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cap.
darwin: viaje del «beagle»

ba anclar distaba 25 millas, obtuve del comandante un guía y caballos que me llevaran a ver si había llegado. Dejando el llano de verde césped que se extiende a lo largo de la corriente de un arroyuelo, entramos pronto en una dilatada planicie que se componía, ya de arena, ya de pantanos salinos, ya de barrizales sin una hierba. Ciertos puntos estaban cubiertos de matorral bajo, y otros de esas plantas crasas que sólo crecen exuberantes donde abunda la sal. A pesar de ser tan malo el terreno abundaban en él los avestruces, ciervos, agutís y armadillos. Mi guía me contó que dos meses antes se había visto en grandísimo riesgo de perder la vida: ocurriósele salir a cazar con otros dos compañeros a no mucha distancia de esta parte del país, cuando de pronto se vieron acometidos por una partida de indios, que, emprendiendo su persecución, alcanzaron y dieron muerte muy pronto a sus dos amigos. El mismo caballo que montaba el narrador quedó cogido y trabado por las bolas, pero el jinete se apeó de un salto y le dejó libre cortándolas con el cuchillo; entretanto tuvo que escabullirse de un lado a otro alrededor del caballo, no sin recibir dos grandes heridas de los chuzos enemigos. Saltando en la silla consiguió, con esfuerzo supremo, tomar la delantera a las largas picas de sus perseguidores, que le dieron caza hasta llegar a la vista del fuerte. Desde entonces se mandó que nadie se alejara del recinto fortificado mas que a distancias muy limitadas. De todo esto yo no sabía nada cuando partimos; de modo que no fué pequeña mi sorpresa al observar la cautelosa atención con que mi guía espiaba los movimientos de un ciervo que parecía asustarse de algún objeto distante.


Nos encontramos con que el Beagle no había llegado, y en vista de ello resolvimos volver; pero habiéndose cansado en breve los caballos, nos vimos obligados a vivaquear en el llano. Por la mañana cazamos un