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cap.
darwin: viaje del «beagle»

so, así también las razas humanas. Bien sea causa, o bien efecto, el hecho es que los pueblos más civilizados son los que tienen gobiernos más artificiales. Por ejemplo, los habitantes de Tahiti, que cuando fueron descubiertos estaban gobernados por reyes hereditarios, han alcanzado un grado de civilización muy superior que la otra rama del mismo pueblo, los neozelandeses, que aunque beneficiados por haber sido competidos a prestar su atención a la agricultura, eran republicanos, en el más absoluto sentido de la palabra. En Tierra del Fuego, hasta que surja algún jefe con poder suficiente para consolidar cualquier ventaja alcanzada, por ejemplo, la cría de animales útiles, apenas parece posible que pueda mejorar el estado político del país. Al presente, hasta el menor retazo de tela que se dé a un fueguino es hecho jirones y distribuido; de suerte que ningún individuo puede llegar a ser más rico que otro. Por otra parte, es difícil comprender cómo puede aparecer un jefe en tanto que no se reconozca alguna clase de propiedad por la que sea dable manifestar su superioridad y acrecentar su poder.

A mi juicio, en esta parte extrema de Sudamérica es donde el hombre se halla en un estado de desamparo mayor que en ninguna otra parte del mundo. Los isleños del mar del Sur, de las dos razas que habitan el Pacífico, están comparativamente civilizados. Los esquimales, en sus chozas subterráneas disfrutan de algún regalo en su género de vida, y dan pruebas de gran habilidad en el manejo de sus canoas cuando están bien equipadas. Algunas tribus del Africa del Sur, que merodeaban en busca de raíces y viven ocultas en áridas e incultas regiones, son bastante desgraciadas. Los australianos siguen después de los fueguinos en cuanto a la sencillez de vida; pero pueden ufanarse de su bumerang [1], de su pica y porra arrojadiza, de su mé-


  1. El bumerang australiano es un palo curvo, como de medio