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carlos r. darwin.

tos á dar la señal de peligro para defender á sus compañeros, y á ayudarlos segun sus costumbres, sin que á ello les estimule ninguna pasion ni deseo especial; experimentan en todo tiempo por sus camaradas algun grado de amistad y simpatía; se quedan afligidos cuando de ellos se les separa, y muéstranse siempre contentos en su compañía. Lo mismo sucede entre nosotros, y el hombre que no presentara asomos de sentimientos parecidos seria considerado como un monstruo. Por otra parte el deseo de satisfacer el hambre, ó una pasion como la venganza, es, por su naturaleza, pasajero, y puede saciarse por algun tiempo. No es tan fácil, mejor dicho, es punto ménos que imposible, evocar en toda su fuerza la sensacion del hambre, por ejemplo, ni, como con frecuencia se ha observado, la de un sufrimiento. Sólo en presencia del peligro se siente el instinto de conservacion, y más de un cobarde se ha creido valiente hasta que se ha encontrado al frente de un enemigo. El deseo de la posesion es tal vez tan persistente como el que más; pero, aun en este caso, la satisfaccion de la posesion real es generalmente una sensacion más débil que la del deseo. Muchos ladrones, que no son de oficio, despues de realizado el robo se quedan sorprendidos de haberlo cometido.

No pudiendo el hombre evitar que las antiguas impresiones despierten continuamente en su espíritu, vese obligado á comparar las del hambre saciada, las de la venganza satisfecha, las del peligro esquivado con el auxilio de los demás, con sus instintos de simpatía ó de benevolencia para con sus semejantes; instintos que tambien están siempre presentes é influyen en algun modo en su pensamiento. Sentirá en su imaginacion que un instinto más fuerte ha cedido á otro que actualmente