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carlos r. darwin.

salvaje, lo cual, á juzgar por las apariencias, resulta de la naturaleza diversa y mudable de las condiciones exteriores á que están sujetos. Parécense en esto las razas humanas á los animales domésticos, y aun lo propio acontece con los individuos de la misma raza cuando están diseminados por una vasta region, como la América. Fácilmente se echa de ver la influencia de la diversificacion de las condiciones en las naciones más civilizadas, en las que los individuos que ocupan rangos diversos y se dedican á ocupaciones variadas, presentan un conjunto de caractéres más numeroso que en los pueblos bárbaros. A pesar de esto último, se ha exagerado á menudo la uniformidad de los salvajes, que en algunos casos no existe realmente. Si sólo consideramos las condiciones á que el hombre se ha hallado sometido, no es exacto decir que ha sido «mucho más domesticado» que otro animal cualquiera. Algunas razas salvajes, como la de la Australia, no se hallan sometidas á condiciones más variadas que gran número de especies animales ampliamente distribuídas sobre la superficie del globo. El hombre difiere además en gran manera de los animales rigurosamente domésticos, bajo otro punto de vista mucho más esencial; el de que su propagacion no ha sido contrastada por una seleccion, ya sea metódica, ó ya inconsciente. Ninguna raza ó grupo de hombres ha sido lo suficientemente sojuzgada por otra, para que se haya llegado á conservar, eligiendo así, de una manera inconsciente, á ciertos individuos determinados que presentasen alguna utilidad especial para las necesidades de sus tiranos. Tampoco se han escogido jamás con deliberada intencion determinados individuos de ambos sexos para la procreacion, exceptuando el caso bien conocido de los granaderos prusianos, en que el hombre obedecia, como