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la ciudad encantada de los césares

Las expediciones de Hernando de Arias desde Buenos Aires, i de don Lope de Ulloa, para el descubrimiento i socorro de los Césares, no habian adelantado sino en la vaguedad comun a todas las imposturas. Cabrera habia dado la vuelta de regreso con la pérdida de su mejor «caballo ensillado,» García Tao con una noticia de «pellones.» ¿Serian los indios vestidos con los pellones del jeneral de Córdoba lo que los pescadores de Allana llamaban Césares? O eran simplemente los bárbaros nómades i cazadores del interior de la Patagonia, que visten todavía sus pintorescas capas o pellones de cuero de guanaco?

Tenia esto lugar, entretanto, medio siglo cabal despues del perjurio del andaluz de Niebla, i no se divisaba horizonte por donde pudiera allanarse aquella duda que tan vivamente preocuba los ánimos en la redondez de las Indias i de España. La jente continuaba creyendo, como en un misterio de fe en la existencia de aquellas ciudades, i las informaciones recojidas, léjos de desalentar a los mas exaltados Cesaristas, habíanles comunicado nuevos brios para su romántica propaganda.