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A. RIVERO
 

de este castillo; jamás toleraré tales actos de indisciplina y rebeldía dentro de una plaza a mi mando, casi sitiada y bajo bloqueo del enemigo.

La conducción de la campaña fué un verdadero desastre; un cúmulo de errores,, torpezas y equivocaciones, y en ningún momento se supo utilizar los valiosos me- dios de defensa con que contaba el estado militar del país. La frase «estamos aban- donados» corría de boca en boca, y así, muchos, al arrinconar sus fusiles, decían:

« — ¿A qué pelear si los de Madrid no quieren. ^>

La aureola de gloria que al abandonar esta Isla, después del Armisticio, rodeara al general Miles, es una deuda que él tiene contraída con el Estado Mayor del gene- fal Macías. No a las altísimas clarividencias de aquel generalísimo (condiciones de- mostradas por él en otras guerras a que asistiera), sino a los errores cometidos por los directores de la campaña en Puerto Rico debió las nubes de incienso y mirra que en su honor quemaran sus más exaltados y entusiastas admiradores.

No fué el general Macías un militar pusilánime ni en momento alguno de la gue- rra demostró haber perdido el dominio de sus nervios. Era, simplemente, un jefe que dejó hacer a los demás, en asuntos militares, consagrándose por completo a sus tareas civiles.

Al abandonar la ciudad de San Juan, con rumbo a España, el 1 6 de octubre de 1898, la opinión pública, exteriorizada por todos los periódicos del país, fué unánime: «El general Macías había sido un correcto caballero, nada lerdo, honrado y pundonoroso.»

Antes de embarcarse para España tuvo varios rasgos en extremo delicados; fue- ron: su orden para que todos los efectos de mobiliario y menaje de cocina exis* tentes en el cuartel de Ballajá se donasen al Asilo de locos y niños de Beneficencia, y también los del Hospital Militar al Civil; había en cajas una regular cantidad de di- nero, resto de una suscripción iniciada por el general Ortega para conmemorar el centenario del ataque a la plaza por los ingleses én el año 1797, y el general Macías dispuso que todo este dinero entrase en las arcas municipales, con destino a una obra benéfica; también cedió un amplio solar al Asilo de Ancianos Desamparados de Puerta de Tierra. Realizó además otros actos de menor relieve, todos los cuales merecieron justas alabanzas.

EL TENIENTE GENERAL NELSON APPLETON MILES

Nació en Westminster, Estado de Massachusetts, el día 8 de agosto de 1839. Al' estallaren 186 1 la guerra civil desempeñaba un modesto empleo en una casa de comercio de Boston, destino que abandonó para formar parte del regimiento de Massachusetts, número 22, como teniente del mismo, dirigiéndose a Washington primero y después al teatro de la guerra. En 1862 fué promovido al grado de coro- nel, obteniendo el mando del regimiento de Nueva York, número 61.