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cap.
darwin: viaje del «beagle»

alcohólicas propiamente dichas, excluyendo el vino que se recibía del Cabo de Buena Esperanza, en atención a los daños que ocasionaban. No deja de causar extrañeza, y aun desagrado, que en el mismo año que se permitía la venta de licores en Santa Elena quedara prohibida en Tahiti por la libre voluntad del pueblo.

Después de almorzar proseguimos nuestro camino. Como mi objeto era meramente ver un poco del paisaje interior, regresamos por otra ruta, que descendía hasta el fondo del valle principal. Durante cierto trecho tuvimos que rodear por un intrincadísimo sendero, a lo largo de la ladera de la montaña que formaba el valle. En los sitios menos pendientes pasamos por grandes espesuras de bananos silvestres. Los tahitianos, con sus cuerpos desnudos y tatuados, las cabezas adornadas de flores y vistos en la umbría de estos bosques, hubieran formado un cuadro excelente representando a los habitantes de algún país primitivo. En nuestro descenso seguimos la línea de la cresta, que era excesivamente estrecha y en trayectos considerables tajada casi a pico, pero toda cubierta con vegetación. El extremo cuidado con que había que fijar el pie hacía sumamente fatigosa la caminata. No cesé de admirar estos barrancos y precipicios, sobre todo cuando, al tender la vista por el país desde alguna estrecha y elevada lomera, el punto de apoyo era tan reducido que me parecía estar colgado de un globo. En este descenso sólo una vez tuvimos que valernos de cuerdas, en el punto por donde entramos en el valle principal. Dormimos bajo el mismo saliente de roca que nos había servido de techo el día antes; la noche era hermosa, pero profundamente obscura, a causa de la profundidad y angostura de la garganta en que estábamos.

Antes de ver con mis ojos el país me parecía difícil comprender dos hechos mencionados por Ellis, a sa-