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tahiti y nueva zelandia


21 de diciembre.—Entramos de madrugada en la Bahía de las Islas, y como estuvimos encalmados algunas horas cerca de la boca, no llegamos al ancladero hasta la mitad del día. El país está cubierto de montañas de suave perfil y cortadas profundamente por numerosos brazos de mar, que se extienden desde la bahía. El terreno, visto de lejos, parece alfombrado de tosco pasto, pero en realidad son helechos. En las montañas más distantes, así como en ciertas porciones de los valles, hay bastante bosque. El color general del paisaje no es de un verde brillante, y desde cerca recuerda el del sur de Concepción, en Chile. En varias partes de la bahía se ven esparcidas aldehuelas de casas cuadradas y limpias, que descienden hasta el borde del agua. Había anclados tres barcos balleneros, y de cuando en cuando cruzaba de playa a playa una canoa; fuera de eso, reinaba en toda la región cierto aire de extrema quietud. Una sola canoa se llegó al costado del Beagle. Esta circunstancia y el aspecto general del conjunto formaba un contraste notable y poco grato con el ruidoso y alegre recibimiento que habíamos tenido en Tahiti.

Por la tarde saltamos a tierra, y nos encaminamos a uno de los mayores grupos de casas, que apenas merecen el nombre de aldea. Se llama Pahia, y es la residencia de los misioneros, donde no hay otros indígenas que los criados y trabajadores. En las cercanías de la Bahía de las Islas, el número de ingleses, incluyendo sus familias, varía entre dos y tres centenares. Todas las quintas, muchas de las cuales están enjalbegadas de blanco y parecen muy limpias, pertenecen a súbditos de Inglaterra. Las chozas de los naturales son tan pequeñas y ruines, que apenas se las divisa desde lejos. En Pahia era delicioso contemplar las plantas inglesas en los jardines ante las casas; había rosas de varias clases, madreselvas, jazmines, claveles y setos enteros de escaramujo oloroso o de agavanzos.