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estrecho de magallanes

podrían hallar alimento y abrigo; con su destrucción morirían de inanición los muchos cuervos marinos y otras aves pescadoras; las nutrias, focas y marsopas perecerían también; y, en último término, el salvaje fueguino, el señor miserable de esta miserable tierra, redoblaría sus festines de canibalismo, decrecería en número y acaso dejase de existir.


8 de junio.—Levamos anclas por la mañana temprano y salimos de Puerto del Hambre. El capitán Fitz Roy resolvió partir del estrecho de Magallanes por el canal de la Magdalena, descubierto poco antes. Nuestra ruta siguió derechamente al Sur, por el sombrío paso a que anteriormente he aludido, y que parecía conducirnos a otro mundo peor que el actual. El viento era suave, pero la atmósfera estaba muy pesada y brumosa; de modo que fué imposible observar las curiosidades del paisaje. Las negras y disformes masas de vapores se apiñaban rápidamente sobre las montañas, descendiendo luego desde las cimas a las bases. Aunque al través de la semiobscuridad que nos rodeaba sólo se nos descubrían limitadas porciones del horizonte, no dejamos de ver picos serrados, como de nieve, azules glaciares y perfiles vigorosos de masas que se proyectaban sobre un cielo cárdeno a diferentes distancias y alturas. En medio de semejante paisaje anclamos en el cabo Turn, cerca del monte Sarmiento, que a la sazón se ocultaba entre las nubes. Al pie de los elevados y casi verticales cantiles de nuestro pequeño fondeadero había un wigwam desierto, como para recordarnos que a veces el hombre vaga por estas desoladas regiones. Pero sería difícil imaginar un conjunto que revelara mayor abandono y falta de autoridad. Las obras inanimadas de la Naturaleza: roca, hielo, nieve, viento y agua, en guerra unas con otras, pero concertadas contra el hombre, reinaban aquí con soberanía absoluta.