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cap.
darwin: viaje del «beagle»

Llegamos a Ithacaia a eso del mediodía; este lugarejo se levanta en una llanura, y está formado por una casa central, a cuyo alrededor se agrupan las cabañas de los negros. La forma regular y posición de las últimas me recordaron los dibujos de las viviendas hotentotes en el sur de Africa. Como la Luna salía temprano, resolvimos partir la misma tarde, para ir a dormir en Lagoa Marica. Mientras obscurecía pasamos junto a una de las macizas, desnudas y escarpadas montañas de granito que son tan comunes en este país. Este sitio es célebre por haber servido de refugio durante largo tiempo a ciertos esclavos fugitivos, que cultivando un pequeño terreno en las cercanías de la cima lograban sacar lo necesario para su subsistencia. Con el tiempo fueron descubiertos, y, habiendo enviado un piquete de soldados, todos fueron hechos prisioneros, excepto una vieja, que, antes de volver a la esclavitud, prefirió arrojarse a un precipicio desde lo alto de la montana, quedando hecha pedazos. En una matrona romana, este rasgo se hubiera llamado el noble amor a la libertad; en una pobre negra, se califica de brutal obstinación. Continuamos cabalgando por algunas horas. En los últimos kilómetros el camino se hizo intrincado, pasando por un estéril desierto de pantanos y lagunas. El paisaje, contemplado a la débil luz de la Luna, era de suprema desolación. Junto a nosotros volaban algunas luciérnagas y la solitaria agachadiza lanzaba su grito plañidero al alzar el vuelo. El distante y monótono rugido del mar apenas interrumpía la silenciosa calma de la noche.


9 de abril.—Antes de salir el sol partimos del miserable lugar en que habíamos pernoctado. El camino pasaba por un estrecho llano arenoso, situado entre el mar y el interior, cubierto de lagunas saladas. Las numerosas aves pescadoras, de hermoso aspecto, tales como airones y garzas, junto con las suculentas plan-