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carlos r. darwin.

Los habitantes de la Tierra de Fuego, del cabo de Buena Esperanza y de la Tasmania, en uno de los hemisferios terrestres; y los de las regiones árticas en el otro, deben haber vivido en muchos climas, y modificado muchas veces sus costumbres, antes de establecerse en sus actuales países. Los primeros antecesores del hombre, como todos los demás animales, tendrian una gran propension á multiplicarse mucho más de lo que permitian sus medios de subsistencia; estarian expuestos ocasionalmente á una lucha por la existencia, y, por consiguiente, hallaríanse sujetos á la inflexible ley de la seleccion natural. De este modo se habrán conservado, accidental ó habitualmente, toda clase de variaciones ventajosas, y eliminado al propio tiempo las perjudiciales. No me refiero con esto á las marcadas desviaciones de conformacion que sólo aparecen á largos intervalos, sino tan sólo á las diferencias individuales. Sabemos, por ejemplo, que los músculos que ponen en movimiento nuestras manos y nuestros pies están sujetos, como los de los animales inferiores, á una gran variabilidad. Si los antecesores simios del hombre (habitantes de una region cualquiera, y aptos para cambiar sus condiciones) hubiesen estado divididos en dos grupos iguales, el grupo que contendria todos los individuos más aptos, por su organizacion motriz, para procurarse la subsistencia ó para defenderse, suministraria un promedio mayor de sobrevivientes, y produciria más descendientes, que el otro grupo ménos favorecido.

Aun es el estado más imperfecto en que exista actualmente, el hombre es la forma animal más preponderante que ha aparecido en la tierra. Se ha desparramado con mucha mayor profusion que otro tipo alguno de organizacion elevada; todos le han cedido el paso. A no du-