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islas keeling

primera formación de algunas islitas; en otras partes, los corales prosperan ahora en arrecifes sumergidos, donde las boyas hechas para sepulturas atestiguan la existencia de tierra habitada en lo pasado. Es difícil creer que ocurran cambios frecuentes en las corrientes de marea en un océano abierto, y, a la vez, tenemos en los terremotos recordados por los naturales, en algunos atolls y en las grandes grietas observadas en otros pruebas evidentes de cambios y trastornos progresivos en las regiones subterráneas.

Es evidente, en nuestra teoría, que las costas meramente franjeadas por arrecifes no pueden haberse hundido en cantidad perceptible, y, por tanto, desde que sus corales empezaron a crecer deben de haber permanecido estacionarias o haberse elevado. Ahora bien: merece notarse que cabe evidenciar, de un modo general, por la presencia de restos orgánicos emergidos que las islas franjeadas han sido levantadas y en tal concepto tenemos un testimonio indirecto en favor de nuestra teoría. De un modo particular me llamó la atención este hecho cuando vi, con gran sorpresa, que las descripciones dadas por Quoy y Gaimard eran aplicables, no a los arrecifes en general, como ellos suponen, sino solamente a los franjeantes; sin embargo, mi extrañeza cesó cuando hallé, más tarde, por extraña casualidad, que todas las diversas islas visitadas por estos eminentes naturalistas se habían elevado en una época geológica relativamente cercana, según se deducía de sus propias afirmaciones.

No sólo los grandes rasgos de la estructura de los arrecifes-barrera y de los atolls, así como su mutua semejanza en forma, tamaño y otros caracteres, se explican en la teoría de la sumersión—teoría que, fuera de eso, nos vemos forzados a admitir respecto de las mismas áreas en cuestión, a causa de la necesidad de hallar bases para los corales dentro de la profundidad requerida—, sino que, además, quedan también sen-