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la ciudad encantada de los césares

iba a bordo con el nombre de «aventureros,» i veinte i tres mujeres casadas.

Con la tablazon del buque i su velámen formó Sebastian de Arguello en la fríjida playa del Estrecho, hácia el 50° i 15' de latitud sur, un improvisado campamento, i púsose a esperar el socorro que le debia su camarada, rezagado en la navegacion.

Pasó, en efecto, a pocos dias la caravela de Juan de Rivera a la vista de los náufragos, pero como pasó el barco de guerra Amethyste delante de las infelices víctimas del Eten, sin tomar para nada en cuenta su angustiosa situacion... Juan de Rivera se acordó que no tenia víveres sino para su jente, i siguió al largo, dejando a su camarada sumerjido en el mas horrible de los cautiverios,—en el desierto ignoto, después del naufrajio sin socorro.

Pero Sebastian de Arguello no era hombre que se dejaba morir por los contrastes, cual era el ordinario temple de los hombres singulares que hicieron el descubrimiento i la conquista de las Indias.

Entró en tratos con las tribus vecinas i ajustó paz, comercio i vida comun con los mansos patagones, que hoi son i no son nuestros paisanos.... Pasó allí una larga temporada, i logró despachar un aviso en una embarcacion abierta que allí la-