Página:Anton Chejov - Historia de mi vida - Los campesinos.djvu/340

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—Diga usted, Danilo Semenich, ¿cuánto gana usted al día?

—Según. A veces gano hasta tres rublos, y hay días en que no gano nada. Hay buenos y malos días... En fin; en estos tiempos, nuestro oficio no vale nada. Los cocheros son demasiado numerosos, el heno cuesta caro, y los clientes, por su parte, prefieren tomar el tranvía a tomar un coche.. No se pueden hacer grandes negocios con clientes así. Pero, en fin, yo no me quejo; a Dios gracias, estoy alimentado, vestido, y tengo cuanto necesito.

Dirigiéndole una mirada a la cocinera, añadió:

—Hasta podría hacer feliz a otra persona... si no me rechazara.

Gricha no oyó la continuación del diálogo, porque, en aquel momento, apareció su mamá y lo echó.

—¡Vete a tu cuarto! No tienes nada que hacer aquí.

Obedeció. Cuando estuvo en su cuarto, abrió un libro de estampas; pero no podía leer: todo lo que acababa de ver y de oír le había dejado perplejo.

Había oído a mamá decir a papá que la cocinera se casaba. ¡Era una cosa tan extraña! No acertaba a explicarse por qué se casaba, ni por qué se casa la gente, en general. Papá, se había casado con mamá; la prima Vera, con Pablo Andreyevich. Aun concebía que existiese quien pudiera casarse con papá o con Pablo Andreyevich, que vestían muy bien, llevaban siempre las botas brillantes, y tenían gruesas cadenas de oro. Pero casarse con aquel terrible cochero que tenía la nariz roja, que iba mal vesti-