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cap.
darwin: viaje del «beagle»

da, y con sus gritos y vanos esfuerzos de ayuda estuvieron a punto de ahogarle. Pero en cuanto salió a la playa, todos los tahitanos allí presentes huyeron a esconderse para que no los viera el cerdo comehombres, como llamaron al caballo.

Un poco más arriba el río se divide en tres pequeñas corrientes. Las dos del Norte eran impracticables, efecto de una serie de cascadas que bajaban de las cimas de las montañas más altas, y la tercera, según todas las apariencias, era también inaccesible; pero conseguimos seguir su curso ascendente por un camino realmente extraordinario. Las laderas del valle eran aquí casi verticales; pero, como sucede frecuentemente con las rocas estratificadas, proyectaban pequeños saledizos, que estaban cubiertos de espesos bananeros silvestres, plantas liliáceas y otras exuberantes producciones de los trópicos. Los tahitianos, encaramándose a estos bordes salientes para buscar comida, habían descubierto una vereda por la que podía escalarse el precipicio entero. El primer ascenso desde el valle era muy peligroso, porque se necesitaba pasar una pendiente casi vertical de roca desnuda, con ayuda de las maromas que llevábamos al efecto. De qué modo pudo descubrirse que este formidable sitio era el único punto en que era practicable la ladera de la montaña, no lo puedo concebir. Después avanzamos con cautela a lo largo de uno de los saledizos, hasta llegar a una de las tres corrientes. Este rellano formaba una plataforma, sobre la que vertía sus aguas una hermosa cascada de algunos centenares de pies de alta, y debajo otra cascada, de gran desnivel, caía en la corriente principal de la parte baja del valle.

Desde este fresco y sombrío rincón dimos un rodeo para evitar la cascada que teníamos encima. Como anteriormente, volvimos a seguir los saledizos, quedando oculto en parte el peligro por la espesura de la