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carlos r. darwin.

ya que el hombre no ha salido de un período de barbarie, sino á partir de una época relativamente reciente. Después de haber cedido á alguna tentacion, experimentamos un sentimiento de disgusto, que llamamos conciencia, análogo al que acompaña á la no satisfaccion de los demás instintos; porque no podemos impedir que acudan contínuamente á nuestro ánimo las impresiones é imágenes pasadas; no nos es posible dejar de compararlas, al verlas ya debilitadas, con los instintos sociales siempre presentes ó con hábitos contraidos desde la infancia, y fortalecidos durante toda la vida: hereditarios tal vez, y que han llegado de este modo á ser casi enérgicos como los instintos. Al pensar en las generaciones futuras, no hay ningun motivo para temer que en ellas se debiliten los instintos sociales, y podemos admitir que los hábitos de virtud adquirirán mayor fuerza fijándose por la herencia. En este caso la lucha entre nuestros impulsos más elevados y los inferiores será menos enconada y la virtud triunfará.

Resúmen de los dos últimos capítulos.—No puede caber duda alguna en que no existe una diferencia inmensa entre el espíritu del hombre más inferior y el del animal más elevado. Si á un mono antropomorfo le fuese posible considerarse á si mismo de una manera imparcial, podria convenir en que, aun siendo capaz de combinar un plan ingenioso para saquear un jardin, ó de servirse de piedras para combatir ó para romper nueces, su inteligencia no alcanza á elaborar el pensamiento de trabajar una piedra para convertirla en herramienta. Aun le seria más difícil hacer un razonamiento metafísico, resolver un problema matemático, reflexionar sobre Dios, ó admirar una imponente escena de la Naturaleza. Con todo (siguiendo la suposicion) algunos monos declararian probablemente que