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LEOPOLDO LUGONES

Lo cierto es que había sido devota del buen santo hallador de novios, desde su más tierna juventud: y tanto, que se rezaba de memoria la novena y los trece martes.

La señora quería mucho a Inés, pero desconfiaba de Florencio, habiendo opinado ya varias veces que creía llegado el momento de buscarle empleo en la ciudad. ¡Cómo abominaba Inés en esos momentos la palidez que la cubría!

Para ella eran las preferencias y hasta los mimos compatibles con la rigidez aristocrática de la dama; pero ¡a qué precio! precisamente por esto, apenas podía hablar con su novio. Cuando no trabajaba con la vieja ama de llaves, doña Catalina, una flacucha de rigidez gendarmeril, bordaba junto a la señora en el costurero cuya suntuosidad tenía algo de bazar, mientras aquélla, en compañía de una hermana solterona que la acompañaba, consumía las horas descifrando charadas y fugas de vocales. Esto formaba su manía y su vanidad. El resto del día lo consagraba a la oración.

Sólo en la mesa tenían algún esparcimiento los muchachos. Después de servir Inés a las señoras, almorzaban con doña Catalina en un recogimiento casi terrorífico; pero a veces llamaban de adentro (generalmente para averiguar alguna fecha) y el ama acudía. ¡Ah, besos furtivos, caricias miedosas, dramitas en dos pelliscos! Era el momento de entregarse las cartas en letra menudísima y sin apartes; el minuto suspirado de decirse tantas cosas y no acertar mas que a estrecharse las manos: fugacidad deliciosa que les alegraba un día entero como una exhalación de perfume...

Ahora bien, cierta ocasión de esas, Inés y Florencio tuvieron un gran disgusto. Aquella negó rotundamente a éste un rulo que la pedía, y hasta le reprochó que hubiese mezclado aturdidamente el día anterior la leche de los quesos.

Lo primero fué una coquetería y lo segundo merece una explicación.

Inés hacía unos quesos riquísimos que la señora prefería, motivando esto mil querellas como la mencionada. Eran de comerse frescos, pero tenían un tér-