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cap.
darwin: viaje del «beagle»

arbolado, formaban un cuadro de sosegado retiro. Al siguiente día (20) avanzamos con nuestra pequeña flota, y llegamos a una región más habitada. Pocos de los naturales, o ninguno, debian de haber visto en la vida a un hombre blanco; y su asombro superó a todo lo imaginable al aparecer los cuatro botes. Empezaron a brillar hogueras en una infinidad de puntos (de aquí el nombre de Tierra del Fuego), tanto para llamar la atención, como para difundir las nuevas por todas partes. Hubo salvajes que vinieron corriendo por la costa desde varias millas de distancia. Jamás se borrará de mi memoria el aspecto salvaje y bravío que presentaba uno de los grupos; de improviso llegaron cuatro o cinco hombres al borde de un acantilado a plomo que avanzaba sobre el mar; estaban enteramente desnudos, y sus largas cabelleras les caían en desordenadas guedejas sobre el rostro; empuñaban clavas nudosas, y saltando agitaban los brazos alrededor de la cabeza y daban los alaridos más horribles que pueden salir de garganta humana.

A la hora de comer desembarcamos entre un grupo de fueguinos. En un principio no se mostraron amigos, pues hasta que el capitán se puso al frente de los demás botes no soltaron los palos que llevaban. Pronto, sin embargo, los contentamos con regalos de poca importancia, tales como cintas rojas, que les atamos alrededor de la cabeza. Les gustaron nuestras galletas; pero uno de los salvajes probó con el dedo un poco de carne conservada en lata, de la que yo estaba comiendo, y hallándola blanda y fría, mostró tanta repugnancia como si hubiera metido en la boca esperma podrida de ballena. Jemmy se avergonzaba de sus paisanos, y manifestó que su tribu era del todo diferente, en lo cual se equivocaba de una manera lastimosa. Era tan fácil complacer a estos salvajes como difícil dejarlos satisfechos. Jóvenes y viejos, hombres y niños no cesaban de repetir la palabra yammerschuner que sig-