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cap.
darwin: viaje del «beagle»

contrariedades. Se necesita estar alentado por la esperanza de cosechar en algún tiempo, por más remoto que sea, cuando haya llegado la época de la madurez, algún fruto de positivo valor.

Muchas de las privaciones a que es preciso someterse son obvias: la separación de los antiguos amigos y de los lugares ligados al corazón por los más caros recuerdos. Este sentimiento penoso halla, sin embargo, un lenitivo en el goce inexhausto de ver siempre en perspectiva el día, tan anhelado, del regreso. Si, al decir de los poetas, la vida es un sueño, la fantasía no puede alimentarse de visiones más gratas para pasar las prolongadas noches. Otras molestias, aunque poco gravosas en un principio, se dejan sentir intensamente después de cierto tiempo. Tales son: la falta de habitación, de descanso, de libertad para moverse uno a su gusto, aun dentro del recinto del barco; el ansia constante de prisa permanente; la carencia de pequeños regalos y comodidades; la ausencia de la familia, y hasta el verse privado de oír música y gozar otros placeres de la imaginación. Claro es que cuando tales menudencias hago entrar en cuenta, fuerza es convenir en que las verdaderas molestias de la vida de mar, a no ocurrir algún accidente, puede decirse que han terminado. En el breve espacio de sesenta años, las grandes navegaciones se han facilitado de una manera prodigiosa. Sin retroceder más que a los tiempos de Cook [1], el hombre que dejaba su hogar para emprender tales expediciones tenía que sufrir severas privaciones. Hoy un yate, provisto de todas las comodidades y regalos de la vida, puede hacer el viaje de circunnavegación del Globo. Además de los grandes perfeccionamientos introducidos en los barcos y


  1. Léanse los Viajes del capitán James Cock en la colección de Viajes, clásicos editados por Calpe.—Nota de la edic. española.