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tahiti y nueva zelandia

comer tanto. Supongo que esa enorme capacidad de sus estómagos proviene de alimentarse durante largos períodos sólo con frutas y hortalizas, que en igualdad de volumen contienen menor cantidad de substancias nutritivas. Sin saberlo fui causa de que mis compañeros quebrantaran una de sus observancias y propósitos, según averigüé más tarde. Había llevado conmigo una botella de licor, y cuando les brindé con ello no supieron rehusar mi invitación; pero siempre que bebían un poco ponían su dedo en la boca y musitaban la palabra «misionero». Hace unos dos años, aunque estaba prohibido el uso del ava, el vicio de la embriaguez empezó a prevalecer, a causa de la introducción de bebidas espirituosas. Los misioneros lograron persuadir a unos cuantos naturales influyentes de la ruina inevitable que amenazaba a la población entera de la isla si no se ponía coto al mal organizando una Asociación de Templanza. Ora obedeciendo a su buen sentido, ora por vergüenza, todos los caciques, y la misma reina de Tahiti, entraron en la asociación mencionada. Inmediatamente se dictó una ley prohibiendo la introducción de licores y castigando con una multa tanto al comprador como al vendedor de los mismos. Sin embargo, para no perjudicar a los que tenían grandes existencias, se concedió una tregua antes de empezar a regir la mencionada ley. Pero cumplido el término señalado se efectuó un registro general, sin excluir las casas de los misioneros, y toda el ava (como llaman los tahitianos a las bebidas alcohólicas) se vertió en tierra. Cuando se reflexiona sobre los efectos de la intemperancia en los aborígenes de las dos Américas, fuerza es convenir en que los misioneros de Tahiti se han hecho acreedores a la gratitud de todos cuantos se interesen por el bienestar y progreso del país. Mientras la pequeña isla de Santa Elena permaneció bajo la autoridad de la Compañía de las Indias Orientales, se prohibió la importación de las bebidas