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cap.
darwin: viaje del «beagle»

Con respecto a la situación de los criminales deportados, he tenido menos ocasiones de formar juicio que sobre otros puntos. La primera cuestión es si la condición de esos hombres es la de reos que expían un crimen; nadie se atreverá a sostener que el castigo sea demasiado severo. Sin embargo, poca importancia tendría esta lenidad mientras la deportación siga inspirando temor a los criminales de la metrópoli. Las necesidades corporales de los deportados se hallan bastante atendidas; la libertad y las comodidades se les ofrecen como asequibles en breve, y con toda seguridad si se portan bien. A los no sospechosos y que se abstienen de delinquir se les da un boletín de licencia para viajar libremente por un distrito determinado, valedero por cierto número de años, según los de la sentencia, previa, desde luego, una certificación de buena conducta; pero con todo eso, el recuerdo del antiguo encarcelamiento y miserias padecidas no puede menos de amargarles los años de castigo. Una persona inteligente me hizo observar que los deportados no conocen otras satisfacciones que las de la sensualidad, y esas no los recompensan de las penas sufridas. El perdón absoluto, con que el gobierno premia las delaciones de complots, junto con el profundo horror a las colonias penitenciarias aisladas, destruye la confianza entre los deportados y previene el crimen. La vergüenza parece ser un sentimiento desconocido entre esa clase de gente, y de ello pude convencerme con algunos testimonios muy singulares. Por extraño que parezca, se dice por todo el mundo que el carácter de la población deportada es cobarde en grado inverosímil; con frecuencia se dan casos aislados de desesperación y desprecio de la vida; sin embargo, rara vez se pone por obra un plan que requiera sangre fría y valor perseverante. Lo peor de todo ello es, aunque exista lo que puede llamarse reforma legal y se cometan relativamente pocos delitos penados en el