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cap.
darwin: viaje del «beagle»

Ya bien obscurecido fuí a casa de Mr. Williams, a pasar la noche. Allí encontré a un numeroso grupo de niños, reunidos para el día de Navidad, todos sentados a la mesa en que iban a tomar el te. Nunca he visto una reunión más alegre y simpática. ¡Y pensar que estábamos en el centro de la tierra clásica del canibalismo, de los asesinatos y de los crímenes más atroces! La cordialidad y alegría que con tanta viveza reflejaban los semblantes de los pequeñuelos, parecían compartidas igualmente por las personas de edad de la misión.


24 de diciembre.—Leyéronse en la lengua del país, a toda la familia, las preces de la mañana. Después del almuerzo salí a dar un paseo por las huertas y los campos. Era día de mercado, y los habitantes de las cabañas circunvecinas traían sus patatas, maíz o cerdos para cambiarlos por mantas, tabaco y a veces por jabón, a instancias de los misioneros. El hijo mayor de Mr. Davies, que dirige la explotación de una alquería propia, es el hombre de negocios en el mercado. Los niños de los misioneros, llegados a la isla de pequeños, acaban por aprender el idioma del país mejor que sus padres, y se entienden mejor con los naturales para lograr de ellos lo que desean.

Poco antes de mediodía, los señores Williams y Davies me acompañaron a dar un paseo hasta un sitio del bosque próximo, con el fin de enseñarme el famoso pino Kauri [1]. Medí uno de estos árboles magníficos, y hallé que tenía 31 pies de circunferencia en la base del tronco. Había otro, no muy distante, de 33 pies, según me dijeron, y un tercero que llegaba a 40. Estos árboles son notables por sus lisos troncos cilíndricos, que se elevan a la altura de 60 y aun 90 pies, conservando casi el mismo diámetro, y sin una sola rama. La


  1. Véase nota de la página 240 de este tomo.