Orígenes Uruguayos

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ORIGENES URUGUAYOS

Recopilado en el libro " Estudios Históricos e Internacionales " de Felipe Ferreiro, editado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, Uruguay, 1989

Lo inicial característico de la formación típicamente uruguaya, proviene de los hechos históricos siguientes:

a) Inocupación de nuestro territorio por el “blanco” hasta después de transcurrido siglo y medio del “Descubrimiento”. (Descartamos las tentativas costeras ocurridas durante ese lapso, porque su timidez y fugacidad les resta todo valor).
b) Ocupación (“entradas” y exploraciones continuas) de los territorios del Brasil (en el hinterland atlántico), Paraguay, Argentina (en sus regiones noroeste y Río de la Plata), Chile y Bolivia (en su distrito minero) por el europeo-portugués y español – en la misma época de referencia.

La abstención del impulso conquistador en lo que respecta a Uruguay y a su actividad avasalladora y urgida en los demás países aludidos, debía determinar y determinó, en efecto, muchos y sucesivos movimientos emigratorios de indígenas pobladores de las diversas “zonas de guerra” hacia el territorio imperturbado por el ruido de los cristianos.

De la permanencia y aclimatación en el suelo de Uruguay de las tales emigraciones que debieron comenzar a abrir sus rutas allá por el 1530, nos queda buen testimonio, registrado en el nomenclátor de los accidentes geográficos que conservan – más o menos pura – la primitiva designación indígena. Abundantes son, en verdad, los nombres de cerros y sierras, ríos y arroyos, de procedencia guaraní y los de tupi (lengua general), y los de avamará, etc.

En una región de Soriano, tenemos todavía algunas designaciones, como ser: Cololó, Bequeló, Coquimbo, que están acusando en aquellas la calidad de antiguo hábitat de hombres que hablaban como los del norte de Chile y de la costa sur del Perú. Coincide, por lo demás con la prueba derivada del dato toponímico, la suministrada en casi todos los casos por el documento arqueológico. Recordamos, en efecto – para sólo citar un ejemplo palmario de tal correspondencia – que allá por 1890 se encontró por la zona de Soriano que posee los nombres anteriormente apuntados, la pieza lítica conocida por “antropolito de Mercedes”, acerca de la cual se ha pronunciado un prestigioso hombre de ciencia de nuestros días, diciendo al describirla: “La cara de este antropolito tiene gran parecido con muchas esculturas del Pacífico y especialmente con ciertos ejemplares de arcilla y piedra del llamado horizonte arcaico de México y Centro América”.

Crisol de sangres indígenas

Uruguay, pues – es preciso no olvidar el dato – antes de ser un gran crisol de sangres europeas, ya lo había sido de sangres indígenas. Resultante también del abandono de hecho en que mantuvo el blanco el territorio de Uruguay durante el largo lapso señalado, es la otra característica primaria de nuestra formación.

¿Cuál hubiera sido – en efecto – el material humano empleado en su penetración y ocupación si ella se decide y comienza en los días inmediatos siguientes al descubrimiento? ¿Cuál tuvo que ser entretanto, en razón de haberse producido más de ciento cincuenta años después, cuando ya circulaba y obraba en América la cuarta generación de sus hijos de progenie europea? En la primera situación la entrada a nuestro país habría corrido a cargo del europeo-español o lusitano – y en la segunda, del criollo, como lo fue en efecto, enteramente, al igual de lo acontecido al respecto de Santa Fe y Buenos Aires. Subrayémoslo: Indianos nativos de Paraguay, de Corrientes y de Santa Fe fueron los exploradores de Uruguay. Los primeros pacificadores que recorrieron nuestras Sierras y Llanuras, sembrando desconcierto entre los indígenas poseedores.

A la entrada develadora no los mandaban – por lo demás – sus Reyes, quienes, temiendo siempre el conflicto de mayor cuantía con Portugal, seguían siendo fieles a la política tradicional de no practicar la ocupación, sin perjuicio de publicar en toda oportunidad que les pertenecía el derecho de hacerla. Estos indianos vinieron hacia Uruguay por su cuenta. Silenciosamente, a su “coste y minción”, según la fórmula consagrada.

Uruguay,don de la ganadería

Afirmamos – parodiando al viejo Herodoto – que Uruguay para la Corona de España e Indias, fue un don de la ganadería. Y no creemos exagerar. El bovino que venía circulando y proliferando en nuestra campaña quizás desde principios del siglo XVII (no es hora de averiguaciones precisas) atrajo hasta aquí, en efecto, a los Fundadores paraguayos, correntinos, santafecinos y porteños de la conquista. Unos (los paraguayos y correntinos) adquirieron probablemente noticia de esa riqueza que nos venía de afuera por los indios cristianos de Misiones – sus vecinos -, quienes desde mediados de dicha centuria bajaban anualmente hasta las costas de Rocha y Maldonado (su “Vaquería del Mar”), a hacer acopio de cueros. Los otros (los de Santa Fe y Buenos Aires), presumo que debieron saberlo por boca de las peonadas charrúas y mestizas de las estancias de Entre Ríos, pues para estas gentes no era sacrificio entonces cruzar el Yacanguazú (hoy Bajo Uruguay), y venirse a retozar – temporaria o definitivamente – con los indígenas de Soriano y Colonia.

La fama de la abundancia de vacunos visteados por los de la entrada en algunas regiones del país y acaso también la de la facilidad de su transporte, se extendió rápidamente por el ámbito argentino en el cual no era tan fácil todavía alcanzar los medios de vida holgada. A un paso – como quien dice – del lugar de estrechez, había instrumentos seguros y sin dueño conocido para labrar comodidad y hasta opulencia relativa. ¿Quién iba a desdeñar su adquisición? ¿A cuál podía detener el escrúpulo de la indefinición de mejores derechos a un territorio que de hecho y ante sus ojos, aparecía sin ocupante? Y, además, al fin de cuentas: ¿cómo no iba a complacer a su rey que los súbditos lejanos – al mirar desde luego por su propia conveniencia – le aseguraren un ensanche de sus dominios?

Uruguay – repitámoslo – fue un don de la ganadería para la Corona de España e Indias. De no haber aparecido ese filón inacabable por los valles y las crestas de sierra, no se habrían interesado por adquirir primero y asegurar después nuestro territorio, los nativos y vecinos de Buenos aires, Santa Fe, Corrientes, etc.

Y si falta la inmediata y vigilante atención de aquellos, ¿qué duda cabe de que los quiñones de la Corona de Portugal esculpidos a mediados del siglo XVII en el Cerro de Montevideo seguirían allí por decenas de años? Si no se yerguen en resolución unánime los pobladores de la gobernación de Buenos Aires apoyando y aun estimulando la decisión del Procónsul Garros ¿habría fracasado, acaso, como fracasó rotundamente la expedición fundadora de don Manuel Lobo? Si la interesada diligencia de los mismos vecindarios no se muestra severa en el cuidado de la aplicación de las bases de Utrecht, relativas al límite de la Colonia: ¿se hubiera contenido – por ventura – el portugués arrinconado en la extensión reducidísima del tiro de cañón?

Dominio no colonizado en forma regular

Este nuevo dominio de la Corona de España e Indias no se colonizó de manera regular, esto es, con una población más o menos ventajosamente situada, como punto de seguridad o de arranque para las ulteriores expansiones.

Por una parte, el hábito andariego de sus fundadores y, por otra, las exigencias de movilidad que imponía a aquellos la índole de la riqueza que venían a explotar, determinaron que su colonia surgiera, creciera y prosperara sin pueblo, villa o ciudad matriz inicial; en microcélulas dispersadas anárquicamente por las diversas regiones y constituidas por el faenero y sus peonadas accidentales más o menos numerosas.

Dicha manera de nacer – que tiene su tímido precedente – en la población vecina de Entre Ríos, había de imprimir al nativo de Uruguay algunos rasgos típicos inconfundibles y que se revelaron, en el tiempo, por su manera de obrar y conducirse y por su ideario sencillo y preciso en lo que respecta a la Patria, a la “Autoridad”, a la Justicia, al Derecho, etc.

La falta de gobierno comunal

La falta de la población inicial a que nos hemos referido, importó la falta de un gobierno comunal inmediato y, por consecuencia, trajo una total despreocupación – en el pequeño mundo que surgía – respecto de las cuestiones de interdependencia y solidaridad social. Aquella ausencia determinó asimismo que carecieran los nativos – por lo menos con la frecuencia relativa que convenía – del pasto religioso y del límite consiguiente para sus fuertes pasiones.

El medio con su abundancia de recursos y peligros, por una parte, y sus falta de frenos, por otra, preparó y aseguró la perduración de un tipo humano de grandes virtudes positivas de carácter, pero también poseedor de tremendas fallas negativas. Su espécimen fue el gaucho, mezcla de nobles cualidades de altivez, fortaleza, espíritu igualitario y de camaradería, etc., y de los graves defectos de la inconstancia, haraganería, insensibilidad sanguinaria y falta de visión de una patria grande. ¿Cuánta sangre del indígena nativo que – por lo menos al principio – ya debía traer en las venas una mezcla variadísima de sangres americanas, habrá entrado en la composición de la de este uruguayo primitivo, descendiente también de criollos blancos y mestizos de la región transplatina?

La obra de los intereses creados

De los defectos derivados de la fórmula inicial de la colonización del Uruguay pudo ser, hasta cierto punto, remedio la fundación de Montevideo (1726). No lo fue, sin embargo, y no porque llegase tarde para operar la reacción, sino porque los “intereses creados” hacían respetable el estado de cosas naciente y había que contemplar a aquellos en lugar de remediar el mal.

Montevideo hubiera podido rectificar el rumbo anárquico que traía la colonización por el sistema que llamamos anteriormente microcélulas, si al dictarse su auto fundacional, Zabala dispone que la jurisdicción de la autoridades de la ciudad se extendiese a todo el dominio de la Banda Oriental. Pero no ocurrió tal cosa. El gobernante de Buenos Aires decidió o accedió entonces a que sólo entrase bajo la campana de la nueva población, menos de una tercera parte del territorio de Uruguay, quedando así el resto (o su mayor extensión), librado a los vaivenes de la suerte ya echada, ajeno a policías y justicias, extraño a las beneficiosas influencias – leves, pero seguras – del ambiente ciudadano. La que debió ser hora de reajuste o rectificación resultó, pues, hora de subdivisión: la Banda Oriental no se reformó, desprendióse simplemente de una parte de territorio para dar asiento a Montevideo con su jurisdicción.

En adelante, ambas partes de Uruguay seguirán vidas distintas y de ritmos dispares.

Montevideo en ascensión intencionada y firme, aunque penosa. La Banda andando – como antes y como siempre – a la buena de Dios, en desarticulados impulsos naturales de avance y retroceso.

El proceso de la fundación de pueblos

Existe un detalle histórico – perteneciente, es cierto, a época ulterior – que nos permitirá advertir claramente esa diferencia de marchas. Quiero referirme a los procesos de fundación de pueblos.

Dentro de la jurisdicción de Montevideo, aquellos se operaron siguiendo siempre los dictados de una voluntad y una reflexión que, con error, o acierto, decidieron actuar formando los nuevos núcleos.

En la parte del Uruguay correspondiente a la Banda Oriental, vemos en cambio, que los pueblos surgieron y crecieron o desaparecieron como broto espontáneo de la tierra, tal como aun hoy mismo se ven hacer las barriadas de lata y las aglomeraciones calificadas por su triste sordidez, de pueblos de ratas en los extremos de algunos lugares, villas y ciudades.

Los casos de Minas, San José, Pando, Florida, son ejemplos típicos de la empresa montevideana. Se plantaron esas ciudades con arreglo a los preconceptos y disposiciones de la Ley de Indias (que era clara y sabia en los detalles de urbanización). Pilotos expertos escogieron el lugar, dispusieron dar mejor orientación, tiraron a cordel las líneas de calles y plazas, señalaron el correspondiente ejido, etc., etc. A veces hubo más todavía: el tesoro real cubrió el costo de las casas de los vecinos fundadores, a quienes, por otra parte, condujo de su cuenta hasta el lugar (casos de Minas y San José).

El modo de ocurrir las cosas en la Banda Oriental fue bien distinto. Las más de las veces una pulpería fuerte y afamada en la región por las atracciones que ofrecía al transeúnte (carreras, bolos, jugadas, etc.) apareció de núcleo inicial. En su torno, las clientelas más fieles, y algún bolichero que calculó medrar a la sombra del principal levantaron – sin sujetarse a orden alguno – los primeros ranchos más o menos provisorios. Después se fijó en el lugar el asiento de un hombre de trabajo, más tarde el de otro. Un buen día el cura misionero que pasaba por allí aspiró a levantar la capilla ya reclamada por la abundante población del pago. Pero ahora llegaba el momento del drama que en ocasiones pasó a tragedia: el terrateniente en cuya posesión vastísima había venido formándose y creciendo sin su previa autorización aquel nuevo núcleo, no estaba conforme con su permanencia (porque era propicio al abigeato, o simplemente porque le espantaba los ganados o le privaba de aguadas, etc.) y reclamaba inmisericorde el desalojo. Por consecuencia, venía el pleito, eternizado en la Audiencia de Buenos Aires. Su decisión incierta y lejana traía, si no la muerte, la detención de los impulsos progresistas. Desenvolvieron esta forma de proceso – para citar algún ejemplo – Trinidad (donde el opositor fue don Ignacio de la Cuadra), Rosario (cuyo enemigo fue don Francisco Medina), Víboras (que tuvo enfrente a don Melchor de Albín).

Muéstranos, todavía, la realidad histórica de nuestro Siglo XVIII, otra diferencia de Montevideo y su jurisdicción con la Banda Oriental, motivada por las marchas dispares y distintas que seguían. La expansión de Montevideo fue firme, segura y, por imperio de su crecimiento ordenado, cada vez más potente y definida. Montevideo, que al comienzo de la Gobernación de Viana (1751) no administraba más de veinticinco estancias (se explica en parte también este penoso avance porque el canario fundador y el peninsular eran más bien agricultores y es sólo en nuestra formación cuando se hacen ganaderos), diez años después tenía bajo su férula más de un centenar. Más eran, naturalmente, en esos mismos tiempos, las estancias existentes en la Banda Oriental pero, ¿hacia dónde miraban? ¿Quién correlacionaba sus poblaciones y las vinculaba entre sí por la gravitación lógica de jerarquía? Nadie, por lo menos eficazmente, porque la dependencia de aquélla respecto de Buenos Aires era cada vez menos efectiva.

El mismo progreso de la estancia contribuyó a autonomizarla, a que para todo y en todo se bastara a sí misma. Y esta eficiencia que iba desde lo religioso (la estancia tenía oratorio), hasta el médico (también poseía botiquín y sangrador), desde lo fabril (la estancia tenía telares y producía los lienzos y tucuyos que necesitaba) hasta los festivo (también contaba con canchas de bolos, carreras, sortijas, ramada con pistas de payadas y bailes) le trajo el aislamiento. Sus hijos (estamos hablando de hombres de trabajo, no del gaucho andariego) crecían y morían sin haber salido de la “querencia”, ajenos al atractivo de lo extraño, impasibles, desinteresados de todo lo que no se proyectase en su pago para bien o para mal del mismo. Tenemos, pues, que, en resumen, mientras la marcha de Montevideo en el tiempo era progreso en profundidad y unificación, la de la Banda Oriental – hecha a saltos – conducía a diferenciaciones y a singularización de zonas. De un lado, solidaridad creciente; del otro, disociación también en aumento.

Etapa histórica de simple expresión geográfica

Al abrirse la etapa histórica de 1810, Uruguay era una expresión geográfica y la población de su territorio estaba aún lejos de alcanzar la capacidad de querer y de obrar como un todo único, que define y da tono específico a las naciones. La lección de los antecedentes bosquejados anteriormente, así lo enseña.

Un cuarto de siglo de evolución pacífica y de ritmo idéntico hasta el de aquella hora hubiese bastado, probablemente, para modificar en gran parte la situación presente, dando a los nativos de Uruguay (Gobierno de Montevideo y “Pagos” de la Banda Oriental) aptitud y el tinte característico de integrantes du un pueblo.

Es seguro, en efecto que durante ese tiempo, Montevideo habría ascendido a la jerarquía de capital de Intendencia con jurisdicción territorial en todo el país y aún más lejos de sus fronteras… También parece evidente que en el mismo lapso habría sido creada la diócesis por cuyo establecimiento venían pugnando los montevideanos, con jurisdicción eclesiástica más o menos igual a la política y administrativa. Ahora bien; estos dos sucesos que suponen la extensión del influjo lícito e ineludible de la capital a todo el territorio (por el mismo hecho de designar sus jueces comisionados, sus párrocos, etcétera) habría propiciado correlaciones y acercamientos y enfilado hacia aquella en auspiciosa convergencia a las corrientes de intercambios que se dispersaban hacia el Rio Grande, hacia Entre Ríos y Santa Fe, hacia Buenos Aires. Como un todo único, recién entonces – probablemente – se hubiese visto accionar o reaccionar a los habitantes del Uruguay.

¿Qué ocurrió entre tanto en 1810? Lo que tenía que ocurrir; lo que era forzoso que ocurriese y que hubiera comportado una definitiva desintegración del Uruguay, si no aparece – providencialmente para nosotros – Artigas.

El movimiento de adhesión al programa de Mayo

De parte de Montevideo, prodújose entonces, según es notorio, una reacción antirrevolucionaria – en el sentido juntista y autonómico que propiciaba Buenos Aires – y de parte de la Banda Oriental, un movimiento vigoroso y general de adhesión al programa de Mayo. Uniéronse, por primera vez, concitados por el Héroe que pronto sería nacional, los campesinos y gauchos de los pagos más distantes para venir sobre Montevideo y reducirlo. Traían en lo íntimo, como más firme fuerza impulsora, el anhelo de castigar los ya inocultables y lógicos designios de hegemonía de la ciudad. Ese programa común los unió un momento, pero no los distinguía – desde luego de los camaradas transplatinos del “ejército auxiliador”.

Para que la distinción se produjese – dando al núcleo oriental un perfil y los consiguientes rasgos permanentes – era preciso que llegara, como llegó bajo los auspicios de Artigas la hora de la Asamblea del Paso de la Arena, decisoria de la emigración del Ayuí. Ahí, en ese acto, empezó a existir la tradición nacional”. Artigas fue su gestor. El proceso de elaboración que seguiría por imperio de las circunstancias de la época, iba a ser el inverso al previsible para tiempos de normalidad. Empezamos, en efecto, por la formación de la Provincia Oriental constituida por los territorios de la antigua Banda y los de la jurisdicción de Montevideo con exclusión de la ciudad. Lo regular hubiese sido lo contrario, esto es, accesión de la campaña al núcleo de la capital para llegar al fin a la Provincia de Montevideo integrada.

Los Congresos de Tres Cruces y Capilla Maciel

Ordenemos los datos finales de este esquema que sólo pretende reflejar con imparcialidad rigurosa el proceso de la formación histórica nacional.

Después de la Asamblea de Paso de Arena (1811), el primer acto nuevo de unión o consolidación, fue el Congreso de Tres Cruces (1813), en el cual ya nos encontramos con diputados representantes de la emigración de Montevideo. Allí se declaró la independencia de la Provincia Oriental y su anhelo confederativo respecto de los demás pueblos del antiguo Virreinato rioplatense. Un nuevo congreso reunido poco después del aludido (Capilla Maciel) creó, por voluntad de los diputados del pueblo oriental (incluyendo también emigrados de Montevideo), el primer gobierno Intendencia, el gobierno tan anhelado por los montevideanos de la época colonial. Dicho establecimiento fue reconocido por decreto del Directorio de Buenos Aires, dictado a principios de 1814, pero ello no obstó para que Montevideo siguiera resistiendo todavía el envión que le venía desde la ex Banda Oriental.

Montevideo y la Banda Oriental

Al fin, en marzo de 1815, Montevideo y la Banda Oriental se unieron de hecho y de derecho, gobernando con jerarquía de Intendente el Cabildo que se erigió en aquella ciudad. Recién entonces, pues, se produjo la unión de los uruguayos, unión que, contra lo que hubiera parecido normal, o sea que la lograra la capital por subordinación de la campaña fue impuesta por ésta a aquélla con un sentido profundo de igualdad.

Pero ese acto, fue tan sólo externo y formal, pues, en el fondo, siguió, si no la separación completa de los tiempos pasados, una sorda lucha de la capital y su jurisdicción, que mantenía tendencia hegemónica, contra los campesinos que la habían negado y resistido. La prueba primaria de esa separación substancial, fue dada por la posición respectiva asumida por las dos partes frente al avance de la usurpación portuguesa: Montevideo, que era de tendencias conservadoras, fue la primera en caer bajo el dominio lusitano, adaptándose – en seguida – de relativo buen grado, a la nueva situación que, por lo demás, le permitiría imponer el orden y la unidad a la campaña. Ésta, en cambio, continuó luchando y desangrándose con indomable energía hasta que, en 1820, hallando todo perdido – ya sin armas ni oficiales – tuvo que ceder. Se produjo nuevamente, pues, la unión de los uruguayos, consolidación impuesta ahora por la ciudad, a la que quedaron subordinados los pueblos.

En 1822 y 1823, la capital, aprovechando circunstancias históricas relativas a la independencia de Brasil, etc., quiso, manteniendo siempre su situación hegemónica libertar a la Provincia. Si lo hubiera logrado, habríase producido una situación exactamente inversa a la de 1815; la libertad y la unificación habrían sido la obra de Montevideo, que hubiera mantenido así - sin que se le discutiese – la situación de jerarquía eminente que le dio el Portugués. Fracasó ese movimiento. Varias fueron las causas de dicho fracaso, y entre ellas cabe que registremos la de falta de apoyo de la campaña, motivada sin duda alguna, por el estado de desconfianza acerca de la lealtad de los propósitos de Montevideo.

Llegamos así hasta 1825. La Banda que en 1822 y 1823 no había sabido o no había querido – tanto da – seguir a Montevideo en su empeño independentista de entonces, se alza ahora para luchar como antes por la libertad de todos. En la Florida lo proclamó en altos términos; podía oírlos y no concebía siquiera que llegase la independencia para todos, empujada por lanzas de campesinos.

El Triunfo de “los Patrias”

Fue así, que mientras “los patrias combatían y morían por lograrla en Sarandí, Águila, en Rincón, en Ituzaingó, en Bacacay, en Camacuá, etc., cumpliendo el ofertorio supremo que inspiró el canto de Leopardi:

“Alma terra natia la vita che mi desti ecco ti rendo”.

Montevideo – en esos días – al tiempo de resistir al cerco que le habían puesto los libertadores, adhería entusiastamente al plan de organización monárquica nacional “bajo la Soberanía de la Augusta Casa Imperante del Brasil” que venían a proponerle don Nicolás Herrera y don Francisco Llambí.

¡Sería un colmo de traición esa actitud, si no la explicasen buenamente, los antecedentes históricos que venimos relacionando! Triunfan al fin “los patrias” en 1828. La independencia no fue reconocida entonces como ellos la anhelaban y Montevideo entró sin condiciones y sin derechos de preeminencia a ser parte del todo uruguayo. Fuerzas externas a nosotros mismos y despreocupadas, por lo tanto, de la importancia y alcance de nuestro drama interior, decidieron la ocurrencia tal como se produce, por encima o por afuera de nuestro pleito. De la victoria de la campaña, esta vez la prueba perenne quedó prendida en el nombre impuesto a la República. Montevideo intentó, en efecto, vanamente que llevase el suyo. Los orientales de la Constituyente lo resistieron en forma terminante. Pero el litigio interno seguiría pendiente por largos años, por muchos años, quizá y sin quizá, hasta el período dictatorial de Latorre.

El pensamiento de Artigas

Tal ha sido el proceso de momentos dramáticos – proyectados sobre todo por las guerras civiles – de la formación y solidificación de la nacionalidad uruguaya. Las naciones no se forman atando codo a codo a “los pueblos” que han de integrarlas, sino mediando un respeto recíproco entre los mismos. Y ahí está precisamente, lo más serio y lo más grande del pensamiento de Artigas, quien siempre sostuvo que era necesario extremar ese respeto y entendió siempre que el “dogma” de la Revolución radicaba en el hecho de no atentar contra la libertad de “los pueblos”.

Artigas llevó a los “primeros patriotas” a una unión de hecho (Asamblea de Paso de la Arena), basada en el interés común con motivo del armisticio de octubre de 1811. No se precipitó entonces a dar por sellada esa unión. No quemó etapas. Quiso que las cosas se ratificaran en épocas de paz por medio del voto libre y consciente de los pueblos. De ahí la reunión del Congreso de Tres Cruces, la declaratoria de la primera independencia y el proyecto de una Constitución provincial que no desconocía las facultades de aquéllos para seguir en régimen de autonomías.

El plan de Artigas

Debido a la situación accidentada de los últimos meses de los años 1813 y 1814, no se llegó por entonces a la definitiva instauración jurídica – diremos – de la nacionalidad. Faltaba, por otra parte, la adhesión de Montevideo. Esa adhesión se alcanzó, forzadamente, en 1815, y Artigas proyectó entonces un Congreso que habría de reunirse en Mercedes, para que los representantes de todos los pueblos decidieran sobre el establecimiento de la “Provincia Oriental” , integrada por los territorios que enviaran delegados al Congreso y se conformasen con esa unificación.

El plan sostenido por Artigas en ese momento y aun desde tres años atrás, tenía una segunda parte que era la referente a que “los pueblos” del Occidente también se constituyesen en provincias, uniéndose entre ellos de acuerdo con la voluntad libremente expresada de sus respectivos diputados; vale decir, si todos los pueblos de Entre Ríos convenían en unirse harían una Provincia; si todos los pueblos que durante la época colonial dependieron de Santa Fe acordaban la unificación, formarían otra provincia y si había pueblos reacios, entonces realizarían sólo una alianza a los efectos de la defensa común de la libertad, pero una vez asegurada ésta, cada uno quedaría dueños absoluto de su destino.

Formadas las provincias de aquella manera, quería Artigas que se unieran entre sí por medio de un pacto con recíprocas garantías para la defensa de la libertad de cada una contra las usurpaciones de las otras y los intentos del enemigo común de quitársela a todos. Después, en nuevo acto, aquellos “pueblos libres” que quisieran reunirse en nación entrarían voluntariamente a constituirla, uniendo sus territorios y organizando un gobierno general, y los ajenos al deseo de unificación seguirían en independencia absoluta y asegurada por convenios de alianza.

Basábase el plan de Artigas que antecede, en el principio ajustado a una observación profundamente exacta de nuestra realidad indiana, según la cual los límites anteriormente fijados por la Corona para separar administrativamente sus Virreinatos y Capitanías Generales y, dentro de aquéllos, sus Intendencias y Gobernaciones, no correspondía sino excepcionalmente a las conveniencias, intereses, vinculaciones, etc., de las sociedades que albergaban. Por consiguiente, dado que el todo se independizaba del dominio del Rey y que el todo estaba formado por partes jurídicamente iguales, pueblos idénticamente libres, era llegado el momento de hacer un reajuste racional que contemplara los intereses, no de la Corona, sino de Hispano-América.

Partiendo de esa base, que significaba algo así como poder empezar de nuevo, se habrían de formar en definitiva los Estados. Paraguay – por ejemplo – constituía, dentro del antiguo virreinato, una intendencia que, además de tener vida propia, contemplaba con tranquilidad la hegemonía de su capital – Asunción – porque sus pueblos se habían formado por irradiación de esa ciudad (Véase que es un caso distinto al de la Provincia Oriental). Paraguay, pues podía preferir – Artigas no le discutía el derecho – la constitución de un solo país soberano sobre su territorio.

La intendencia de Córdoba tenía bajo su dependencia pueblos que sufrían con desagrado la hegemonía de la capital. Artigas no negaba a esos pueblos el derecho de instituirse en nuevas provincias.

Para él, era ese el “dogma” o la base justificativa de la revolución, pensamiento superior que aclaró alguna vez, diciéndole a Buenos Aires que a los españoles no les tenía como enemigos por el hecho de ser españoles, sino porque luchaban por restaurar el pasado, sofocando la libertad ya lograda por los “Pueblos”.

No diremos que exista total originalidad en este plan de Artigas. Acaso antes o en la misma época que él, otros indianos “patriotas” hayan concebido y defendido en distintas regiones de Hispano-América, iguales o semejantes postulados y fórmulas. Pero, de todos modos, a pesar de ello, sentimos que una razón de justicia histórica siempre obligará a personificarlo en nuestro héroe nacional. Artigas fue, en efecto, de ello no podría caber duda, su propugnador y abanderado invariable y más calificado en todo el Continente. Sus victorias y sus derrotas, sus aciertos y sus errores de “político”, todo, hasta su caída vertical y la opacidad de sus años de vejez y exilio, se explican por la consecuencia indeficiente que le mantuvo: loca testarudez, que diría Guillermo Ferrero, refiriéndose a Catón.


Conferencia leída por CX 6 SODRE el 29 de setiembre de 1937.