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cap.
darwin: viaje del «beagle»

bajaban con gran actividad mientras los hombres discurrían de aquí para allá, observándolas. Nos abrumaban a preguntas y robaban todo lo que podían. Les gustaron mucho nuestros bailes y cánticos, y mostraron interesarse de un modo especial viéndonos bañar en un arroyo cerca; en cuanto a lo demás, no prestaron gran atención, ni aun a nuestros botes. De todos los objetos que vió York mientras estuvo ausente de su país, nada le asombró tanto, al parecer, como un avestruz cerca de Maldonado; medio loco de asombro se llegó corriendo a Mr. Bynoe, con quien había estado paseando, y le dijo: «¡Oh míster Bynoe! ¡Oh! ¡Pájaro igual como caballo!» Según refirió Mr. Low, si mucho les había sorprendido a los fueguinos la blancura de nuestra piel, más les asombró todavía un negro que iba de cocinero en un barco de vela. Habiendo saltado a tierra en presencia de unos cuantos salvajes, no bien le divisaron empezaron a dar grandes alaridos, acompañándolos de gestos de extrañeza. Acudieron luego otros fueguinos, y rodeando al pobre negro, le aturdieron a gritos y le manosearon hasta obligarle a refugiarse en el barco, para no volver a desembarcar en el país. Tan tranquilamente iban las cosas, que algunos de los oficiales y yo mismo dimos grandes paseos por las montañas y bosques inmediatos. Pero de improviso el día 27 desaparecieron todas las mujeres y los niños. A todos nos intranquilizó esta novedad, cuya causa ni York ni Jemmy pudieron explicarnos. Creyeron algunos que se habían asustado por haber estado limpiando y disparando los mosquetes la tarde anterior; otros lo atribuyeron al enfado de un viejo fueguino, que al mandarle apartarse uno de nuestros centinelas le había escupido a sangre fría en la cara, y luego había hecho curiosos ademanes sobre otro salvaje dormido, como significando que haría pedazos y se comería a nuestro hombre. El capitán Fitz Roy, deseoso de evitar la