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cap.
darwin: viaje del «beagle»

to hallé cerrado el paso por una cascada de 200 a 300 pies de alta, encima de la cual había otra. Cito estos desniveles tan repetidos del cauce de una corriente insignificante para dar una idea general de la inclinación del país. En el sitio abrigado donde cae el agua no parece que haya soplado jamás una ráfaga de viento. Conservábanse intactos los bordes finos de las grandes hojas de los bananeros, cubiertas de agua y espuma, en lugar de aparecer desgarradas en miles de tiras, como generalmente ocurre. Desde la posición que ocupábamos, casi suspendidos sobre el lado vertical de la montaña, alcanzamos a ver en parte los profundos abismos de los valles próximos; pero las elevadas cimas de las montañas centrales, irguiéndose a seis grados del cénit, medio ocultaban el cielo del crepúsculo. Sentados en aquel lugar, observamos el sublime espectáculo que ofrecían las sombras de la noche al envolver gradualmente las últimas y más elevadas cimas.

Antes de echarnos a dormir, el tahitiano más viejo se puso de rodillas, y con los ojos cerrados recitó una larga oración en su lengua. Oró como un cristiano debe hacerlo: con reverente compostura, sin temor al ridículo ni vana ostentación de piedad. En todas nuestras refacciones no se probaba bocado sin haber rezado primero una oración de gracias. Me hubiera gustado tener en nuestra compañía a los viajeros que dudan de la fe sincera de estos salvajes y creen que sólo rezan cuando los está mirando el misionero. Antes de amanecer llovió copiosamente, pero la techumbre de hojas de banano evitó que nos tocara el agua.


19 de noviembre.—En cuanto apuntó el alba, mis amigos, después de rezar sus preces matinales, prepararon un excelente almuerzo, procediendo de igual modo que en la tarde anterior. Y por cierto que participaron de él con largueza; nunca he visto a nadie