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COLECCION DE APOLOGISTAS

cilio, al tiempo de pasar por junto á una estatua de Sérapis, se llevó la mano á la boca, y la besó, segun costumbre de los idólatras. En verdad, hermano mio, me dixo entonces Octavio, que un hombre virtuoso como tú no debe permitir que esté abismado en tan deplorable ceguedad un amigo, que no se aparta de tu lado; ni debe sufrir tampoco, que invoque unos simulacros de piedra, cubiertos de esencias, y coronados de flores: porque al cabo sobre tí ha de recaer toda la ignominia.

Distraidos en nuestra conversacion, atravesamos la Ciudad, y llegámos á la playa, donde parecia que el mar habia macizado y allanado, para nuestro paseo, la arena que la cubria. Como el mar, aun en tiempo de calma, no dexa de tener siempre alguna agitacion, aunque por entonces no veíamos ondas turbulentas, es indecible quánto nos divertiamos en contemplar los varios movimientos de las olas, que ya venian formando mil juegos á romperse á nuestros pies, ya se retiraban precipitadamente. Caminabamos con la mayor tranquilidad por aquella ribera sin advertir el camino que andabamos, porque Octavio nos distraía con su discreta plática sobre la navegacion. Volvimos luego pasos atrás, y nos detuvimos en un lugar del puerto, donde habia distintas embarcaciones de pequeño buque mantenidas sobre estacas. Tambien disfrutamos del espectáculo de una tropa de muchachos que se es-