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tahiti y nueva zelandia

me inspiraron fundada esperanza en los futuros progresos de esta hermosa isla.

En esta granja trabajaban varios jóvenes, redimidos de la esclavitud por los misioneros. Vestían camisa, chaqueta y pantalones, y parecían personas respetables. Juzgando por una anécdota trivial que me refirieron, debo creerlos de honrados sentimientos. En una ocasión, en que Mr. Davies se paseaba por los campos, se le acercó un trabajador y le entregó un cuchillo y una barrenilla, diciendo que los había encontrado en el camino y que ignoraba quién pudiera ser su dueño. Estos esclavos, así jóvenes como muchachos, parecían estar muy contentos y de buen humor. Por la tarde presencié una partida de cricket, y, recordando las acusaciones de austeridad dirigidas contra los misioneros, me agradó ver entre los jugadores a uno de los individuos de su familia. En las jóvenes que servían de criadas en las casas se notaba un cambio más decidido y agradable. Su aspecto saludable, limpio y aseado, como el de las mantequeras de Inglaterra, formaba admirable contraste con el de las mujeres que habitaban las sucias viviendas de Kororadika. Las esposas de los misioneros intentaron persuadirlas que no se tatuaran; pero habiendo llegado un famoso operador del Sur, dijeron: «Realmente, deberíamos tener algunas líneas en los labios, porque de no hacerlo así se nos llenarán de arrugas al llegar a viejas y estaremos horribles.» La costumbre de tatuarse ha disminuído algo; sin embargo, tardará mucho tiempo en desaparecer, por constituir una nota de distinción entre el amo y el esclavo. Tan extraño hábito llega a influir muy pronto en el modo de juzgar de los mismos europeos allí establecidos; de tal modo, que aun los misioneros se ven impulsados a considerar como inferiores y de clase baja a los que llevan el rostro limpio, sin los pintorescos adornos usados por la gente de calidad en Nueva Zelandia.