"




Primaveral


MES de rosas. Van mis rimas

en ronda a la vasta selva
a recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo; allí ondea
y flota un santo perfume
de amor. El pájaro vuela
de un árbol a otro y saluda
tu frente rosada y bella
como un alba; y las encinas
robustas, altas, soberbias,
cuando tú pasas agitan
sus hojas verdes y trémulas,
y enarcan sus ramas como
para que pase una reina.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.

 Allá hay una clara fuente
que brota de una caverna,
donde se bañan desnudas
las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,

hienden la linfa serena;
entre polvo cristalino
esponjan sus cabelleras;
y saben himnos de amores
en hermosa lengua griega,
que en glorioso tiempo antiguo
Pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
la palabra más soberbia
de las frases de los versos
de los himnos de esa lengua;
y te diré esa palabra
empapada en miel hiblea...
¡oh, amada mía, en el dulce
tiempo de la primavera!




Autumnal


EN las pálidas tardes

yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah, los suspiros! ¡Ah, los dulces sueños!
¡Ah, las tristezas íntimas!
¡Ah, el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos, húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!

 En las pálidas tardes
me cuenta un Hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía:
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.

 Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al Hada amorosa:
"Quiero en el alma mía

tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida."
Ella me dijo: ¡Ven! con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!
Sobre la cima
de un monte, a media noche,
me mostró las estrellas encendidas.
Era un jardín de oro
con pétalos de llamas que titilan.
Exclamé: ¡Más!
La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas mágicas pupilas.
Y dije: ¡Más!
Sonriendo
la celeste Hada amiga
prorrumpió: "Y bien! ¡las flores!"
Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.
Y dije: ¡Más!...
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,

murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
El Hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.
En el fondo se veía
un bello rostro de mujer.
¡Oh, nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que el alma sintiera!
Con su vaga sonrisa
"¿más…?" dijo el Hada.
Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa....




Pórtico


YO soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana;
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
 
 El dueño fuí de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas; el dueño
de góndolas y liras en los lagos.
 
 Y muy siglo diez y ocho; y muy antiguo;
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte, y con Verlaine ambiguo;
y una sed de ilusiones infinita.
 
 Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud... ¿fué juventud la mía?
Sus rosas aun me dejan su fragancia,—
una fragancia de melancolía...
 
 Potro sin freno se lanzó mi instinto;
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto...
Si no cayó, fué porque Dios es bueno.
 

 En mi jardín se vió una estatua bella;
se juzgó mármol, y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
 
 Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía.
 
 Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de ¡te adoro!, de ¡ay! y de suspiro
 
 Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,
 
 con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.
 
 Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana;
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;
 

 todo ansia, todo ardor, sensación pura,
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia, y sin literatura...
Si hay un alma sincera, esa es la mía.
 
 La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
 
 Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fué el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
 
 Mas por gracia de Dios, en mi conciencia
el bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el arte.
 
 Mi intelecto libré de pensar bajo,
lavó el agua castalia el alma mía;
peregrinó mi corazón, y trajo
de la sagrada selva la armonía.
 
 ¡Oh la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!
 

 Bosque ideal que lo real complica;
allí el cuerpo arde y vive, y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.
 
 Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde;
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.
 
 Allí va el dios en celo tras la hembra
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna Vida sus semillas siembra
y brota la armonía del gran Todo.
 
 El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda.
¡Así sueña, así vibra y así canta!
 
 Vida, luz y verdad: tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El Arte puro, como Cristo, exclama:
Ego sum Lux et Veritas et Vita.
 
 Y la vida es misterio; la luz ciega,
y la verdad inaccesible asombra.
La adusta perfección jamás se entrega
y el secreto ideal duerme en la sombra.
 

 Por eso ser sincero es ser potente.
De desnuda que está, brilla la estrella.
El agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye de ella.
 
 Tal fué mi intento: hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.
 
 Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira:
bruma y tono menor ¡toda la flauta!
y aurora, hija del sol ¡toda la lira!
 
 Pasó una piedra que lanzó una honda,
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fué a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
 
 La virtúd está en ser tranquilo y fuerte.
con el fuego interior todo se abrasa,
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... la caravana pasa.




Los Tres Reyes Magos


YO soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.

Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
Todo lo sé por la divina Estrella!

—Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. El es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo
y en el placer hay la melancolía!

—Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. El es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.

—Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor y a su fiesta os convida.
Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la Vida!




Canto de Esperanza


Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.

Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.

 !Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno de Cristo.

 La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador imperial, meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.

 Verdugos de ideales afligieron la tierra;
en un pozo de sombra la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.

 ¡Oh, Señor Jesucristo! ¿Por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de la luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?

 Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.


 Vén, Señor, para hacer la gloria de ti mismo.
Vén con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
vén a traer amor y paz sobre el abismo.

 Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.




¡Torres de Dios! Poetas!


(Versos escritos en el ejemplar de Prosas profanas
enviado al poeta Juan R. Jiménez.)

TORRES de Dios! Poetas!
Pararrayos celestes,
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!

 La mágica Esperanza anuncia el día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
Esperad, esperemos todavía!

 Esperad todavía.
El bestial elemento se solaza
En el odio a la sacra poesía,
y se arroja baldón de raza a raza.
La insurrección de abajo
tiende a los Excelentes.
El caníbal codicia su tasajo
con roja encía y afilado dientes.

 Torres, poned al pabellón sonrisa.
Poned ante ese mal y ese recelo,
una soberbia insinuación de brisa
y una tranquilidad de mar y cielo….




Soneto a Cervantes


HHoras de pesadumbre y de tristeza

paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

El es la vida y la naturaleza;
regala un yelmo de oro y de diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!




En la Muerte de un Poeta


(Rafael Núñez)


EL pensador llegó a la barca negra;

y le vieron hundirse
en las brumas del lago del Misterio,
los ojos de los Cisnes.

 Su manto de poeta
reconocieron los ilustres lises,
y el laurel y la espina entremezclados
sobre la frente triste.

 A lo lejos alzábanse los muros
de la ciudad teológica en que vive
la sempiterna Paz. La negra barca
llegó a la ansiada costa y el sublime
espíritu gozó la suma gracia:
y vió la cruz erguirse,
y halló al pie de la sacra Vencedora
el helado cadáver de la Esfinge.