Orlando furioso, Canto 8

De Wikisource, la biblioteca libre.
(Redirigido desde «Orlando Furioso, Canto 8»)
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
​Canto VIII
Orlando Furioso
 de Ludovico Ariosto


1 ¡Oh cuánto encantador y encantadora
hay con nosotros sin que de él sepamos,
que con arte fingida y seductora
se hacen de hombres y mujeres amos!
No por espirtu que en el antro mora
ni observación de estrellas a él nos damos;
mas por simulación, mentira y traza
con irrompible lazo el alma caza.

2 Quien del mágico anillo dispusiese
o aquel mejor de la razón podría
desembozar su faz, que, si así fuese,
no oculta por ficción ni arte estaría.
Y así quien antes bello pareciese,
feo y mortal después parecería.
Muy venturoso fue Rogelio entonces,
pues tuvo anillo con que abrió los gonces.

3 Rogelio --os dije ya-- disimulando
fue a caballo a las puertas del castillo;
halló a la guardia distraída, y cuando
llegó, no echó las manos al bolsillo.
A aquel a pique, a aquel muerto dejando
pasó el puente, rompiéndole el rastrillo:
al bosque huyó, mas poco y mal galopa,
pues un sayón de la hechicera topa.

4 Un halcón sobre el puño peregrino
portaba al que a menudo echar gustaba
ora al campo, ora al lago allí vecino,
donde abundante presa siempre hallaba:
montaba en un famélico rocino,
de un perro fiel detrás se acompañaba.
Juzga que pueda ser aquello huida,
pues tan precipitada es la partida.

5 Le fue al encuentro, y con soberbio gesto
le preguntó por qué veloz corría.
No quiso responder Rogelio a esto,
con que él, certificado ya que huía,
puso en ejecución darle el arresto,
y el brazo alzando en que el halcón tenía:
«Verás --dijo-- si el paso se destensa,
pues no hallarás contra mi halcón defensa».

6 Lo suelta, y con tal fuerza bate el ala
que alcanza a Rabicán en la carrera.
El cazador del palafrén se cala
y a un tiempo de la brida lo libera.
Galopa, como flecha que arco exhala,
con coces y bocados esta fiera;
y el siervo detrás de él tan veloz corre
que parece que el viento lo socorre.

7 No quiere el perro parecer más tardo,
y sigue a Rabicán con la presteza
con que suele seguir la liebre el pardo.
Ve huir Rogelio afrenta a su nobleza:
se vuelve a aquel que corre tan gallardo
y un arma sola ve con que se atreza:
la fusta con que al perro necesita.
Rogelio, pues, tomar la espada evita.

8 Aquel se acerca y fuerte lo golpea;
a un tiempo el pie derecho el can le muerde;
tres veces (más quizá) el bruto cocea,
y no ocasión de herirle el flanco pierde.
El ave sobre él revolotea,
y, hundidas en su piel, las garras pierde:
tanto del grito Rabicán padece,
que ni a brida ni a espuelas obedece.

9 Alza Rogelio al fin su arma acerada;
y, por que tal estorbo se concluya,
mostrando el filo y punta de la espada,
pretende que aquel ruin cortejo huya.
Mas éste más le turba y más le enfada,
y menos da ocasión con que no irruya.
Ve el paladín el daño y menoscabo
que ha de sufrir, si no da al hecho cabo.

10 Sabe que de no usar al punto el hierro,
le dará Alcina con su gente alcance:
de caja, de trompeta y de cencerro
escucha ya el rumor que trae su avance.
Mas piensa que con siervo inerme y perro
usarlo es deshonroso e infame lance:
y al fin resuelve por más justo y breve
aquel escudo usar que a Atlante debe.

11 Alza el rojo cendal en que cubierto
desde su huida aquel escudo trae,
y obra el efecto él con el que yerto
a aquel que hiere de sentir sustrae:
queda el siervo en el suelo sin concierto,
cae el perro y cae el corcel, la pluma cae
que hacía sostenerse en vuelo al ave;
y quedan en poder de un sueño suave.

12 A Alcina, a la que ya le es manifiesto
cómo Rogelio por romper la puerta,
ha a muchos muerto y malherido al resto,
le traspasa el dolor y queda muerta:
rasga sus ropas, se maltrata el gesto,
mujer necia se llama y mal despierta,
y, al arma convocando urgentemente,
juntó para ir tras él toda su gente.

13 La parte en dos, y a una, hecho ya examen,
manda a la senda que el felón camina;
a otra que, atendiendo su dictamen,
al puerto vaya y tome en la marina
flota que nuble el mar con su velamen.
Con estos va la desperada Alcina,
y tanto por Rogelio de amor arde
que deja su ciudad sin quien la guarde.

14 No deja guardia a cargo de su estado
lo que a Melisa, que ocasión buscaba
para librar de aquel reino malvado
al pueblo que en miseria se encontraba,
le dio comodidad para a su grado
cualquier signo acabar que Alcina usaba:
imágenes quemó, deshizo estampas,
nudos y rombos y mil otras trampas.

15 Luego cruzando el valle y la ribera
a sus viejos amantes que allí en forma
vivían de fuente, planta, piedra o fiera
hizo volver a su primera forma.
Y todos, ya expedita la carrera,
siguieron de Rogelio el paso y orma:
al reino van de Logistila, y luego
vuelven entre indio, persa, escita o griego.

16 Melisa a cada cual mandó a su tierra
con orden de que tal no se olvidara,
mas fue el primero el duque de Inglaterra
en ser vuelto a su antigua humana cara;
pues hizo el firme ruego y cortés guerra
de Rogelio por él que así privara;
y aún más que ruegos dio, pues dio el anillo
a fin de hacer el acto más sencillo.

17 A ruego de Rogelio, pues, recobra
su aspecto Astolfo natural y exacto,
mas vana cree Melisa que es su obra,
mientras que no le restituya al acto
aquella lanza de oro, con que cobra
victoria en cualquier justa al primer tacto:
fue de Argalía, fue de Astolfo luego,
y honor dio a uno y otro en todo juego.

18 Halla Melisa al fin la lanza de oro,
que algún rincón de aquel palacio ocupa,
y el resto del ajuar que con desdoro
perdió Astolfo, también cobra y agrupa.
Después montó el corcel del sabio moro
y al duque atrás acomodó en la grupa,
y tan diestra el corcel rige y mancipa
que en una hora a Rogelio se anticipa.

19 Mientras, topando piedra y fuerte espina,
Rogelio a Logistila en su viaje
de valle en valle senda tal camina
yerma, arriscada, inhóspita y salvaje,
que sólo tras gran pena y gran mohína
llega a la ardiente nona hasta un paraje
costero entre monte y mar, al sur abierto,
yermo, abrasado, estéril y desierto.

20 Punza al vecino monte un sol funesto
y del calor que el monte rebervera,
hierven de modo arena y aire que esto
bastante a derretir el vidrio fuera.
Sólo cigarra con un son molesto
(pues toda ave a la fresca sombra era)
ociosa entre las ramas de un majuelo
asorda valle y monte, y mar y cielo.

21 No tuvo allí otro amigo ni otra amiga
Rogelio en esta huida fastidiosa
más que el calor, la sed y la fatiga
de andar senda tan yerma y arenosa.
Mas porque no está bien que siempre os diga
y os dé por diversión la misma cosa,
dejo a Rogelio en tan duro rescaldo
y vuelvo a Escocia en busca de Reinaldo.

22 En mucho era el paladín tenido
del rey, su hija y de aquel reino todo,
y la causa que allí le había traído
Reinaldo declaró con gentil modo:
que era al inglés y al escocés pedido
socorro para aquel duro periodo,
y añadió al ruego que su rey le diera
justísima razón que a ello moviera.

23 Dio el rey, sin titubeo, por respuesta
que en cuanto allí su fuerza se extendía,
siempre a su servicio predispuesta
don Carlos y su Imperio la tendría;
y que en satisfacción de su recuesta
cuantos hombres tuviese reuniría,
y él mismo, si no fuese ya tan viejo,
sería el capitán de aquel cortejo.

24 Mas tal molestia nunca la creería
suficiente razón, si no tuviese
un hijo que por seso y bizarría
muy digno era a que aquel mando asumiese,
y, aunque ahora allí en el reino no asistía,
a Escocia se esperaba que volviese,
mientras se apercibía aquella armada,
de suerte que la hallara preparada.

25 Y así a los tesoreros por su tierra
mandó reunir caballería y gente;
barcos prepara y munición de guerra,
vituallas y dinero prontamente.
Partió en tanto Reinaldo hacia Inglaterra,
y el rey por despedirlo cortésmente
hasta Bervique mismo lo acompaña,
y allí al dejarlo el rostro en llanto baña.

26 Soplando el viento próspero en la popa
Reinaldo embarca, a todos despidiendo;
zarpa el piloto, y sobre el mar galopa
tanto que llega allá donde muriendo
al mar el bello Támesis se topa.
Entran en él con la marea subiendo,
y a vela y remo van aguas arriba
hasta que a Londres el bajel arriba.

27 Cartas de Carlos y de Otón reales
(Otón que junto a Carlos sufre asedio)
tiene para que el príncipe de Gales,
actuando en atención a su remedio,
junte en su tierra y su región feudales
caballos y hombres por cualquiera medio;
a fin de que en Calés, tras embarcarlos,
pasen a Francia a socorrer a Carlos.

28 El príncipe al que Otón regente hizo
en tanto que al infiel él combatía,
a Reinaldo de Aimón tanto honor hizo
como a su mismo rey hecho no habría.
Sus demandas al punto satisfizo,
y a todo el que empuñar arma podía
de Bretaña y sus islas, con instancia,
señala día en que embarcar a Francia.

29 Señor, mejor haré como el maestro
tañe el instrumento, que a menudo
varía cuerda y tono, porque diestro
buscando va ahora el grave, ahora el agudo.
Mientras los hechos de Reinaldo muestro,
venirme Angélica a las mientes pudo,
la cual dejé, cuando del franco huida,
de un viejo se encontraba recogida.

30 Quiero un poco contar en qué esto acaba.
Dije el modo en que al viejo con porfía
senda que al mar llegase preguntaba.
Tal era el miedo que al de Aimón tenía
que, no cruzando el mar, morir pensaba
y a riesgo en toda Europa se creía.
Mas la sosiega el santurrón con traza,
porque gozarla de secreto traza.

31 Le encendió el corazón tanta hermosura,
y le abrasó la frígida medula;
mas luego que ve que ella de él no cura
y hastiada ya de él con él deambula,
espolea con saña su montura,
mas no consigue acelerar la mula:
al paso apenas va y al trote aún menos,
no acata el animal más que los frenos.

32 Y, porque mucho ya se había alejado,
y habría perdido a poco más su horma,
recurre el viejo al antro sulfurado
y presta a algunos que lo habitan forma
elige a uno entre ellos señalado
y de su cuita visceral le informa;
y le hace entrar en el corcel caoba
que el alma junto a Angélica le roba.

33 Como sagaz lebrel, habituado
a dar a zorra y liebre astuta caza,
que, viendo andar la presa por un lado,
marcha por otro y finge no hallar traza,
para al fin verse cómo ya tornado
la trae en la boca, y muerde y despedaza;
así a Angélica hallar el viejo ensaya,
y habrá de hallarla allá por donde vaya.

34 Cuál fuese su intención, bien yo la entiendo;
y en otra parte os la diré, mas luego.
Angélica de nada, pues, temiendo,
cabalgaba fïada con sosiego.
Se iba el demonio en el corcel cubriendo,
como se cubre entre el rescoldo el fuego,
que con muy grave incencio se destapa,
si no se extigue, apenas de él escapa.

35 Llevaba en tanto Angélica el camino
que sigue el mar que la Gascuña lava,
guïando por la arena su rocino
que húmeda el flujo de la mar dejaba,
cuando el demonio a enloquecerlo vino
tanto que dentro de la mar nadaba.
No sabe más que hacer la pobrecilla,
si no es tenerse bien sobre la silla.

36 No vuelve atrás, por más que use la brida;
cada vez más se aleja en el mar alto.
Traía ella la ropa recogida
por no mojársela y los pies en alto.
La melena a la espalda iba esparcida
y lasciva la brisa le da asalto.
Restaban quietos mar y grandes vientos,
quizá a tanta beldad ambos atentos.

37 Volvía ella a la orilla el rostro en vano,
bañando con el llanto rostro y seno,
y cada vez veía más lejano
volverse y más pequeño el lido ameno.
El corcel, que nadaba a diestra mano,
tras mucho nado la sacó a un terreno
de oscura piedra y grutas espantosas,
ya huido el sol de las terrestres cosas.

38 Cuando sola se vio en tan yermo lido,
que inspiraba pavor su sola hechura,
a la hora en que en el mar Febo escondido
la tierra y el opuesto cielo oscura,
quedó en modo que habría sugerido
a cuanto hubiese visto su figura
si era mujer real lo que allí había
o estatua en cambio que ser tal fingía.

39 Quieta y pasmada en la dudosa arena,
con un inmóvil labio a otro pegado,
las manos juntas, suelta la melena,
tenía el rostro al cielo levantado
como acusando a Dios de que Él ordena
la cruda inclinación del crudo hado.
Luego de así permanecer un tanto,
dio lengua a su dolor y ojos al llanto:

40 «Fortuna --se quejó--, ¿qué hacer te resta
a fin de que por fin te satisfagas?
¿Qué más te puedo dar, que no sea esta
mísera vida con que no te pagas?
Cuando pudo acabar su estancia mesta,
la traes del mar y de sus aguas dragas,
¿por qué gustas, Fortuna cruel y fiera,
de verme aún sufrir más antes que muera?

41 »Mas no sé qué hacer más puedas, Fortuna,
que hasta hoy no hicieras contra mí primero.
Tú causas que ande lejos de mi cuna,
donde nunca volver jamás espero;
y he perdido el honor, que es peor fortuna,
pues, si bien no hice impuro desafuero,
doy pie, al vagar por playa y por floresta,
a ser llamada obscena y deshonesta.

42 »¿Y qué virtud posee la doncella,
que no es en opinión del mundo casta?
Sea falso o cierto, el ser juzgada bella,
¿qué suerte es para mí torpe y nefasta?
No doy gracias al cielo de esta estrella;
ser bella obró mi mal y el de mi casta:
mi hermano muerto fue por mi decoro,
que poco le valió la lanza de oro;

43 »por su causa Agricán, rey de Tartaria,
deshizo a Galafrón, mi padre amado,
gran Kan de donde soy originaria;
y aquello causa fue de que hoy mi estado
sea errar por esta Europa a mí contraria.
Si hacienda, honor, familia me has quitado
y hecho todo el mal que hacer podías,
¿qué daños más guardarme aún ansías?

44 »Si ahogarme en este mar no es postrimera
muerte que tu crudeza satisface,
acepto, pues, que mandes una fiera
que mis miembros devore y despedace.
Sea cual sea el fin, aunque de él muera,
no habrá de ser que ingrata no lo abrace.»
Así decía la dama tristemente,
cuando se topa el ermitaño enfrente.

45 La había visto él desde la cima
de un altivo peñón, mientras aquella
al pie de aquel escollo con gran grima
cansada y afligida se querella.
Seis días ha que allí su traza ultima,
traído de un demonio, y viene a ella
fingiendo más piedad aquel falsario
que cuanta tuvo Pablo o San Hilario.

46 No es conocido, y cuando más se acerca,
algo Angélica alivia su cuidado,
y pierde el miedo, aunque la pena terca
le traiga aún el rostro demudado.
«Padre, tened --dijo ya estando cerca--
piedad de mí, que a mal puerto he llegado.»
Y con voz del sollozo interrumpida,
contó la historia bien por él sabida.

47 Empieza el ermitaño a confortarla,
con alguna piadosa oracioncilla;
y pasa audaz las manos, al hablarla,
ya por el seno, ya por la mejilla;
confiado se dispone ya a abrazarla,
mas ella su intención primero pilla:
lo aparta con la mano y se desciñe,
y de honesto rubor el gesto tiñe.

48 Entonces abrió él una frasquita
que extrajo de un morral que atrás le pende,
y en los ojos intensos do crepita
la llama más voraz que Amor enciende,
dejó apenas caer una gotita
bastante a adormecerla. Ella se tiende,
y yace sobre aquel lido lejano
a merced toda del rapaz anciano.

49 La abraza él y a voluntad la toca;
duerme ella inerme con profundo muermo.
Ora le besa el pecho, ora la boca,
sin que haya quien lo impida en aquel yermo.
Mas en la monta su corcel se apoca,
que no cumple al deseo el cuerpo enfermo;
no le responde más su edad anciana,
y menos puede, cuanto más se afana.

50 De mil formas y modos mil lo intenta,
y aquel penco pellejo nunca salta.
Sacude el freno, pica y lo atormenta,
mas no logra dejar su testuz alta.
Al fin junto a la dama se adormenta,
y nueva adversidad después lo asalta;
que nunca es la Fortuna avara y poca,
cuando a un mortal para burlarlo toca.

51 Mas fuerza es, para que os narre el caso,
que aquí seguir la senda recta eluda.
Allá en el Mar del Norte, hacia el ocaso,
allende Irlanda, está la isla de Ebuda,
en donde poca gente vive acaso
después de que la orca fiera y ruda,
con más de su tropel la destruyera,
como venganza que Proteo hiciera.

52 Narra una antigua historia, o falsa o cierta,
que tuvo aquel lugar un gran regente
con hija en la que tanto se concierta
gracia y beldad, que pudo facilmente
yendo una vez sobre la arena incierta
dejar Proteo ardiendo en la corriente;
y este, un día en que se hallaba sola,
tomándole la flor, allí preñóla.

53 Pensó su padre aquel hecho infamante,
cruel más que ningún otro y severo,
y a muerte condenó al nonato infante:
a tanto lo movió su desdén fiero.
Ni aun ver la hija encinta, fue bastante
a detener su hierro carnicero;
y al nietecillo, que inocente era,
le dio la muerte antes que naciera.

54 El marino Proteo, que el ganado
del dios del mar, Neptuno, apacentaba,
del cruel suplicio de su dama airado,
rompió la ley y el orden que guardaba;
de suerte que soltó en aquel estado
cuantas focas y orcas comandaba,
las cuales no ya oveja y buey mataron,
mas villas y ciudades arrasaron;

55 y van a las ciudades muralladas,
y a todas ellas hacen grande asedio.
Sus gentes día y noche están armadas
con gran temor y displicente tedio.
Las tierras han dejado abandonadas
y, por hallar del mal algún remedio,
acuden al oráculo en encuesta,
y de él todos escuchan por respuesta

56 que se ha de hallar para Proteo doncella
que tenga de belleza un mismo grado,
y a aquel dios ofrecerla en vez de aquella,
al pie siempre de un mismo acantilado.
Si le parece lo bastante bella
quedará con tomarla sosegado;
si no, que una tras otra se le ofrezca
hasta que alguna al fin se lo parezca.

57 Y así principio dio la cruda suerte
de aquellas cuyo gesto más las paga:
que cada día a Proteo (¡oh caso fuerte!)
se dé una hasta que al fin se satisfaga.
Todas hallaron hasta hoy la muerte,
que a todas una orca se las traga,
que allí cerca quedó de la bocana,
después que aquella grey volvió a su tana.

58 Sea crónica o historia fabulosa
(que no sé yo si aquí Turpín nos miente),
contraria a las mujeres y ominosa,
pervive antigua ley entre esta gente:
que de su carne la orca monstruosa
que llega allí a diario, se alimente.
Y aunque es en todo estado una gran carga,
el ser mujer aquí es aún más amarga.

59 ¡Oh míseras doncellas a quien lleva
la impía Fortuna al litoral infausto,
donde esta gente de ellas hace leva
y así ejecuta aquel cruel holocausto;
que, cuantas más de éstas la orca ceba,
menos su pueblo está de hembras exhausto!
Mas, porque no las lleva siempre el viento,
hacen por otras playas prendimiento.

60 Peinan con fusta y gripo la marina
y otras diversas naves de su armada,
y de lejana tierra y de vecina
traen siempre la bodega bien cargada.
Muchas cobran por oro o golosina,
otras cobran por rapto o por espada;
y siempre de gran copia de regiones
tienen sus torres llenas y prisiones.

61 Yendo una fusta, pues, cerca de tierra
delante de la playa ancha y baldía
donde entre arbustos sobre estéril tierra
la desdichada Angélica dormía,
bajaron un retén de ellos a tierra
por provisión de leña y agua fría,
y hallaron de entre cuanta bella ha sido
la flor en brazos del santón fingido.

62 ¡Oh más que excelsa, oh presa más que cara
para pueblo tan bárbaro y villano!
Oh Fortuna crüel, ¿quién te pensara
tan poderosa sobre el sino humano?,
pues das por pasto a bestia horrible y rara
la gran beldad, que a India a un rey pagano
llevó desde su cáucasico fuerte
con media Escitia para hallar la muerte;

63 la gran beldad que el gran rey Sacripante
antepuso a su honor mismo y su estado,
la gran beldad que al gran señor de Anglante
quitó el seso y la fama de acordado;
la gran beldad que al fin volvió Levante
de arriba abajo atento a su dictado;
no tiene ahora, indefensa y en el suelo,
siquiera quien le preste algún consuelo.

64 Dormida aún, Angélica la bella,
fue, antes que despierta, encadenada;
y subieron al viejo junto a ella
a aquella fusta ya de hembras cargada.
Llevó, henchida la vela, a la doncella
la nave hasta la isla desalmada,
y allí en un torreón fue puesta Angélica,
en espera de hallar la orca famélica.

65 Mas ser tan bella obró que se moviera
aquella gente a compasión no usada,
y que por gran espacio defiriera
la muerte a la que estaba reservada;
y así, mientras que hubo una extranjera,
fue aquella gran belleza perdonada.
Al monstruo la entregaron finalmente,
detrás llorando toda aquella gente.

66 ¿Quién podrá pintar la angustia, el llanto,
el lamento gentil que el cielo pasa?
¿Cómo no abrióse aquel lido de espanto
cuando quedó sobre la pétrea basa,
donde esperaba sin socorro, al canto
de ser del monstruo fácil presa y lasa?
No diré más; que tanto el mal me mueve,
que fuerza a que a otro asunto el canto lleve;

67 y encuentre verso no tan displicente
hasta que el laso corazón rehaga,
pues no podría la hórrida serpiente
la tigre que sin cría ardiendo vaga,
ni cuanta yerra por la arena ardiente
del Atlas al Mar Rojo infecta plaga,
ver o pensar sin que al gemido ceda
que Angélica en aquel escollo queda.

68 ¡Ay, si hubiese sabido Orlando el daño,
vuelto en pos a París tras el litigio;
o los dos que engañó aquel ermitaño
con el correo del paraje estigio!
Por socorrerla entre el sangriento baño
buscado habrían su angélico vestigio:
Mas ¿cómo harían, teniendo aún de ella indicio,
si tan lejos estaban del suplicio?

69 Mientras tanto París era asedidada
por el famoso hijo de Troyano,
y a tanta extremidad se vio llevada
que casi cae del árabe en la mano;
pues de no haber París sido escuchada
del cielo que inundó de lluvia el llano,
aquel día cae por la africana instancia
el santo Imperio y gran nombre de Francia.

70 Volvió sus ojos Dios al justo ruego
del viejo Emperador de nuestro Oeste,
y con súbita lluvia apagó el fuego,
que no hay fuerza que a Él Lo contrarreste.
Ved, pues, si es sabio a Dios mostrar apego;
pues no hay quien un socorro mejor preste.
Y bien sabía esto el rey devoto,
que se salvó por ofrecerle voto.

71 De noche entre las plumas importuna
a Orlando el pensamiento y la quimera:
tal vez lo hace correr, tal vez lo aúna,
mas no logra que afloje su carrera,
como la luz del sol o de la luna
después de que en el agua reverbera
por los altos tejados fugitiva
de un lado a otro va, de abajo a arriba.

72 Su dama, que le ha vuelto ya a la mente,
si alguna vez de ella fue partida,
le abrasa y hace más viva y ardiente
la llama que de día cree extinguida.
Con él había venido hasta Poniente
desde el Catay, y aquí fue de él perdida,
y nada supo más ni oyó su oído
desde que fue en el sur Carlos vencido.

73 Mucho se duele Orlando ahora, y consigo
en vano aquella necedad sopesa:
«¡Ay, corazón --lloró--, cuán vil contigo
he sido y soy! ¡Ay cuánto ahora me pesa
que, pudiéndote estar siempre conmigo,
cuando era por tu bien mi suerte ésa,
te dejase entregar al duque Namo,
por no saber guardar lo que más amo!

74 »¿No pude con razones excusarlo?
Quizá no las habría Carlos deshecho;
y, si deshecho, ¿quién podría forzarlo?
¿quién de ti apartarme a mi despecho?
¿No podía con armas contrastarlo,
o bien dejarme vaciar el pecho?
Mas ni Carlos ni Francia entera en plante
a quitárteme por fuerza era bastante.

75 Si un buen guardián la hubiese custodiado
al menos en París o en plaza fuerte...
Mas me cuadra que a Namo la haya dado,
pues quiso despedirla de esta suerte.
¿Qué paladín mejor la habría guardado
que yo que lo habría hecho hasta la muerte?
Guardarla más que a mí --llorando dice--
debí y lo pude hacer, y no lo hice.

76 »Ay, ¿dónde ahora sin mí, mi dulce vida,
quedaste tan hermosa y tan zagala
tal como, cuando ya la luz partida,
sola en el bosque la cordera bala,
que, porque espera ser del dueño oída,
tanto resuena por la selva rala
que escucha el lobo aquel llanto lejano
y el mísero pastor la llora en vano?

77 »¿Dónde ahora estás? ¿Dónde, esperanza mía?
¿Vas sola todavía el monte errando
o te ha atajado el lobo por la vía
sin la custodia de tu fiel Orlando?
La flor que hacerme un dios casi podía,
la flor que había venido respetando
por no agostar tu honesto y casto estado,
por fuerza otro cogido habrá y ajado.

78 »Oh desdichado, oh mísero, ¿no quiero
antes morir que ver la flor cortada?
Oh pío Dios, hazme sentir primero
cualquier mal, si esta suerte no le es dada.
Mas si es verdad, yo juro, oh cielo fiero,
que he de pasarme el pecho con la espada.»
Así con fuerte llanto suspirando
iba diciendo el afligido Orlando.

79 Ya las criaturas mil que son terrenas
daban a sus espíritus reposo,
al raso o entre sábanas amenas,
sobre la hierba o sobre el mirto umbroso:
cierras los ojos tú, Orlando, apenas,
transido de tu cuita y pesaroso;
y ni aun un sueño fugitivo y breve
deja que goces de reposo leve.

80 Creía Orlando en plácida ribera
de flores olorosas esmaltada,
ver la nativa rosa en bella cera
de la mano de Amor propia pintada;
y los dos claros soles por que era
en las redes de Amor su alma atrapada:
digo de aquellos ojos y aquel gesto
que le han del pecho el corazón depuesto.

81 Sentía el mayor placer, la mayor fiesta
que no sintió jamás dichoso amante,
cuando una tempestad se manifiesta
que aniquila el verdor que halla delante,
tanto que no se ve pareja a esta
cuando azota aquilón, austro o levante.
Parecía vagar por un desierto
buscando vanamente algún cubierto.

82 Y en esto, sin saber que haya pasado,
su dama por el turbio viento pierde,
y el eco de aquel bello nombre amado
hace sonar por lo que fue antes verde.
Y mientras dice en vano: «Ay desdichado,
¿quién envidioso tu fortuna muerde?»
su dama escucha por ignota senda
que llora y en sus manos se encomienda.

83 A allá de donde el grito parte, acude;
de un lado para otro en vano yerra.
¡Oh cuánto el dolor fuerte le sacude,
porque la angélica visión le cierra!
Entonces otra voz su dama alude:
«No esperes más hallarla en esta tierra».
Ante aquel grito despertó de modo
que en lágrimas se halló bañado todo.

84 Sin reparar en que no es caso cierto
lo que por miedo o por afán se sueña,
quedó de aquella monición tan cierto
que la tomó por verdadera seña;
y, saliendo del lecho, medio muerto
todo se armó, pero con falsa enseña,
ensilló a Bridadoro y partió presto,
sin querer cuenta de escudero en esto.

85 Y por poder tomar senda seguro
de que su honor por tal no se machara,
dejando aquel cuartel de blanco puro
y rojo con que antes se mostrara,
quiso portar blasón negro y oscuro
a fin de que el dolor representara,
el cual de un amostante había tomado
que había, años había, degollado.

86 A media noche silencioso parte
sin saludar al tío ni dar cuenta;
ni a su amigo del alma, Brandimarte,
antes le dice adiós o se presenta.
Sólo después que el sol su luz reparte
cuando del lecho de Titón se ausenta
y toda negra sombra desbarata,
el rey de su partida se percata.

87 Con gran contrariedad el soberano
aquella deserción a saber vino,
pues más necesitaba a Orlando a mano;
y, ardiendo en ira y cólera, sin tino
entre lamentos aquel rey cristiano
maldijo e injurió al mal sobrino;
y amenaza de hacerle pagar caro
si no regresa, aquel torpe descaro.

88 Brandimarte, que tanto a Orlando amaba
como a sí mismo, sin hacer derroche,
o porque hacerlo regresar pensaba,
o porque le enfadaba el real reproche,
no quiso esperar más a aquel de Brava,
y salió apenas que cayó la noche.
No habló a su Flordelís de este su intento,
por que no le estorbase el pensamiento.

89 Rara vez, por amor, de su presencia
quiso estar lejos él; que era doncella,
dotada de agudeza y de prudencia,
noble, educada y en extremo bella;
y, si esta vez no pide él su licencia,
fue por pensar que tornaría a ella
el día aquel; mas luego cosa hubo
que más de lo pensado lo entretuvo.

90 Y ella, después que casi un mes en vano
lo hubo esperado, sin que de él se sienta,
tanto la abrasó el deseo tirano
que sola se partió sin echar cuenta;
y entre cristiano lo buscó y pagano,
como la historia en su momento cuenta.
No digo más de uno ni otro amante,
que más importa ahora aquel de Anglante.

91 El cual, después que la gloriosa enseña
mudó de Almonte, ante la puerta acaba,
y, dando un «soy el conde» como seña
a un capitán que aquel portón guardaba,
hizo el puente bajar; y por la breña
que más derecha al enemigo andaba,
tomo camino entre lamento y llanto.
Lo que después siguió, cuenta otro canto.