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tahiti y nueva zelandia

vegetación. Al querer pasar de uno de dichos bordes salientes a otro, nos encontramos con un muro vertical de roca. Uno de los tahitianos, que poseía gran destreza y agilidad, apoyó contra el paredón el tronco de un árbol, se encaramó por él, y luego, aprovechándose de las grietas, llegó a la cima. Ató las cuerdas a un pico que salía de la roca y nos las alargó para halar el perro y el equipaje, subiendo después nosotros. Debajo del borde en que descansaba el tronco, el precipicio debía tener 500 ó 600 pies de profundidad, y si el abismo no hubiera quedado oculto en parte por los helechos y liliáceas colgantes, habría sentido vértigo y nada me hubiera movido a intentar la subida. Seguimos ascendiendo, a veces a lo largo de saledizos y a veces a lo largo de angostas crestas, que dejaban ver por ambos lados profundos barrancos. En la Cordillera he visto montañas de proporciones mucho mayores, pero no hay nada comparable a lo quebrado y agreste de las tahitianas. Por la tarde llegamos a una pequeña llanura en las márgenes de la corriente que habíamos venido siguiendo, y que baja en una cadena de cascadas; aquí vivaqueamos por la noche. En cada lado de la barranca había grandes grupos de bananos de montaña, cubiertos de un maduro fruto. Muchas de estas plantas tenían de 20 a 25 pies de altas y de tres a cuatro de circunferencia. Con ayuda de tiras de corteza en lugar de cuerdas, cañas de bambú por maderos, y anchas hojas de bananero por techo, los tahitianos construyeron en pocos minutos una excelente casa, y con hojas secas prepararon una excelente cama.

Luego procedieron a hacer fuego y cocinar la cena. Para lo primero, frotaron un palo aguzado de madera en una muesca hecha en otro, como si trataran de ahondarla, hasta que con el roce se encendió un poco de serrín. La madera que usan es muy blanca y ligera (el Hibiscus Tiliaceus); de ella son los palos largos en