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la ciudad encantada de los césares

a cargo de dos capitanes cuyos nombres no se han perdido todavía en el oleaje de la historia, semejante al del mar, en que todo se consume como en los abismos.

Era uno de esos navegantes, súbditos i lugar tenientes de un obispo mediterráneo de la Península, Juan de Rivera, que en otra ocasion hemos contado fué el primer español que aportó a Chile despues de Almagro e hizo a nuestro territorio, desde la bahía de Arauco, donde echó anclas en 1540, el canje de los pericotes europeos que, en seguida, asolaron el pais, en cambio de un hermoso chilihueque o carnero de la tierra que le regalaron los sencillos naturales. De aquí vino que la estensa bahía en que hoi yacen Arauco, Lota i Coronel, se llamase por varios siglos la Bahía del Carnero.

Pasó su camino hácia el norte el capitan del obispo de Palencia, perdido de su derrota a las Molucas, i habiendo logrado tomar abrigo en el Callao con su barco desmantelado, le acojieron con el agasajo debido a su azaroso viaje, guardando como reliquia el palo mayor de su esquife, en memoria de haber sido aquel el primer bajel de España que penetrara en el Pacifico por el Mar de Sur, caso que cuenta en su curiosa Historia de las Indias, el jesuita Acosta, que a la sazon residía en Lima.