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la ciudad encantada de los césares

Un punto oscuro quedaba, sin embargo, ademas de el de la exacta posicion jeográfica de los Césares, cual era su taima i su inquebrantable resolucion de no salir de su solitaria madriguera en demanda i amistad de los cristianos, cuya vecindad no podian ignorar. En este particular, los Césares, dignos de su altivo nombre, se manifestaban inexorables.—No querian mantener trato alguno con los indios por viles, i tal vez con los españoles por ingratos. Es lo cierto que en cierta garganta estrecha de la península que habian fortificado, tenian constantemente un centinela, que de dia i de noche impedia a los estranjeros se acercasen a aquella nueva ciudad de Troya.—«En este sitio—decia el capitán Pinuer en su declaracion jurada con todas las veras de su alma—ponen los españoles una espada con zapatos: los indios la quitan i ponen un machete: los españoles ponen una cruz: vienen los indios, quitan la cruz i ponen una lanza toda de palo».

I así, jugando, a medianoche, esta especie de gran boneton, como honestos niños, pasaban los españoles los años i los siglos sin querer ponerse al habla ni con los indíjenas ni con los indios Césares, los antiguos viracochas de que habian sido tan buenos amigos Pedro de Oviedo i don Silvestre de