Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/77

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diatamente los ojos, y murmuró con voz apenas inteligible:

— ¿Porqué.... no me dejan .... en paz?... ¡Abrirme los.... ojos!

Luego volvió á permanecer silenciosa. Dos horas despues su rostro se contrajo, sus ojos se abrieron de nuevo y un ronquido se escapó de su pecho. Despues.... silencio! Los párpados entornados dejaron ver sus ojos vidriosos. Habia muerto ....

D. Miguel se arrojó sollozando en brazos de su hija.

— Eugenia! .... rugió, mordiendo el pañuelo.

— Madre mía, suspiró Manuela cayendo de rodillas ante el lecho, anonadada por su desgracia inmensa.

Luego el silencio de la muerte volvió á reinar en la habitacion.