Orlando furioso, Canto 9

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1 ¿Qué obrar no puede un corazón que tiene
el cruel y traicionero Amor sujeto,
si olvida a Orlando, que sin seso viene,
la fe que a su señor debe, y respeto?
Quien defensor fue de la Fe perene,
sabio y de pecho respetuoso y neto,
ahora por vano amor a una hermosura
del rey, de sí y de Dios muy poco cura.

2 Mas yo bien lo disculpo, y soy contento
de hallar con mi defecto igual tamaño;
porque soy yo también para el bien lento,
y audaz y presto en perseguir el daño.
Va Orlando, pues, dejando amigos ciento,
vestido hasta los pies de negro paño,
y llega a donde de África y de España
la hueste acampa en tiendas de campaña;

3 o más bien por la lluvia aquella gente
bajo árboles y toldos esparcida
anda en grupos de ocho o diez o veinte;
distante alguna, alguna más unida.
Toda dormida está bajo el relente,
sentada o en la tierra distendida,
Hartos puede matar, mas no hace nada;
porque no empuña el conde allí su espada.

4 Tal corazón encierra el noble Orlando,
que no herir al dormido tiene a norma;
y así va aquel lugar escudriñando
por ver si halla de Angélica la orma.
Si alguno halla que vele, suspirando
le figura su hábito y su forma;
y luego ruega que, si es de él sabido,
le descubra el lugar donde ella ha ido.

5 Luego que amaneció el luciente día
buscó entre los secuaces de Mahoma,
que hacerlo sin ningún temor podía
vistiendo el traje que de allí se toma;
e igualmente también contribuía
que supiese, además del franco idioma,
el árabe de modo y en tal grado
que parecía en Trípoli crïado.

6 Allí buscó y tres días se entretuvo
sin otra ocupación ni otro apetito;
villas y ciudades luego anduvo,
y no solo de Francia y su distrito,
porque en Auvernia y en Gascuña estuvo
sin que un pueblo no viese su prurito.
Buscó desde Provenza hasta Bretaña,
de Picardía al límite de España.

7 O a noviembre o a fines aún de octubre
en la estación que con violencia brusca
la ramas de los árboles descubre
de aquella prenda de color verdusca,
y el cielo de aves en bandadas cubre,
empezó Orlando la amorosa busca;
y no cesó en invierno su batida
ni al llegar luego la estación florida.

8 Pasando un día, como hacer solía,
de uno a otro país, llegó hasta un río
que separa Bretaña y Normandía,
y va hacia el mar vecino ya sin brío;
mas, henchido y violento en aquel día,
por el deshielo del pasado frío,
se había desbordado de su vaso,
roto la puente y malogrado el paso.

9 Y, cuando con los ojos estudiando
se hallaba el caballero la ribera
(pues no era ave ni pez el buen Orlando),
por ver cómo mejor cruzarla hiciera,
vio hasta él venir un bote navegando
en cuya popa una doncella era,
que dicta que hasta Orlando se navegue,
mas sin que tierra el leño a tocar llegue.

10 No toca tierra, porque no se atreve
por si es, hécholo así, de él abordada.
Le ruega él que en el batel lo lleve
a la otra margen, y ella asegurada
responde: «No ha de ser, señor, que os leve,
si no me es vuestra fe al punto dada
de hacer por ruego de quien habla guerra,
la más justa y cabal sobre la tierra.

11 »Así que si tenéis, señor, deseo
de que a la opuesta margen ahora os pase,
jurad que vos, de la palabra reo,
antes que el mes que se avecina pase,
al rey de Hibernia, como así deseo,
os uniréis con cuanta gente amase
en destrucción de aquella isla de Ebuda,
de cuantas el mar ciñe la más cruda.

12 »Debéis saber que más allá de Irlanda,
entre otras muchas, una isla hay llamada
Ebuda, a cuyo pueblo una ley manda
que robe cuanta dama sea avistada;
y una a una luego, por vïanda
a un voraz animal sea destinada,
que a su marina va siempre a una hora
donde hay doncella o dueña que devora;

13 »pues tratante o corsario los avía
de tanta dama y más cuanto es más bella.
Podéis contar así, a una por día,
cuanta ya ha muerto allí, dueña o doncella.
Si átomo en vos de compasión se cría,
si no hay lacre que a Amor vuestra alma sella,
sed contento de hallaros entre gente
que va a acabar con caso así doliente.»

14 Oírlo todo Orlando apenas pudo,
y juró ser primero en tal empresa,
como aquel que algún acto inicuo y crudo
sufrir no puede, y escuchar le pesa;
y dio en pensar, que de aquel pueblo rudo
haya podido Angélica ser presa;
pues la ha buscado con notable ardicia,
sin que haya hallado aún de ella noticia.

15 Tanto este pensamiento lo atormenta
y aparta cualquier otro pensamiento,
que con muy grande brevedad intenta
tomar barco hasta aquel reino crüento.
Y, antes que un nuevo sol ponerse sienta,
cerca de San Maló cumple su intento:
zarpa, y haciendo alzar velas sin tasa,
la noche el monte San Miguel traspasa.

16 San Brioc pasa y Triguier, y cabo a cabo
va costeando la bretona tierra,
y hacia el blanco sablón corre aquel bravo,
por la que Albión llamada fue Inglaterra;
mas cesa el viento meridión al cabo
y da entre oeste y aquilón tal guerra
que arría velas ante aquel empuje,
y deja que de popa lo rempuje.

17 Cuanto había en cuatro días avanzado
el barco, en uno solo retrocede;
y fue el piloto el que evitó acertado
que roto como vidrio en tierra quede.
El viento, que furioso había soplado
cuatro días, el quinto en fuerza cede,
y deja entrar el leño, casi inerte,
allá donde el Escalda halla la muerte.

18 Apenas lo hace el timonel cansado
y fondea el bajel con hábil mano,
cuando de una ciudad que está en el lado
diestro del río aquel, baja un anciano
de mucha edad, según muestra su estado
decrépito y tener el pelo cano,
el cual tras saludar, se vuelve a Orlando
que es al que juzga de la gente al mando.

19 De parte le rogó de una doncella
que fuese a verla, si no le era grave,
pues la habría de hallar, demás que bella,
más que ninguna al mundo afable y suave;
o bien que la esperase allí, que ella
lo vendría a buscar hasta la nave;
y que aceptase lo que nunca enante
rehúso otro alguno caballero andante;

20 pues ningún caballero que se llega
por tierra o mar a aquella embocadura,
jamás hablar a la doncella niega
y dar consejo en su cruel ventura.
Oído Orlando lo que el viejo ruega
sin dilación a verla se apresura;
y piadoso, gentil, cortés y humano
va allá adonde lo guía aquel anciano.

21 Fue hasta un palacio el paladín guiado
y halló mujer subiendo la escalera
que parecióle haber poco enlutado
según el gesto compungido viera;
y negros paños vio con que el estrado.
salas y alcobas recubierto era.
Después de recibir grato cobijo,
haciéndole sentar, la dama dijo:

22 «Sabed, gentil señor, que hija yo era
del buen conde de Holanda, y tan amada
(por más que no de hermanos careciera,
pues era yo de dos acompañada),
que cuanta cosa nimia le pidiera
jamás de mi buen padre fue negada.
Gozando yo esta dicha, un día avino
que un gentil duque a nuestra tierra vino;

23 »el de Zelanda, que marchaba a tierra
vascona a combatir el moro infido.
La beldad que la tierna edad encierra
y aquel amor por mí no antes sentido,
me cautivaron con muy poca guerra,
y aún más porque él mostró (que así he creído
y aún creo, sin creer que yerro en esto)
que igual era su amor de manfiesto.

24 »Los días que esquivó el contrario viento
contrario a los demás, a mí propicio
(cuarenta dicen, para mí un momento:
tal poder presta Amor a su artificio)
hablamos muchas veces, y de asiento
(pues a su vuelta con solemne oficio
se habló que entre los dos boda se haría)
me dio la mano él, yo a él la mía.

25 »Apenas mi Bireno fue partido
(que es este el nombre de mi fiel amante),
el rey de Frisia (que en el otro lido
de este río está, y no es distante)
pensando a su hijo darme por marido,
el único que tuvo y llamó Arbante,
a los más nobles de su estado manda
presentar a mi padre esta demanda.

26 »Yo, pues no puede ser jamás que olvide
la fe que a mi Bireno había dado,
y aun si pudiese hacerlo, Amor me impide
quererlo y ser ingrata hasta tal grado,
por arruinar la traza del que pide
tal boda y casi al fin la había llevado,
digo a mi padre que antes que tal suerte
me dé en Frisia, prefiero hallar la muerte.

27 »Mi buen padre que sólo ansiaba cuanto
yo ansiaba, y de turbarme jamás hubo,
por consolarme y dar fin a mi llanto,
sin ir a más aquel trato detuvo.
Al rey de Frisia airó tal hecho tanto
y tanto odio hacia mi padre tuvo,
que entró en Holanda y comenzó la guerra
que a mi alcurnia ha llevado bajo tierra.

28 »Porque además de ser él tan potente
que no hay en nuestra edad quien lo supera,
y astuto en hacer mal e inteligente
como ninguno que en el mundo hubiera,
arma posee que la antigua gente
(y fuera de él la nueva) nunca viera:
caña hueca, de dos metros de larga,
que de un extraño polvo y bola carga.

29 »Atrás por donde cierra, un hilo enciende
y toca una minúscula abertura,
como hace el cirujano si pretende
coser la vena al practicar la cura;
y así la bola con rumor desprende
mientras de modo tal truena y fulgura
cual rayo, y como él por donde pasa
cuanto hay rasga, destroza, abate, abrasa.

30 »Dos veces nuestro campo pone en rota
y mis hermanos, con su ingenio, acaba;
la vez primera al uno, cuando rota
la malla, en medio de él la bola clava;
la otra al otro, cuando al ver ya nota
la derrota y huirse por la nava,
lo hiere por atrás con esta arte,
pasando el proyectil de parte a parte.

31 »Defendiendo después mi padre un día
la sola plaza que le había quedado,
que todo el resto ya perdido había,
le dio muerte de un tiro despiadado;
pues mientras las defensas proveía,
yendo en ayuda de uno a otro lado,
entre los ojos el traidor le tira,
cuando lo ve de lejos en la mira.

32 »Muertos padre y hermanos y quedando
de Holanda yo como única heredera,
el rey de Frisia, ahora deseando
que este mi estado a aquel suyo se uniera,
hace llegar a mí y al pueblo bando
con que anuncia acabar la lucha fiera
si, desdiciendo lo que dije, elijo
tomar al fin como marido al hijo.

33 »No ya por odio que le tengo cierto
a él y a todo su blasón maldito,
pues padre y dos germanos me ha ya muerto
saqueado el reino, roto y aun marchito;
sino por no querer hacer gran tuerto
a aquel a quien juré que en ningún rito
jamás con otro hombre me casara,
hasta que él de España regresara;

34 »le respondí: --Si un mal padezco, ciento
quiero aún padecer y echar el resto:
ser muerta en una hoguera y que sea al viento
mi ceniza esparcida, antes que esto.--
Torcer los míos quieren este intento,
me ruegan o me pintan manifiesto
ser mejor concederle la demanda,
antes que en la ocasión destruya Holanda.

35 »Mas, viendo que era su porfía en vano
y que restaba yo siempre más dura,
pactaron del Frisón poner en mano
mi mano y cuanto mío ser figura;
y este, sin hacer acto villano,
mi vida y reino respetarles jura,
con solo que del terco gusto ceje
y hacerme esposa de su Arbante deje.

36 »Yo que en un tris me veo, entonces quiero
por no abrazar la suerte, dar la vida;
mas, si es sin que me vengue, desespero
más que de cuanta injuria antes sufrida.
Discurro, y doy por hecho verdadero
que solo es solución la que es fingida,
y finjo, no que ya no más porfíe,
más que el perdón y ser su nuera ansíe.

37 »De entre los muchos que al servicio estaban
ya de mi padre, escojo dos hermanos,
que, además de discretos, me guardaban
grande lealtad por serme tan cercanos
(como quienes de niños se crïaban
entre las mismas cariñosas manos)
que a ambos poco el acto parecía
de dar la vida por la causa mía.

38 »Comunico con ellos dos mi traza
y ellos aceptan, bien o mal acabe:
uno conmigo queda en esta plaza
otro hasta Flandes va, y prepara nave.
Y mientras una corte a la otra emplaza
a aquella boda próxima, se sabe
que Bireno en Vizcaya tiene armada
para venir a Holanda aparejada;

39 »Pues, luego que la riza culminara
donde un mi hermano fue muerto y vencido,
mande correo que a Vizcaya andara
e hiciérale este aprieto conocido;
y así, mientras se arma y se prepara,
el resto del frisón fue sometido;
y Bireno, que nada de esto sabe,
en nuestra ayuda hizo zarpar la nave.

40 »Mas, teniendo el frisón cuenta del caso,
la fiesta de la boda al hijo encarga,
y con su armada atroz le sale al paso:
halla al duque, su justo auxilio embarga,
y, sin que sepa yo de su fracaso,
lo ataca, vence y de prisiones carga.
Mientras, me caso, y quiere el otro al verme
dormir conmigo cuando el sol se duerme.

41 »Detrás de la cortina se escondía
mi fiel sirviente, que restó al acecho
hasta que vio que contra mí venía;
y, antes que Arbante se llegase al lecho,
un hacha alzó que a su cabeza guía
con golpe tan certero y tan derecho
que voz le quita y vida a un tiempo en ello;
salté tras esto yo, y abríle el cuello.

42 »Cual suele en el macelo caer el buey
cayó el desventurado, a gran pesar de
el rey Cimosco, impío hombre sin ley
(que este es el nombre del frisón cobarde);
que tras matar mi padre que era el rey
y sus dos hijos, para atar más tarde
mi estado al suyo, me tomó por nuera,
y un día tal vez la muerte dado hubiera.

43 »Tomando, antes que en esto alguien parase,
la hacienda más costosa y más liviana,
hice que el siervo al mar me descolgase
con un grueso ronzal por la ventana;
donde su hermano atento al fin me ase
sobre el bajel que en Flandes compra y gana.
Damos al viento vela, al agua remos,
y a salvo, pues Dios quiso, nos ponemos.

44 »Cuando a Holanda regresa al día siguiente,
allá donde le han hecho tanta injuria,
no sé lo que aquel rey frisón más siente,
si pena por su pérdida o si furia.
Regresaba orgulloso con su gente
de haber dado a Bireno tal penuria;
y, creyendo venir a boda y fiesta,
fue cuanta cosa halló triste y funesta.

45 »El odio contra mí y aquella cuita
por ver al hijo muerto nunca olvida;
mas, pues llorar a nadie resucita
y al odio la venganza da salida,
la parte que a llorar lo necesita,
gimiendo por aquella cara vida,
quiso juntarla al odio y que investigue
cómo me prenda y cómo me castigue.

46 »A todos de quien supo o le fue dicho
que éranme amigos y preciada prenda,
o habíanme ayudado en lo antedicho,
mató, acusó, o les quemó la hacienda.
También fue con Bireno este el capricho,
que nada hubiera más que más me ofenda;
mas pensó luego que es tenerlo vivo
cebo, para pescar, más efectivo.

47 »Y así una condición cruel y dura
propone al fin: le da plazo de un año
al fin del cual tendrá una muerte oscura,
si él antes por la fuerza o el engaño,
con cuanto sabe y puede, no procura,
con amigos o deudos, en mi daño
hacerme prisionera de él; de suerte
que sólo ha de salvarse con mi muerte.

48 »Cuanto es posible hacer y se ha podido,
si no es perder la vida, todo he hecho:
seis castillos en Flandes he vendido
y el poco o mucho que saqué del hecho,
parte en cohechar la guardia he distraído
con gente muy sagaz, mas sin provecho,
y parte en darle guerra a sus desmanes
con gran cifra de ingleses y alemanes.

49 »Mis mediadores, bien porque sea él roca
bien por no hacer su parte (que esto ignoro),
sólo promesas dan y ayuda poca;
y nada curan ya, ganado el oro.
Así el final del plazo ahora se aboca,
tras el que ya ni fuerza ni tesoro
podrán salvar a tiempo, ¡oh cruda suerte!,
a mi Bireno de segura muerte.

50 »Por él padre y hermanos he perdido;
por él mi reino está en mano extranjera;
por él la poca hacienda que insumido
no había aún, y mi sustento era,
por darle libertad he distraído.
Ya no me queda más ni hay más manera
de salvarlo que andar yo hasta su mano
y hacer que cumpla el trato este tirano.

51 »Así, pues, si hacer más ya no me resta
ni se halla a su prisión otro remedio
que dar por él esta mi vida, esta
mi vida habré de dar por justo medio.
Mas sola una inquietud aún me molesta;
y es no saber por cuál seguro medio
logre que el rey tirano, de barato,
una vez que me tenga, cumpla el trato.

52 »Sospecho que después de haberme presa,
después que por su mano horror padezca,
no deje a mi mitad libre ni ilesa,
de suerte que su vida me agradezca;
mas, perjuro, olvidando su promesa,
bastante a mí matar no le parezca,
y aquello cuanto a mí me dé, de lleno
después infrija al mísero Bireno.

53 »Y es la razón por la que el caso os cuento
y, como a vos lo cuento, cuento a cuantos
señores trae aquí fortuna o viento,
que, al declarar esta ocasión con tantos,
alguno encuentre que prometa atento
asegurar, movido por mis llantos,
que de Bireno aquel cruel no quiera
que, muerta yo, después él también muera.

54 »A muchos he rogado estarme al lado
cuando al frisón me entregue, como oferta,
y que prometan vigilar de grado
que sea el trueque así cual se concierta,
y, a par que yo me doy, sea liberado
Bireno, de tal modo que, al ser muerta,
muera feliz, sabiendo que mi muerte
libra a mi amante de correr mi suerte.

55 »Mas no he hallado hasta hoy quien me asegure
que hará cumplir la fe que el rey me ha dado;
y así, cuando me entregue a aquel, me jure,
si es que Bireno al punto no es librado,
que no consentirá que me capture:
pues temen aquella arma hasta tal grado
que juzgan que la máquina atraviesa
cualquier malla por más que sea gruesa.

56 »Si en vos es el valor como así muestra
el brazo hercúleo y el feroz semblante,
y pensáis que arrancarme vuestra diestra
pueda del rey, si me hace el rey desplante;
contento sed de que la mano vuestra
me ponga de aquel rey frisón delante,
que no temo con vos, por más que espere
morir tras mi Bireno, si al fin muere.»

57 Así acabó su cuento la doncella,
el cual interrumpió a menudo el llanto;
y Orlando, oída toda esta querella,
pues siempre asiste a quien sufrió quebranto,
no se extendió en palabras, no, con ella,
que no es su natural usarlas tanto;
mas dio palabra y prometió que haría
más favor del que entonces le pedía.

58 No tiene en mente consentir que ésta
se dé al frisón a cambio de Bireno:
a ambos salvará, si no se arresta
aquel valor del que fue siempre lleno.
Parten el mismo día a aquella gesta,
pues es el viento próspero y sereno;
que quiere el paladín, cuanto antes pueda,
ir a la isla donde el monstruo queda.

59 La vela mueve de una a otra banda
el buen piloto en aquel mar estrecho:
descubre isla tras isla de Zelanda,
buscando entre ellas el angosto estrecho.
Pone el tercer día Orlando pie en Holanda,
mas no esa a la que el rey tuerto le ha hecho,
pues quiere Orlando que deje la nave
sólo después que con Cimosco acabe.

60 Por la costa después que desembarca,
cabalga en un tordillo el caballero
flamenco aunque nacido en Dinamarca,
más grande y más fornido que ligero;
pues que dejó, cuando subió a la barca,
en Bretaña a su caro compañero,
aquel buen Bridadoro tan gallardo
que no tiene otro igual, si no es Bayardo.

61 Llega Orlando a Dordreque, y allí halla
armada mucha gente ante la puerta,
ya porque siempre, y más si empieza, se halla
todo tirano en recelosa alerta,
ya porque anuncio apresta a dar batalla
de que en escuadra de Zelanda experta
con gran copia de gente un primo viene
de aquel señor que en la prisión se tiene.

62 Ruega Orlando a un guardián que haga embajada
y diga al rey que un caballero andante
desea probar con él lanza y espada,
con pacto de que vaya por delante
que si es el rey quien vence en la jornada
la dama le dará que mató a Arbante,
que es custodiada en sitio tan cercano
que puede presto dársela en la mano;

63 mas, a su vez, quiere que el rey prometa
que, si es en la ocasión por él vencido,
ha de soltar a aquel que ahora sujeta
y permitir que vuelva sano al nido.
Presto el correo su misión completa,
mas el frisón, que nunca ha conocido
virtud ni honor, su intento pronto vira
al fraude, a la traición, a la mentira.

64 Concluye que si apresa al punto al conde
tendrá la dama que mató a su Arbante,
si es cierto que se encuentra ella donde
la guarda aquel como entendió el infante.
Treinta soldados con cautela esconde,
y saca sin ser vistos del de Anglante
por senda que, un rodeo largo dando,
lleva detrás de donde espera Orlando.

65 En tanto aquel traidor taimado echa
grandísima parola, hasta que advierte
que está la trampa que planea hecha.
Luego, con otros tantos, deja el fuerte.
Como el experto cazador estrecha
la fiera a la que sigue hasta la muerte;
como en Volano el pescador apresa
con larga red su nadadora presa;

66 del mismo modo el rey de Frisia trata
que aquel guerrero sin salida quede.
Vivo desea que con él se bata;
y cree que esto tan fácilmente puede
que aquel rayo terrestre con que mata
a tantos, esta vez no emplea adrede;
pues no lo juzga apto para empresa
que busca no matar, sino hacer presa.

67 Cual cauto cazador que deja vivo
el pájaro que prende antes su anzuelo,
a fin de hacer otro mayor cautivo
usando este pequeño de señuelo,
así Cimosco quiere a Orlando vivo,
mas no es Orlando manso pajaruelo
que se deje cazar sin gran fatiga,
y rompe el cerco, pues, que lo atosiga.

68 Y así donde más junta ve de gente
acomete el de Anglante con el asta;
y ensarta este y aquel incontinente,
y otro y otro más, cual si de pasta.
Así espetó hasta seis; que solamente
cupieron seis, y porque a más no basta,
deja al séptimo fuera tan herido
que muere, al fin, del golpe desmedido.

69 No de otro modo vemos que en la orilla
de algún canal o foso el diestro arquero
las ranas sin concierto en ristra pilla,
según lomo o costado hinque primero;
y no cambia de flecha que así anilla
si no está de ellas lleno el largo entero.
Al fin de sí la lanza Orlando arroja,
y desenvaina la tajante hoja.

70 Rota la lanza, empuña aquella espada,
aquella que jamás dio golpe errado;
y a cada golpe, o tajo o estocada,
mata cuanto hombre toca a pie o montado:
de rojo tiñe allá donde hace entrada
el blanco, el negro, el verde, el azulado.
Lamenta ahora el frisón que fuego y caña
no tenga, cuando más urge su saña.

71 Con grandes voces que le traigan presto
aquel grande artefacto en vano pide,
que aquel que a salvo en la ciudad se ha puesto,
cree que es mejor que de salir se cuide.
Al fin, pues ve que huye raudo el resto,
ponerse a salvo él también decide:
corre a la puerte y quiere alzar el puente,
más presto el conde se le pone enfrente.

72 Da media vuelta el rey y a Orlando deja
señor del puente y puertas de aquel fuerte,
y huyendo a cuantos huyen atrás deja,
por mor que su corcel corre más fuerte.
No atiende Orlando si el tropel se aleja:
quiere al felón, no a otro, dar la muerte;
mas es su percherón tan lento y grave
que asno parece, y el que huye, un ave.

73 Se pierde de la vista al poco trecho
del bravo paladín; más poco tarda,
que vuelve con el arma, pues se ha hecho
traer el fuego y la mortal bombarda;
y detrás de una roca está al acecho,
como el experto cazador aguarda
con venablo y lebrel que algún salvaje
jabato atropellando el monte baje;

74 que piedra y ramas al pasar derrumba,
y allá a do orienta su orgulloso paso,
parece que con tal fragor sucumba
la selva y se deshaga el monte al paso.
Espera, pues, Cimosco, como tumba,
cobrarle al conde, cuando llegue, el paso;
y prende en cuanto allí lo ve la mecha,
y el hierro el proyectil súbito echa.

75 Revienta por delante y manda el trueno,
detrás como relámpago fulgura;
retumba el cielo y bajo el pie el terreno,
tiembla de los muros la estructura.
El dardo ardiente que, pues no halla freno,
devasta cuanto topa, mientras dura
silba, ensordece; mas, contrario al gusto
de aquel felón, no da en el blanco justo.

76 Ya sea la prisa, o ya sea el ansia extrema
de dar a aquel rival, que a errar lo lleve;
o sea ya que el corazón, si trema,
también las manos por su miedo mueve;
o el cielo al fin, cuya bondad suprema,
veda que Orlando allí la muerte pruebe;
alcanzó el vientre del corcel el golpe,
y éste, expirando, sucumbió de golpe.

77 A tierra caen caballo y caballero,
aquel la oprime, y este apenas toca;
pues tan diestro se alza y tan ligero,
como crecido en su vivez no poca.
Como el gigante Anteo que más fiero
se alzaba tras caer en tierra o roca,
así, cuando tocó tierra, aquel noble
parece alzarse y que el vigor se doble.

78 El que haya visto cómo cae el fuego
que Júpiter desata hacia la tierra,
y cómo entra en lugar que a su sosiego
carbón y azufre con salitre encierra;
que apenas llega y toca, cuando luego,
(ardiendo casi más cielo que tierra)
mármol destroza, muro echa en el suelo,
y hace saltar las piedras hasta el cielo;

79 suponga así que, luego que cayendo
tocó la tierra, Orlando pareciera;
con tan áspero gesto y tan horrendo
que hacer temblar a Marte bien pudiera.
Y así espantado el rey frisón, volviendo
las riendas, escapar de Orlando espera,
mas el conde veloz el paso aprieta
cual no sale del arco una saeta.

80 Y aquello que no pudo con montura
hacer primero, a pie de nuevo empieza.
Tan presto va detrás y se apresura
cual galgo corredor va tras la pieza.
Lo alcanza de allí a poco, y a la altura
del yelmo alzó la espada, y la cabeza
le abrió en dos hasta el cuello, de manera
que a tierra fue a caer por vez postrera.

81 Alzar en tanto en la ciudad se siente
nuevo rumor, nuevo batir de espada;
que el primo de Bireno con la gente
que de su tierra trae en socorro armada;
pues vio tan franca entrada y tan patente,
había hecho en la ciudad entrada,
de Orlando reducida a tanto miedo,
que pudo toda recorrerla cedo.

82 En rota huye aquel pueblo sin que acierte
quién es aquella gente o qué demanda,
mas, luego que por habla y traje advierte
que son aquellas tropas de Zelanda,
pide la paz sin atender su suerte,
y dice al capitán que el campo manda
que quiere contra el frisio hacer partido,
pues preso a su señor duque ha tenido.

83 Aquel pueblo de siempre fue enemigo
del rey de Frisia y de su frisio estado,
por dar muerte al señor que había consigo
y aún más por ser injusto y desalmado.
Terció Orlando entre ambos como amigo,
haciendo paz a uno y otro lado,
y, al cabo, no quedó frisón tras eso
que no muriese o no fuese hecho preso.

84 Las puertas de prisión donde es tenido
Bireno tumban, sin buscar la llave;
y éste al paladín agradecido
muestra que cuanto allí se ha visto sabe.
Después con un cortejo amplio y nutrido
van donde aguarda Olimpia aún en la nave,
que así la dama que reinar espera
sobre aquella región, llamada era;

85 aquella por Orlando allí llevada
no con sospecha de lograrse tanto;
que le bastaba ser sacrificada
para a su esposo redimir del llanto.
Del pueblo es al entrar reverenciada.
Sería largo de contaros cuanto
se besan y acarician allí entrambos,
y las gracias que al conde dieron ambos.

86 A Olimpia el pueblo en el sitial paterno
la restituye y su lealtad le jura.
Ella a Bireno, al que con nudo eterno
la enlaza Amor con fuerte ligadura,
del estado y de sí deja el gobierno.
Y él, porque otra empresa ahora procura,
al primo como alcaide lo acomoda
de aquella plaza y de la isla toda.

87 Tomar la rota de Zelanda traza
y la consorte fiel llevar consigo,
para luego poner en claro traza
contra el reino de Frisia, su enemigo;
pues mucho le asegura el tener baza
que serle pueda de sostén y abrigo:
la hija del frisón, la cual cautiva
había hecho y preservado viva.

88 Y dice que desea que un su hermano,
que era menor que él, su esposo sea.
De allí se parte el senador romano
el día mismo que Bireno emplea.
No quiso en otra cosa poner mano,
entre tantas que obtuvo en la pelea,
sino en aquel descrito ya artefacto
que al rayo asemejaba en ruido y acto.

89 No era su intento, al recoger la pieza,
con intención de usarla en su defensa,
pues que es infame acto de vileza
tomar ventaja en toda lucha piensa:
traza arrojarlo allá do su fiereza
jamás pueda a otro hombre hacerle ofensa;
y pólvora y bodoque y todo el resto
tomó también de aquel cañón funesto.

90 Y así, ya rebasada la marea,
metido en alta mar a tanta milla
que rastro en lontananza no se otea
de la derecha ni la izquierda orilla,
lo toma y dice: «Porque no se vea
el bravo caballero con macilla,
ni cuanto el bravo tiene, igual arrojo
diga el malo tener, aquí te arrojo.

91 »A ti, oh maldito ingenio, invento indigno,
que fabricado allá en el inframundo
fuiste de manos de Satán maligno,
que por ti quiso destruir el mundo,
al antro, do saliste, te consigno.»
Y dicho así, echó el arma en el profundo.
Las velas entre tanto el viento henchía
llevando el barco rumbo a la isla impía.

92 Tanta es la impaciencia que lo anima
de conocer si allí se halla la dama
que más que al mundo entero junto estima
y sin la cual la vida odia y desama,
que si presto en Hibernia el pie no arrima,
teme hallar ocasión de nueva fama
que le haga así gemir: «Ay, triste caso
¿por qué no apreté más, viniendo, el paso?»

93 Ni escala hizo en Albión, ni hizo en Irlanda
ni quiso hacerla en el contrario lido.
Mas dejémoslo andar donde lo manda
el niño dios que el corazón le ha herido;
pues antes que esto cuente, quiero a Holanda
volver y que seáis vos también venido;
que sé que, como a mí, disgusto os diera
que aquella boda sin nosotros fuera.

94 Bella y suntuosa pudo verse
mas no tan suntuosa ni tan bella,
como en Zelanda dicen que ha de hacerse.
Mas no es mi intento que acudáis a ella,
porque otra novedad vino a oponerse
a los deseos de la fiel doncella,
de la que el otro canto os dará cuenta,
si está vuesa merced a oírlo atenta.