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cap.
darwin: viaje del «beagle»

tro de las zonas templadas, donde llueva tanto. Soplan vientos tempestuosos y el cielo se presenta casi siempre cubierto de nubes; una semana de buen tiempo no se disfruta sino por milagro. Con dificultad se puede divisar a veces la Cordillera; durante nuestra primera visita sólo una vez se nos presentó el volcán Osorno en vigoroso relieve, y esto antes de salir el Sol; siendo de observar cómo al ascender el astro del día el perfil se fué desvaneciendo gradualmente en el fulgor de la parte oriental del cielo.

Los habitantes, juzgando por su complexión y baja estatura, parecen tener tres cuartas partes de sangre india en las venas. Son una clase de gente humilde, pacífica y laboriosa. Aun cuando el fértil suelo, resultante de la descomposición de las rocas volcánicas, sostiene una vegetación lozana, el clima no es favorable a ninguna producción vegetal que requiera bastante sol para madurar. Hay poquísimos pastos para grandes cuadrúpedos, y, en consecuencia, los principales artículos alimenticios son el cerdo, patatas y pescado. Los isleños usan todos fuertes vestidos de lana, que cada familia hace para sí, tiñéndolos luego con índigo de un color azul obscuro. Las artes, sin embargo, se hallan en un estado rudimentario, y así se pone de manifiesto en el modo de arar, hilar, moler el trigo y construir los botes. Los bosques son tan impenetrables, que la mayor parte de la tierra permanece inculta, sin otra excepción que la faja costera e islas adyacentes. Aun en los sitios donde hay senderos, apenas se puede transitar por ellos, a causa de la blandura y humedad del suelo. Estos isleños, a imitación de los fueguinos, vagan principalmente por la costa o en botes. La gran abundancia de alimentos no impide que sean muy pobres, pues, como no hay demanda de trabajo, las clases inferiores no reúnen nunca el dinero necesario para conseguir aun las más pequeñas comodidades. Falta además, para la circulación, numerario: