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cap.
darwin: viaje del «beagle»

por otra situada en la falda de una colina inmediata. Cinco días antes había muerto allí la hija de un jefe, que era todavía pagano. La choza en que expiró aparecía quemada hasta los cimientos; el cadáver, metido entre dos pequeñas canoas, fué colocado sobre el suelo en posición vertical, y alrededor se puso una cerca de palos con imágenes de sus dioses, pintando el conjunto de rojo vivo, para que se viera de lejos. El vestido de la finada se sujetó al féretro, y a los pies del mismo colocaron la cabellera. Los parientes se desgarraron las carnes de sus brazos, cuerpos y caras, hasta bañarse en sangre, ceremonia que aumentó en sumo grado el aspecto repugnante de las viejas. Al día siguiente visitaron el lugar algunos de los oficiales, y hallaron todavía a las mujeres dando alaridos e hiriéndose.

Proseguimos nuestra excursión, y poco después llegamos a Waiomio; vense aquí unas moles extrañas de caliza que parecen castillos en ruinas. Estas rocas habían servido por largo tiempo de cementerio, y por lo mismo eran sagradas y no era posible aproximarse. Sin embargo, uno de los jóvenes exclamó: «¡No acobardarse!», y siguió avanzando; pero a los 100 metros todo el grupo mudó de parecer y se paró en seco. A pesar de ello, nos permitieron examinar el lugar con la mayor indiferencia. En la aldea nos detuvimos varias horas, y durante ese tiempo algunos de los moradores sostuvieron una larga discusión con Mr. Bushby sobre el derecho de venta de ciertos terrenos. Un viejo, que parecía un genealogista consumado, explicó la lista de sucesivos poseedores por medio de astillas clavadas en el suelo. Al salir de las casas nos daban a cada visitante una cestita de boniatos asados, para comerlos por el camino. Me sorprendió ver que entre las mujeres empleadas en los quehaceres de la cocina había un esclavo, y consideré lo humillante que debía de ser para un hombre, en un país guerrero como éste,