Oros son triunfos: 16

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Oros son triunfos - Capítulo 16 de José María de Pereda



Fuera ofender gravemente la discreción del lector, decirle en serio que ni don Serapio, ni su mujer, ni su hija sospecharon cosa de importancia en todo lo ocurrido en su presencia entre el recién casado y el recién venido; que no hallaron más de un punto de enlace entre la historia referida por César, y todo lo ocurrido después entre éste y el indiano. Pero entre una sospecha, por vehemente que sea, y la realidad tangible, hay un abismo de dudas, de reflexiones y de consuelos; y si es la necesidad lo que obliga a dudar, a reflexionar y a consolarse, el abismo es todavía mayor. A la exclamación de César al ver al indiano, se dijeron todos: «es indudable»; a las primeras palabras de don Romualdo, ya divergían los pareceres: según Enriqueta, no cabía duda; según su padre, había que ir observando; según su madre, no podía ser. Un poco más adelante, doña Sabina creía resueltamente que no; su marido, que no debían hacerse juicios a la ligera, y su hija huía de pensar en lo más malo, porque ya no tenía remedio. Cuando los tres se quedaron solos y en silencio, Enriqueta era la única que verdaderamente temblaba por lo porvenir... «si llegaban a realizarse sus sospechas»; pero en la joven había un motivo especial de alarmas y zozobras: la presencia súbita de César en la casa, que sobre mortificarle la conciencia no poco, hacía resaltar a sus ojos, en enormes proporciones, los defectos de su marido. Fuera de esto, quizá se hubiera ido consolando poco a poco con la reflexión de que hasta entonces no resultaba, real y positivo, más que un hombre muy rico, muy estimado de todos los capitalistas de la plaza, que salvaba la casa, poco antes en quiebra, y que brindaba a la familia con un porvenir de abundancia y, por consiguiente, de felicidad; reflexión que se habían hecho ya su padre y su madre.

Mientras esta gradación siguieron las reflexiones de los susodichos tres personajes de esta historia, colocados, como tres estatuas del silencio, en tres rincones de la sala, pasaba en el escritorio, entre César y don Romualdo, lo que a saber va el lector, muy en reserva, por ser asunto delicado.

Digo, pues, que no bien hubieron los dos llegado al entresuelo, se abalanzó César sobre don Romualdo, y asiéndole de las solapas de la levita, díjole en voz ronca, pero terrible:

-¡Ladrón, infame, bandido!... He corrido medio mundo por hallarte; pero yo sólo quería pedirte lo que me has robado. ¿Con qué restituyes hoy el honor que también robas a mi familia? ¿Con qué lavará ésta la ignominia de haberte admitido en su seno? ¿Qué mal espíritu te aconsejó este rumbo? ¿Qué tenías que hacer en esta tierra que jamás produjo afrentas como tú?

-Poco a poco, caballerito -respondió el apostrofado trocando la melosidad del acento americano con que le conocimos, por otro más brusco y un tanto siniestro-; y entienda, por de pronto, que a mí no me asustan bravos. Quiero decir, que se haga dos pasos atrás y tome el asunto más en calma, si hemos de entendernos.

-¿Qué inteligencia puede caber entre un miserable y un hombre honrado? -dijo César alejando de sí con un empellón a don Romualdo, que recibió la agresión con la mayor frescura, limitándose a contestar:

-Pues es preciso que nos entendamos, y nos entenderemos.

-¡Jamás!

-Vaya, joven, un poquito de calma, y concluimos en dos palabras. Empiezo por declarar que le soy a usted deudor de treinta mil pesos, y hasta le añadiré que maldita la falta me hacían cuando se los tomé.

-¡Infame!

-Es la verdad, créame o no me crea. Con la irreflexión propia de la edad, se confiaba usted demasiado al primero que quería escucharle, y sin poderlo remediar supe yo de sus mismos labios una vez que lo que usted tenía, lo que usted anhelaba y lo que le prometían desde la Habana en punto a ocasiones de prosperar; después cayó en mis manos una de estas cartas, que sin duda se olvidó usted bajo la mesa del café a que concurría. Dibujo bastante bien; tentóme el demonio y escribí otras dos con la misma letra, aunque con distinto asunto; hice que pusieran la una en el correo en la Habana, y quedéme yo con la otra para entregársela a usted a la mano.

-¡Y lo confiesa el bribón, sin avergonzarse!

-¡Qué quiere usted! soy ingenuo por naturaleza.

-Pero ¿cómo pude yo nunca contarte entre las personas de mi confianza?

-Ocupando yo la mesa contigua a la en que ustedes hablaban.

-Y ¿cómo te desconocí cuando fuiste a robarme, bandido?

-Y, ¿cómo se imagina usted que un hombre como yo, que se precia de esmerado y fino, había de ir a tratar de negocios importantes con una persona decente, en el mismo traje que usaba en el café, y sin afeitarse la barba, teñirse las canas y dar a su cuerpo y a su voz cierto aire de distinción?... Pero dejando aparte todos estos y otros pormenores que no tienen otro objeto que demostrar a usted que no siempre el agravio es culpa del agresor, sino de las tentaciones que le ofrece el agraviado, declárole a usted también que en aquella fecha sólo apetecía yo la estimación de los hombres honrados, y me ocupaba en elegir un punto de la tierra donde pasar el resto de mi vida reparando algunas faltillas viejas a fuerza de beneficios. El éxito de aquel negocio trastornó por entonces mis proyectos; viajé algún tiempo sin rumbo fijo, y sabiendo por informes que en este rincón del globo se consagraba al dinero un culto fanático, víneme a habitar en él. ¡Mal podía yo sospechar que era la patria de usted! Fui recibido como un príncipe en su corte; mis lujos y mis dispendios eran la admiración de todos. Solicitáronme los ricos y me adoraron los pobres. Traté a los unos y a los otros, y conocí por primera vez el placer inmenso de ser estimado en las sociedades honradas y de enjugar las lágrimas con beneficios.

-Sin embargo, cometiste todavía el crimen de deshonrar una de esas familias entrando a formar parte de ella.

-Todas las del pueblo se disputaron esa deshonra. La única mujer que se mostró esquiva a mis galanteos, fue Enriqueta. Por eso la solicité. Dije lo que era, no me preguntaron lo que había sido... Y me casé. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho otro tanto.

César sintió estas palabras como fuego que le inflamara el rostro y acero que le traspasara el corazón: eran la evidente prueba de la deslealtad y loca ambición de su prima, de la repugnante sed de oro de su madre, y de la ya criminal falta de carácter de su padre.

-Cuando me hallé en frente de usted -prosiguió don Romualdo-, creí que un abismo me tragaba.

-¡La conciencia que te mordía, miserable!

-Nada de eso. Creí que usted, dejándose llevar de su ira, iba a descubrirlo todo...

-Ese debió ser tu primer castigo, antes de entregarte a los tribunales de justicia. Pero ¿cómo castigarte a ti sin cubrir de afrenta a mi familia?

-Esa reflexión me hice yo al momento.

-Y esa te ha salvado, infame.

-Lo cual no impide que yo agradezca mucho esos miramientos, pues sin ellos se hubiera producido un escándalo inútil.

-¡Inútil!

-Sí, porque estando yo dispuesto desde luego a reconocer la deuda, y siendo imposible desatar lo que ató el cura esta mañana, ¿a qué conduciría el escándalo?

-¡A desenmascararte; a que la justicia te castigara!

-Tampoco se conseguiría eso. Romualdo Esquilmo no tiene nada que ver con Cleofás Araña.

-Ni éste con el mallorquín de California, ni con el salteador de conductas. ¿No es eso?

-Muy enterado está usted de ciertas aventuras -dijo el bribón con la mayor serenidad-. Pero con ellas y todo, insisto en lo dicho, y añado que pude impunemente resistirme a reconocer la deuda, pues carece usted de comprobantes.

-¡Los tengo!

-De don Cleofás Araña, no de don Romualdo Esquilmo; y tampoco estamos en Méjico ahora.

-¿Es decir, que todo lo has previsto?

-Naturalmente. Pero ya ve usted que no abuso de mis ventajas. Al contrario, reconozco, como ya he dicho, la deuda y quiero pagarla ahora mismo, hasta con el premio que merezca la delicadeza que le inspiró la idea de desconocerme delante de mi nueva familia... Porque no quiero ocultárselo a usted, créame o no me crea: desde que frecuento esta casa, parece que mi alma se ha purificado; me encuentro con fuerzas para ser bueno, y aspiro a serio, y lo seré. Por eso temblaba cuando temí que usted se dejara llevar de su primer arrebato; por eso bendigo los miramientos que lo impidieron; por eso, en fin, le ruego, aunque sea de rodillas, que acepte... lo que le debo, y me deje seguir en paz el camino de las reparaciones, y tal vez de la felicidad, que he emprendido.

-El dinero que se roba no puede hacer nunca la felicidad del ladrón.

-Se roba de mil maneras, señor mío; y ladrones conozco yo muy felices y muy respetados. El comercio, la industria y hasta la política, están llenos de ellos. Verdad es que roban a mansalva.

-Ladrones son al cabo.

-Y reconocidos por tales, lo cual no obsta para que se les cargue de cruces y veneras. Sin embargo, todavía les llevo yo la ventaja de reconocer las deudas y pagarlas, como la de usted.

-Y si las pagaras todas, ¿qué te quedaría, bandido?

-Mucho, señor don César; porque yo soy inmensamente rico, y, créame usted, no todo es mal adquirido.

-Eso, a Dios que te conoce. En cuanto a lo que a mí me robaste, entiéndelo de una vez, lo quiero y te lo exijo a todo trance; lo que no quiero es que, al recibirlo yo, crea nadie que se me da una limosna.

-Hay un modo muy fácil de conseguirlo, y por eso quise que nos viéramos a solas. Cuando subamos al piso, diré que no he podido convencerle a usted; pero entre tanto, le entrego aquí, de mano a mano, su caudal.

Dijo don Romualdo, y sacando de un bolsillo interior de su levita una cartera enorme, la abrió. Estaba llena de billetes del Banco de Londres.

-Yo voy siempre bien provisto -prosiguió-, por lo que pueda tronar; y amén de lo que todo el mundo puede ver en la cartera que guardo en otro bolsillo, llevo en esta otra un caudal de consideración en papel, que es moneda corriente en medio mundo.

Contó luego hasta treinta y cinco mil duros, y se los entregó a César diciéndole:

-Ahí está mi deuda con réditos y todo.

Pero César retiró los cinco mil, recogió lo restante.

-Esto es lo mío, -dijo examinando los billetes uno a uno.

-¡Oh! no son falsos: puede usted tomarlos con toda confianza.

-La tengo porque los conozco, no por la garantía que me ofrece con su palabra el ladrón que me los devuelve.

Después sacó el resguardo que conservaba de la misma cantidad, extendido y firmado por don Cleofás Araña, y se lo entregó a don Romualdo.

-Ese es el comprobante de tu delito.

-Del de Cleofás Araña, dirá usted.

-Tanto monta.

-Hay, sin embargo, del uno al otro, treinta mil duros de diferencia en favor de usted.

-Pero no hay más que un solo ladrón, que es el que desgraciadamente ha caído en mis manos.

-¡Desgraciadamente!... No comprendo...

-Porque villanos como tú no pueden concebir que un hombre honrado prefiera el ignorar toda la vida el paradero de quien le hubiere robado su fortuna, a encontrarle como yo te encuentro a ti.

-Muy afortunadamente, por cierto.

-Pero deshonrando a mi familia y sin poder castigarte.

-Creo -dijo el aludido, como si empezara a formalizarse, y quemando al mismo tiempo con una cerilla el papel que le entregó César-, que hemos concluido nuestro pleito. Le debía a usted, le pago, y estamos en paz. Por lo que hace a mi conciencia, dejémosla en su puesto, como la de cada uno; y pues ya le di amplias satisfacciones en lo que le competía, cese de meterse en lo que no le importa y corre de mi sola cuenta.

César, al oír esto, maldijo de nuevo a la casualidad que ataba sus brazos y su lengua.

-No es tuya toda la culpa de esta afrenta -dijo con amargura-, y eso te salva. ¡Que salve Dios de ella a los que la aceptan por un puñado de oro!

Y esto dicho, encaminóse a la escalera, siguiéndole don Romualdo al instante.

Al llegar al piso donde esperaba la familia en la misma postura en que había quedado al bajar ellos, dijo el flamante marido en el tono más jacarandoso y americano que pudo:

-Pues, señor, este chico es una virtud de bronce.

-Luego ¿no se ha convencido? -preguntó don Serapio.

-No, señor -contestó César de la manera más rotunda-; y como tampoco quiero que vuelva a suscitarse la ridícula porfía de que yo reciba una limosna, y tengo mucho que hacer, porque salgo para Madrid mañana de madrugada, vuélvome al vapor a recoger mi equipaje, y me despido de ustedes reiterándoles mis felicitaciones.

Dio después un abrazo a su tío; saludó a los restantes personajes con una fría reverencia, y salió.

Don Romualdo comenzó entonces a pintar a su modo la entereza del joven; y mientras doña Sabina le acosaba a preguntas y escuchaba las respuestas don Serapio, deslizóse Enriqueta como una sombra y cerró el paso a su primo, cerca ya de la escalera.

-César -le dijo con ansia-, ¿qué pasa aquí?

-¿Y me lo preguntas a mí, ingrata?

-¡Ingrata! eso no, César; y para probártelo, escúchame un instante. Yo te esperaba siempre; tú no venías; se presentó ese hombre; me repugnó; la casa de tu tío estaba a punto de arruinarse; me puso mamá en la necesidad de elegir entre esta ruina o aceptar la mano del que podía salvar de la miseria a toda la familia;... sin más reflexión, cedí ofuscada... ¡César, todo esto me parece un sueño! Pero...

-Ni una palabra más, Enriqueta -exclamó César conteniendo a su prima y mirándola con elocuente fijeza-. En la situación en que te hallo, sólo a Dios, que conoce tu corazón, cumple juzgarte. Que Él te juzgue, pues; y si lo mereces, te castigue con aquello mismo que, sólo bajo su omnipotencia, puede hacer tu felicidad.

Entre tanto, si lo que te pasa te parece, como dices, un sueño, pide al cielo que jamás despiertes.

Dijo, abrió la puerta de la escalera y desapareció por ella.


Capítulo 16