Oros son triunfos: 4

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



No es difícil imaginarse la situación de ánimo en que se encontraría César después del diálogo, que ya conocemos, con su prima. Veinte años, rosas y tomillo por ilusiones, y un corazón que, a la edad en que otros estallan al contacto de vulgares desengaños y prosaicas realidades, encuentra en otro, también puro, también virgen, eco dulce y tierna correspondencia para todas sus impresiones y para todos sus más sublimes anhelos. Huérfano sin más porvenir en el mundo que la caridad de su tío, y en una época de la vida en que sentando ya muy mal el trompo en su mano, todavía no caía bien en su cuerpo la librea de los hombres formales, era dueño, absoluto dueño del misterioso impulso de las primeras emociones de un alma como la de Enriqueta, cuyos raros atractivos, como los rayos del sol, nadie ponía en duda. Figurábase que todos los ángeles del cielo habían bajado a buscarle y a buscar a Enriqueta, y que, después de colocar a los dos sobre nubes de nácar y arreboles, los mecían en el espacio sin límites, lejos, muy lejos de la tierra miserable, hasta darles por morada venturosa región de perpetua primavera, en la cual correrían sus vidas sin término y sin dolores.

Por tales alturas andaba la imaginación del pobre mozo cuando entró en su cuarto doña Sabina, punzante la mirada, airado el continente y violento el paso.

De un solo brinco puede decirse que descendió de su risueño paraíso tan pronto como vio a su lado aquella serpiente, y desde luego creyó que semejante nube no podía menos de aparecerse para tapar el cielo de color de rosa en cuyos horizontes sin medida acababa de perderse su alma enamorada.

-Escúchame, César, y advierte que yo no hablo nunca en broma, -dijo doña Sabina por todo saludo y en ademán airado.

-Diga usted, señora -contestó el joven, aturdido y trémulo, dando por seguro que su conversación con Enriqueta había sido oída por alguien más que ellos dos y los angelitos del cielo.

-Vivías pobre y miserable al lado de tu madre hambrienta.

-Lo sé, tía; y tampoco ignoro que la pobreza no es deshonra.

-Y ¿qué entiendes tú de eso, mentecato?... Repito que vivías pobre y hambriento en el último rincón de una aldea.

-Y yo insisto en que no lo he olvidado, y no me avergüenzo de recordarlo.

-Añado que tu madre vivía a expensas de una limosna que le pasaba tu tío.

-Mi madre ha muerto ya, señora -replicó César llorando de indignación y de pena-, y no recuerdo que en vida la ofendiera a usted jamás.

-¿Y por ventura la ofendo yo ahora en algo?... ¡Ha visto usted, las almas tiernas! -recalcó la víbora con una sorna verdaderamente inhumana-. Ea, límpiese usted los mocos y escuche con el respeto que me debe.

-Ya escucho, señora, -dijo César conteniendo mal su emoción.

-Compadecidos de tanta miseria -prosiguió la implacable mujer-, te trajimos a nuestro lado, te dimos generoso albergue y te colocamos a las puertas de un brillante porvenir.

-Nunca he dejado de agradecerlo: bien lo sabe Dios.

-¡Mucho!

-¿Lo duda usted?

-No lo dudo, lo niego.

-¡Pero, tía!

-Lo dicho, señor sobrino.

-¡Yo ingrato!

-Tú, sí. Ingrato es, y de la peor especie, el que paga los favores con agravios.

-¡También eso, señora!... ¿Es posible que yo haya podido agraviar a ustedes?

-Te repito que sí.

-Pero, ¿cómo?

-¿Cómo? Por de pronto, soliviantando el inocente corazón de tu prima.

-¡No es cierto eso!

-¡Mocosuelo! ¿Aún te atreves a desmentirme?

-Y ¿por qué he de confesar una falta tan grave si no la he cometido?

-Porque la cometiste. ¿Negarás que hay entre esa chiquilla sin experiencia y tú, cierta?... No quiero decirlo, porque me indigna; pero ya me comprendes.

-Cierta simpatía. ¿No es eso lo que usted quiere dar a entender?

-Y ¿cómo se adquieren esas «ciertas simpatías»?

-Eso es lo que yo no sé.

-¿Y nunca trataste de preguntárselo a tu prima?

Estas palabras hicieron bajar a César los ojos avergonzado. Jamás se le había ocurrido al sencillo muchacho que fuera un delito hablar de esas cosas con Enriqueta.

Doña Sabina aprovechó la ocasión que le ofrecía la actitud de delincuente de su sobrino, para continuar con más dureza sus apóstrofes.

-Y el acudir a tu prima con semejantes conversaciones, ¿no era tanto como tratar de interesarla en tus atrevidos propósitos?

-Le juro a usted, tía, que no comprendo lo que eso quiere decir.

-¡Miren el hipócrita!... ¡Si querrá también que le regale yo el oído!... ¿Cuándo pudiste soñar que la hija de su madre llegara jamás a ser la señora de un piojoso como tú?

Al oír este brutal apóstrofe creyó el pundonoroso muchacho que el corazón se le partía en pedazos; sintió como hielo fundido que circulaba con su sangre, y hasta cayó en la cuenta de que su tía hablaba llena de razón. ¿Qué títulos tenía él, ciertamente, para ocupar todo un corazón como el de Enriqueta? Antes de aventurar confianzas como las que había depositado en su prima; antes de prestar oídos a las palabras de ésta; antes, en fin, de dar fomento a ningún género de ilusiones como las que él se había forjado, debió considerar su pequeñez, su procedencia y su oscuro porvenir. Creyó de buena fe que su tía le apostrofaba llena de razón, y no teniendo valor ni para disculparse, echóse a llorar con todo el desconsuelo propio de un niño, como, no obstante la edad, era él todavía.

-Bueno es el arrepentimiento -díjole entonces doña Sabina aparentando mostrarse más blanda-; pero eso no basta en este caso: se necesita mucho más. Y no vayas a creer que yo doy importancia a esas niñerías porque me proponga corregirlas a tiempo, como es deber mío. Por de pronto, no creo conveniente que, después de la formalidad que tu prima y tú habéis dado a ese juego, sigáis habitando la misma casa.

-Con lo que usted me ha dicho antes -contestó entre sollozos el maltratado chico-, hay más de lo suficiente para comprender que no debo vivir ya en esta casa, aunque fuera de ella me faltara pan que llevar a la boca.

-Bien; pero como de nada serviría que trocaras esta casa por otra si seguías frecuentando el escritorio...

-¿Pues de qué se trata entonces? -preguntó César aterrado.

-Tranquilízate, que no se te arrojará a la calle para que te recoja la caridad pública. Irás fuera de aquí, pero bien recomendado y adonde en poco tiempo puedas, con honradez y trabajo, crearte una posición.

-¿Y qué país del mundo es ése? -preguntó el atribulado joven, pálido como la cera.

-Por ejemplo... América, -respondió la despiadada mujer, estudiando en su sobrino el efecto de sus palabras.

Y mientras éste buscaba un punto de apoyo con su mano para sostenerse de pie, tras una breve pausa, durante la cual los ojos suplieron con ventajas a la lengua, concluyó su tía con estas palabras que no admitían réplica:

-Conque ve disponiéndote para el viaje, porque estamos resueltos a que le emprendas en el primer buque que salga del puerto para la Habana.

Tras esto y una mirada rencorosa y torcida, salió de la habitación dejando a su infeliz sobrino en el estado que puede figurarse el pío lector.

Del cuarto de César pasó como un chubasco al de Enriqueta, a quien habló del propio asunto y con la misma bondad que había usado con su primo. La pobre chica tampoco tuvo valor para disculparse. A las primeras palabras de su madre cayó vencida, como débil arbusto a los embates del huracán. Pintóle hasta como pecado mortal su debilidad de corresponder al afecto profano de su primo, y lo creyó; pero no dejó por eso de recibir como una puñalada la noticia de que César iba a abandonar aquella casa, y hasta la patria, acaso para siempre.

Terminado este segundo sacrificio, doña Sabina corrió al lado de su marido, que continuaba paseándose meditabundo.

-Todo está ya arreglado -le dijo muy satisfecha- César comprende la situación de las cosas y quiere marcharse a América cuanto antes. Conque ocúpate desde mañana en preparar su viaje.

-¿Y Enriqueta? -preguntó don Serapio sin dejar su paseo y sin mirar a su mujer.

-Enriqueta -contestó con desgarro doña Sabina-, es una chiquilla con quien no se consultan ciertas cosas: se le mandan y nada más. Está enterada y conforme; y esto te excusa de hablar una sola palabra con el uno y con la otra.

-Corriente -dijo don Serapio siguiendo su paseo. En seguida se detuvo, y mirando con fijeza a su señora, exclamó: -Pero vuelvo a repetirte que dejo a tu conciencia toda la responsabilidad de este acto.

Y volvió a pasearse, creyendo sin duda que con esto había dicho bastante y hecho cuanto le correspondía.

Doña Sabina entonces miró a su marido con despreciativo gesto.

-¡Majadero! -murmuró entre dientes, volviéndole la espalda.

En seguida tomó el rumbo de su gabinete, tan tranquila y tan serena como aparece el mar después de haber hundido en sus abismos cuanto halló al alcance de su furia desenfrenada.