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LAS BELDADES DE MI TIEMPO

de unas a otras, no llegando nunca, los colores de la paleta ni el blanco marmol a dar una reproducción perfecta de aquellos rostros encantadores, cuyo recuerdo usted evoca. Diohosos los centros que pueden contar con hombres dotados como Vd. del sentimiento perfecto de la estética! Ellos llevan en si el mas rico tesoro que pueda encerrar el taller del artista consumado. Una vez el sentimiento percibido, éste se perpetúa y aquellas lineas purisimas, aquellas facciones correctas, aquella expresión divina que formo el rostro de Las bellezas de mi tiempo, sobrevivirá eternamente, a pesar de los años y la muerte! Vd. ha notado solamente los astros de primera magnitud de nuestro cielo, los unos ya apagados, otros en la decadencia, lanzando débiles destellos en su marcha, para reaparecer en otras constelaciones, a veces en un orden inferior. Agustina Rosas, Avelina Sáenz Valiente, tantas otras que a las gracias del rostro unian aquello de ser "muy instruida en achaques de saber", verdaderos astros que siguen todavia enviándonos su luz, la que vive en nosotros, nos ilumina y la trasmitimos como la mas noble herencia del ideal. A usted, amigo mio, le estaba reservado percibir esa luz negada a tantos, y ella debe ser la que lo guia a las regiones puras, en que su espiritu se mece y cuyos destellos nos llegan hasta nosotras.

Y no ha de faltar algún zonzo, que diga: — Vean a Calzadilla, entusiasmandose con la, belleza de la mujer, él, que solo se entusiasma con "los almuerzos de tenedor" que ofrece uno de sus mas generosos amigos, o las comidas del hotel del Tigre. Déjelo no mas decir, que nosotras las de su tiempo sabemos que usted ha sido siempre sensible al arte bajo toda forma, y que nadie ha, tocado en el mismo repertorio de Thalberg Como usted. ¡Digales a esos que toquen aquel famoso andante! Las variaciones sobre la “Shamira”, “Hugonotes", “Don Pascuale” ¡usted me ha hecho feliz! En esta época calamitosa por que atravesaumos al despertar de un sueño turbado por la idea dominante, y que parece estar en la atmósfera misma de una conjuración, de una revolución a estallar; en que un carro parando bajo nuestro balcón nos hace sentar en la cama Y dar voces porque nos parece ser el ruido de un cañón; en que todavia medio dormida pedimos a la sirvienta La Nación para leer las noticias, imaginese usted qué consuelo, qué balsamo experimentaria el domingo proximo pasado al encontrar en la interesante