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cap.
darwin: viaje del «beagle»

le quité de en medio.» Al cabo de una semana el asesino estaba en libertad. Esto, a no dudarlo, fué obra de los partidarios del general y no del general mismo.

En la conversación es vehemente, sensato y muy grave. Su gravedad rebasa los límites ordinarios; a uno de sus dicharacheros bufones (pues tiene dos, a usanza de los barones de la Edad Media) le oí referir la siguiente anécdota: «Una vez me entró comezón de oír cierta pieza de música, por lo que fui a pedirle permiso al general dos o tres veces; pero me contestó: «¡Anda a tus quehaceres, que estoy ocupado!» Volví otra vez, y entonces me dijo: «Si vuelves, te castigaré.» Insistí en pedir el permiso, y al verme se echó a reír. Sin aguardar salí corriendo de la tienda, pero era demasiado tarde, pues mandó a dos soldados que me cogieran y me pusieran en estacas. Supliqué por todos los santos de la corte celestial que me soltaran, pero de nada me sirvió; cuando el general se ríe no perdona a nadie, sano o cuerdo.» El buen hombre ponía una cara lastimosa al solo recuerdo del tormento de las estacas. Es un castigo severísimo; se clavan en tierra cuatro postes, y, atada a ellos la víctima por los brazos, y las piernas tendidas horizontalmente, se le deja permanecer así por varias horas. La idea está evidentemente tomada del procedimiento usado para secar las pieles. Mi entrevista terminó sin una sonrisa, y obtuve un pasaporte con una orden para las postas del gobierno, que me facilitó del modo más atento y cortés.

A la mañana siguiente partimos para Bahía Blanca, donde llegamos en dos días. Al salir del campamento regular pasamos junto a los toldos de los indios. Son unas chozas redondas como los hornos, cubiertas con pieles; a la entrada de cada una se yergue un chuzo puntiagudo clavado en tierra. Los toldos están divididos en grupos separados, que pertenecían a tribus de distintos caciques, y los grupos se dividían de nue-