Oriental (6 - Zorrilla)

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No pude selle mudable
A aquella cuyo nascí.


(Romancero general.)

- I -

Escucha, hermosa cristiana,
Mis amores,
No se estrellen mis dolores
En los vidrios de colores
De tu gótica ventana.

Años ha, bella señora,
Que tu vista encantadora,
Apetecida
De Córdoba en los jardines
Matóme por darme vida.
Y en tanto que te acataban
Y tus favores gozaban
Mil paladines,
Azarque, en inútil queja,
Tus esquiveces plañía
Llorando al pie de tu reja.

Escucha, hermosa cristiana,
Mis amores,
No se estrellen mis dolores
En los vidrios de colores
De tu gótica ventana.

¡Ah! ¡Qué importa que al Profeta
En adoración secreta
Yo bendiga,
Y adores tú al Nazareno,
Si en blanda coyunda amiga
Un solo amor nos uniera!
Cristiana más hechicera
Que el ameno
Paraíso, no te cura,
De las palabras del Conde,
Que han de ser mi desventura.

Escucha, hermosa cristiana,
Mis amores,
Yo se estrellen mis dolores
En los vidrios de colores
De tu gótica ventana.



- II -

Así de la luna al brillo
En tono blando y sencillo
Cantaba voz varonil,
Y del moro las querellas
Vertiendo lágrimas bellas
Oía dama gentil.

Abrió a medias su ventana,
Que con flores engalana,
La dama, y así cantó:
Triste su cántico, apenas
Perdido entre las almenas
Un solo instante vagó.

«Cristiana ¡oh moro! nací,
Y me matan con rigor
¡Ay de mí!
Mi religión y mi amor,
Y huyo a mi pesar de ti.
Huye de aquí.»

La voz se heló en su garganta,
Cayó y rompióse la lira,
Al moro extática mira,
Mas ya ni le ve ni canta.

No canta, que en llanto amargo,
Sobre el pecho la cabeza,
Ahoga tanta terneza
Un amoroso letargo.

«Por qué (dice desde el foso
El moro), bella cristiana,
Por qué me velas tirana
Ese rostro candoroso?»

La cristiana amada, en tanto,
Miraba y no le veía,
Sólo en el muro se oía
Triste y angustiado llanto.

Y viendo que no responde,
El moro, desesperado,
A llamar iba ya osado
En el castillo del Conde.


- III -

Sobre alazán de Córdoba brioso,
Ceñido el cuerpo de la doble malla,
El Conde de Tendilla llega en tanto
A su opulento alcázar.
Por la penosa orilla del torrente
Se oye cuál crujen a compás sus armas,
A par que estrepitosas se derrumban
Entre espumas las aguas.
Llegó al castillo, y al tocar al puente,
Miró en el muro pálida a su hermana,
Y volviéndose al moro, amenazóle
Con la robusta lanza.
«¡Infiel al fin! Ya yo me lo sabía»,
Dijo el Conde entre sí, lleno de rabia;
Y alzó la voz después: «Mahometano,
¿Son éstas tus palabras?
Si ya no eres cristiano, tu rodela
Y ese corcel apresta que descansa.
Tú lo juraste, moro, que conmigo
Serías en batalla.»
«¿Por qué el Conde cristiano me acomete,
Si amor quitó la libertad al alma?
«Tú lo juraste, moro, que conmigo
Serías en batalla.»
«Yo cristiano no soy, repuso el moro,
Yo no soy sino amor para tu hermana;
Mas ¿qué importa mi fe, ni la fe suya,
Si como yo me ama?»

«No blasfemes, infiel; si en tu creencia
Tornaras a mirar estas murallas…
Tú lo juraste, moro, que conmigo
Serías en batalla.»


- IV -

Marchó el Conde de Tend
Y del torrente en la orilla
Aguardó.
¿Qué hace el moro, que injuriado
En la muralla apoyado
Se quedó?
¿Por qué el Conde le provoca
Con voz que al honor le toca
Y con furor,
Y el moro sombrío, en tanto,
Mostrando está con su llanto
Su dolor?
Errante su mirar vaga,
Y almete, rodela y daga
Lejos de él
Con ira arrojó demente,
Y así habló con voz doliente
El infiel:
«Adiós, hurí seductora,
Rosa de pensil cristiano;
Pues que por suerte traidora
Te pierdo agora,
Muere con tu Dios cristiano,
Yo moriré en mi fe mora.»
Y hacia el Conde, que le espera,
Rápida y firme carrera
Dirigió,
Y allá en el agua espumosa
La caída estrepitosa
Resonó.



- V -

Mientras la bella cristiana
En su gótica ventana
Exhala un ¡ay! de pavor,
Del agua allá en lo profundo
Lanza el moro en este mundo
El postrer ¡ay! de su amor.