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CUENTOS

mino de treinta horas que la chica respetaba con veneración; y por esto aquel reproche asumió caracteres muy serios para Florencio.

Tres días después, como la coqueta no cediera, la escribió que se iba a envenenar; y ella, alarmada al verle tan triste y para evitar que lo hiciera durante el almuerzo, le respondió con amoroso sobresalto:

"Mi rico no fué uste ya sé adorado bien de mi alma, hoy en la mesa te daré si acaso llaman, y con esto recibe muchos besos de Inés".

Hizo con el papelito una cedulilla bien apretada y la guardó en el corpiño a la espera de una oportunidad.

Fabricaba hacía rato uno de sus quesos en la lechería, dando el último amansijo a la cuajada, cuando sintió pasos. ¡Los de él!... Con la cedulilla en la mano, agnardó palpitante, pero en vez del amado noviecito, apareció doña Catalina en persona.

La cedulilla rodó por entre los dedos de Inés sobre la pasta, que sus manos oprimieron con instintiva precipitación. Por fortuna no la había visto, y en cuanto se fuera...

Pero en vano retardó su obra. La vieja no se movió de allí, y como empezara a regañar por la tardanza, el queso entró en el molde y pasó a la despensa, sin que la infeliz hubiera podido retirar de sus entrañas el secreto de su amor.

¡Qué dos días aquellos! ¡Con qué ansiedad tentó una y mil veces la puerta de aquella nefasta despensa en procura de una remota casualidad! ¡Cuántos ingeniosos hurtos concibió! ¡Cuántas promesas hizo a los santos! Pero doña Catalina no candaba nunca en falso, y los santos suelen ser tan ocupados...

Por fin una noche, mientras servín a la mesa, la catástrofe se produjo. El ama trajo, con cierta prosopopeya de mal augurio, un nuevo queso que la señora se dispuso a cortar. (Era esto un capricho de golosa, harto honorífico para Inés, bien se comprende). Un buen queso ¿Sería ese?... No, no era, porque parecía más viejo; pero sí debía de ser, porque tenía una depresión en el borde...

El cuchillo entró lentamente... entró... entró... Desprendióse la tajada..... ¡Ah, qué satisfacción! ¡No era!

Pero al cortar el segundo bocado, la señora notó