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carlos r. darwin.

del Beagle cómo tres de ellos, que habian vivido unos cuantos años en Inglaterra y hablaban algo el inglés, se parecian á nosotros por su disposicion y por casi todas nuestras facultades mentales. Si ningún sér organizado, excepto el hombre, hubiese poseido estas facultades, ó si fuesen en el hombre distintas de lo que son en los animales, nunca nos hubiéramos podido convencer de que pudiesen resultar de un desarrollo gradual. Pero es fácil demostrar claramente que no existe, entre las del hombre y las de los animales, ninguna diferencia fundamental de esta clase. Tambien debemos admitir que entre la actividad mental de un pez de órden inferior y la de uno de los monos superiores, media una distancia infinitamente mayor que entre la de estos y la del hombre; distancia en la que puede haber innumerables gradaciones.

La diferencia en la disposicion moral no es tampoco tan ténue entre el bárbaro que, por una leve falta, estrella un tierno hijo contra unas peñas, y un Howard ó un Clarkson; y respecto á la inteligencia, entre el salvaje que no emplea ninguna palabra abstracta, y un Newton ó un Shakespeare. Las diferencias de este género que existen entre los hombres más eminentes de las razas elevadas y los salvajes más embrutecidos, están enlazadas por una série de gradaciones delicadas. Es, pues, posible que pasen y se desarrollen de unas á otras.

Mi principal objeto en este capítulo se reduce á probar que no hay ninguna diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos más elevados, por lo que á las facultades mentales se refiere. Buscar cómo se han desarrollado estas primitivamente en los animales inferiores seria tan inútil como buscar el orígen de la vida. Problemas son ambos reservados á una época muy lejana