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IV
LA NOCHE.
A Miguel Bolaños Cacho.


Su cabellera de ébano desata
sobre los montes la apacible diosa
y en el palio del cielo, temblorosa,
prende luceros pálidos de plata.
 
Yace todo en letargo; se recata
al ósculo del céfiro la rosa,
y en calma tan solemne y religiosa
desgrana su rondel la serenata.

En el limpio cristal de la laguna
hay serpenteo rápido y luciente,
astro tras astro al reventar el broche.
 
¡Mirad: parece al asomar la luna,
como un nimbo de luz sobre la frente
obscura y pensativa de la Noche!

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